Buenos Aires, 17/12/2017, edición Nº 1859

La calle: un punto de encuentro de clases

La calle iguala.

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Escribe Miguel Jurado

(CABA) La ciudad nunca es como te la imaginás, o como te gustaría que sea. Lo mismo ocurre con el barrio, la calle y la plaza. Todo el mundo tiene una ciudad ideal en la cabeza pero se choca con la realidad. ¿Y sabés por qué? Porque no todos entendemos y usamos la ciudad de la misma forma. Para algunos, en la capacidad de entender esas diferencias reside el éxito de las políticas urbanas.

A mí, por ejemplo, me gusta la vida barrial; la de domingos apacibles, de vecinos en la calle y saludos con el kiosquero y el almacenero. Pero hasta ahí, unos saludos al pasar, un mínimo comentario del tiempo y a la cucha. Me meto a mi casa, no molesto a nadie y que no me moleste nadie.

A mi vecino de al lado también le gusta la vida barrial, pero la del contacto fluido con los vecinos, pararse y hablar con todos. “La gente de ahora ya no tiene tiempo para charlar”, se quejó el día que lo conocí y me congeló una hora en la vereda con ese tipo de conversaciones que empiezan pero nunca terminan. Esas que encuentran mágicamente una “solución de continuidad”. A mi vecino le gusta la vida barrial de antes, la de hablar con la gente. Se sienta en el umbral de la calle en verano para tomar fresco o sol. Se junta con la señora de enfrente, se queda horas en lo del kiosquero y tiene sus chateos cara a cara, aquí y allá.

La visión del barrio de mi vecino de al lado y la mía no ofrecen demasiados conflictos. Pero a 20 metros de casa están los muchachos del hotel familiar. Ellos tienen una visión distinta del barrio y del uso del espacio público. Por lo pronto, todo lo que no pueden hacer en su habitación de hotel lo tienen que hacer en la calle. Allí pasan la mayor parte del tiempo. El flaco alto y su hermano más bajo, la mujer con la nena y el encargado de la pensión que hace de abuelo (o tío), todos participan activamente. Lavan sus coches casi a diario, los arreglan, escuchan cumbia (y me la hacen escuchar), se toman unas cervecitas, enseñan a la criatura a andar en triciclo y toman mate.

El arquitecto Julio Ladizesky, en su libro “El espacio barrial”, lo explica muy bien: cada estrato social tiene una idea de ciudad, vida urbana y espacio público diferente, y tener eso en cuenta es parte del éxito de cualquier política urbana.

Ladizesky asegura que las clases altas se agrupan alrededor de los negocios, el arte y los deportes de elite como la navegación, el golf o el polo. “Son celosos custodios de su privacidad y sienten un fuerte rechazo a la apropiación del espacio público por manifestantes”, explica y afirma que las actividades cotidianas de los más ricos se desarrollan en equipamientos privados y exclusivos. Por su parte, según Ladizesky, las clases medias se agrupan en relación a la cultura, la educación y el deporte popular, usan el espacio público y socializan en él, pero sin perder una cierta selectividad en su trato social dentro del barrio. Como yo y mi vecino de al lado (aunque en diferente grado). La clases populares, por su parte, habitan intensamente el espacio público, como mis vecinos musicales. Para ellos, la calle suele ser una prolongación del ámbito familiar un desborde de sus viviendas exiguas.

Ladizesky dice que los de más plata detestan las protestas sociales que los populares hacen en la calle. Bueno, a mí también me rompen, a veces los entiendo y otras no. El otro día, por ejemplo, cuatro tipos (¡cuatro tipos!) cortaron avenida Córdoba. No hay derecho.

Pero el tipo que perdió su trabajo, te corta la calle para que todos se enteren de su problema. El tipo al que le recortaron el subsidio, te corta la calle por lo mismo. Y ahora, el tipo de barrio, clase media media, como yo o mi vecino conversador, también te corta la calle porque hace 8 días que lo dejaron sin luz y no encuentra solución. En fin: la calle nos está igualando.

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