Buenos Aires, 17/10/2017, edición Nº 1798

La Flor de Barracas, un viaje en el tiempo

Hay espacios de la ciudad que parecen no dejarse arrastrar por la vorágine del tiempo y permanecen como un refugio para sus vecinos. (CABA) Fue de a poco: la primera vez que entré, recién despierto, no sabía en qué mesa sentarme. Cuando me acomodé, junto a la puerta que da al patio de la casa chorizo, advertí que los diarios de cortesía estaban lejos y volví a ponerme de pie,...

Hay espacios de la ciudad que parecen no dejarse arrastrar por la vorágine del tiempo y permanecen como un refugio para sus vecinos.

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(CABA) Fue de a poco: la primera vez que entré, recién despierto, no sabía en qué mesa sentarme. Cuando me acomodé, junto a la puerta que da al patio de la casa chorizo, advertí que los diarios de cortesía estaban lejos y volví a ponerme de pie, medio torpe, para ir por uno. Era una mañana luminosa, de esas que contagian cierta sensación de liviandad, esos días en que las noticias radiales no duelen y pasan de largo como una música de fondo. Agarré Popular. Pedí un cortado. Después, otra vez desde la mesa, agregué una medialuna de grasa. Se la pedí a Victoria, la dueña, pero entonces no sabía su nombre. No existía, digamos, un vínculo edificado; no se había desvanecido la distancia que separaba, entonces, a su historia de la mía. Recuerdo esto especialmente porque es lo más atractivo, a mi modesto juicio, que nos regala la rutina de la reiteración: la posibilidad de forjar relaciones genuinas, más allá de los intereses personales; la chance de la sorpresa que justamente sorprende porque no se persigue ni se busca, y porque detona la cadencia de aquello que parece chato y aburrido.

Después, hice mi primer panorama de La Flor de Barracas, este viejo bodegón, ahora café notable, ubicado en el cruce de las avenidas Suárez y Vieytez, en una zona periférica que se anuncia como futuro oasis inmobiliario porteño, pero que no abandona, a pesar de eso, su carácter de barrio proletario. Me permito cambiar el tiempo verbal de esta crónica, alterar su flujo narrativo, porque una vez que se traspasa la entrada, algo que desde entonces hago con frecuencia, como una rutina, se ingresa en una forma suspendida del ritmo, lo que suelo definir, en todo caso, como una costumbre. O un presente continuo del que no quiero salir porque a La Flor, que en el pasado se llamó La Puñalada, también le caben las cualidades de un refugio. Suele haber, a diario, un hombre sentado en la primera mesa, que todas las mañanas pide una copa de vino blanco. Aparece, cada tanto, otro cliente desgarbado al que apodan Pajarito y que en los años 80, cuando el bar era de unos gallegos, trabajaba en Hiperhumor. Hay maestras que hablan de salarios desinflados y alumnos del Normal 5 que cuentan monedas para llevarse un palito de la selva; hombres que trabajan en alguna fábrica y se detienen al mediodía a comer el plato económico de la casa. Cuadros en las paredes de visitantes ilustres –el relator Víctor Hugo, el vecino Capusotto, el alcalde Macri– y gente común que deja correr los minutos mientras espera que avancen los turnos en el CGPC de la vereda de enfrente. De vez en cuando algún funcionario y también los clientes de la sueca que corta el pelo en una peluquería secreta que parece un museo y está ubicada en la parte de atrás.

Tomo nota de todos. Los imagino después, cada uno de regreso en su mundo secreto del barrio que compartimos, y vuelvo a investigar el lugar. Aunque no lo soy, en el último año adquirí un vicio de nativo 2.0 y no paro casi nunca de tomar fotografías con Instagram. Así, mi álbum virtual se compone de momentos congelados en retazos con filtro de programa digital. Y en la sucesión de imágenes guardadas, siento capturada la esencia de La Flor. Pasan las vías del Ferrocarril Roca, que se ven desde la ventana; el viejo logo despintado de Seven Up; Santiago, el periodista, leyendo los diarios una mañana; Hilda y Carmen, las camareras, el sábado de otoño en que les pedí que posaran para mí. La decena de botellas de ginebra y de Mariposa, que por las noches se iluminan con el reflejo las lámparas. Gastón, el pibe que labura ahí. La madrugada de mi último cumpleaños, que celebré en el patio. Victoria, cuando almorzamos y me contó por qué.

¿Por qué estás acá si no sos de acá?, le pregunté. No viene al caso de dónde, pero Victoria llegó en 2009. Le habían dicho eso de Barracas, el barrio que se viene. Tenía unos ahorros. Quería invertir. Estaba en venta La Flor, y así fue. Compró con otros planes, me contó, pero se encontró con un universo que discurría: un mozo legendario, empleados, tipos que se escondían a beber, vecinos que pasaban a diario, cierta cultura contenida. Decidió que no podía cerrarlo y, sin experiencia alguna, con el apoyo de sus hijos se lanzó a gestionarlo. Aprendió a los tumbos, me dijo otra vez. Fue otro mediodía. Ya éramos de alguna forma amigos, y la rutina nos había vuelto a sorprender.

Fuente consultada: Clarín

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