Buenos Aires, 17/12/2017, edición Nº 1859

La Escuela Taller del Casco Histórico, heredera de saberes perdidos

Preservando saberes.

(CABA) Llego a la esquina de Brasil y Paseo Colón, al último edificio antiguo de una cuadra que va adquiriendo un aspecto renovado e impersonal. Estoy en busca de once maestros de artes antiguas que luchan por mantenerlas vivas.

Es allí, frente a donde termina (o empieza) Parque Lezama, en la Escuela Taller del Casco Histórico donde se reúnen los custodios de un saber centenario. En un enorme galpón de dos plantas envuelto con un frente tradicional de casona. Me dicen que la escuela recibirá 150 alumnos este año, una cifra récord. Me dicen que las viejas técnicas en peligro de extinción tienen una oportunidad si son cada vez más los que quieren aprenderlas.

Pido conocer a los maeses. Al presentarse, el primero deja bien en claro algunas cosas: “Si te equivocás en una sola letra de mi apellido, te demando”. El desafiante e irónico maestro es Roberto Krzypkouski (K-r-z-y-p-k-o-u-s-k-i), experto en restauración y profesor de ebanistería en la escuela. Su trabajo: convertir alumnos sin experiencia previa en carpintería en “maestros del oficio”.

Maese Krzypkouski comparte la responsabilidad de mantener vivas tradiciones artesanales centenarias con maestros como Alberto González (ornamentación de frentes), Casimiro Sejas (yesería), Teófilo Lescano (albañilería), Gladis Tamis (ornamentación artística), Leo Carabajal (luthería) y Délfor Luna (decapado y lustre).

La escuela nació hace 15 años para darle salida laboral a personas desempleadas” –me explica el artista plástico Marino Santa María, coordinador de la institución–, pero ahora, también recibimos estudiantes y de la Universidad Nacional de las Artes.

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A las disciplinas tradicionales, Santa María les agregó las que llama “Arte Público”: Esgrafiado (a cargo de Pablo Videla), dibujo artístico (a cargo de Oscar Molinero), dibujo e historia del arte contemporáneo (dictadas por el diseñador Alfred Fellinger), técnicas murales de conservación, fileteado porteño (a cargo del maestro Luis Zorz) y mosaico.

Victoria García Villegas organiza los saberes de los maestros para que la práctica adquiera carácter pedagógico: “Nos preocupamos de que el egresado, después de dos años, tenga el mismo nivel de conocimiento teórico y práctico en cualquiera de las ramas que elija”. Esta escuela taller, única en su tipo, depende del Ministerio de Cultura de la Ciudad y de la Dirección General del Casco Histórico que dirige el arquitecto Luis Grossman.

Después de las explicaciones, comienzo a recorrer el lugar. En su taller, González está trabajando con un reducido grupo de alumnos para terminar un enorme escudo tridimensional para restaurar el frente de un edifico del Area de Protección Histórica. “Nos pidieron reponer una cartela de 1933, hoy destruida, y la reconstruimos en base a fotos de un libro de arquitectura”, explica González. Para reemplazar la pieza perdida, maestro y alumnos generaron un modelo en escala real con arcilla, copiaron esa forma en silicona para armar el molde y construyeron la nueva pieza con 80 kilos de concreto.

La escuela taller asiste a edificios afectados por el paso del tiempo, del Casco Histórico y de más allá. “Ya trabajamos en el Museo Larreta, en la restauración de las fuentes del jardín y de los pisos de ladrillo; y en el Fernández Blanco, para restaurar la yesería y las molduras”, enumera el arquitecto Rubén Nuremberg, a cargo de la coordinación de obras. La escuela también va a las villas porque nació como un instrumento de capacitación para sectores desprotegidos.

En conjunto con la Secretaria de Habitat e Inclusión del Gobierno de la Ciudad, Santa María y dos ayudantes están trabajando en el Bajo Flores, en la Plaza Espejo, frente a la cancha de San Lorenzo. Allí, con gente del barrio construyen juegos, bancos, bolardos y detalles con la técnica del mosaiquismo, arte del que Santa María es experto. Ya utilizó esa técnica para transformar la famosa calle Lanín de Barracas. “También estamos trabajando en los frentes que dan al Premetro en la villa Ramón Carrillo”, me explica.

Subo al piso alto donde está el sector madera. Allí, Krzypkouski (K-r-z-y-p-k-o-u-s-k-i) comparte lugar con el maese luthier Leo Carbajal. Dos guitarras terminadas cuelgan de un exhibidor, es el trabajo finalizado de seis alumnos. Sobre la mesa, a medio construir, una guitarra, un charango, un cuatro venezolano y un violín. “Los alumnos llegan aquí con muchas ganas, pero sin conocimientos de carpintería”, me asegura el maestro Carbajal, y Krzypkouski agrega: “Es mejor así”. Palabra de maestros.

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