Buenos Aires, 24/09/2017, edición Nº 1775

La belleza de la Ciudad y sus bicisendas

Tras explorar las calles porteñas, el periodista Gonzalo Sánchez asegura que “la relación con los paisajes es siempre una emoción".

Por Gonzalo Sánchez

(CABA) No esperaba que se me ocurriera algo para escribir, sino que hubiera una cerveza, dos amigos, una charla y el atardecer. No esperaba mucho más; no esperaba tanto. Pero a veces algo se abre y soplan los vientos de la revelación. Habíamos decidido juntarnos como hacen cuando pueden dos personas que se estiman, que han compartido un espacio y un tiempo común y que aprovecharon esa coincidencia histórica para edificar un vínculo que trasciende, precisamente, los límites contextuales de esa relación.

Quiero decir, simplemente dos amigos que la rutina separa, que recuerdan el cariño que se tienen cada tanto a través de redes sociales –un like a una foto o un comentario o una noticia compartida–, que se invitan a los cumpleaños pero al final no pintan y que seguro se verían más de la cuenta si la vida no hiciera su oficio con la eficacia del sol para desgastar las piedras: si no vinieran hijos en camino, familias que demandan más tiempo, acuerdos de pareja, trabajos con los que cumplir.

Pero aquí estaba esa feliz coincidencia que estalla, como un big bang prosaico, cuando el universo se conjuga a nuestro favor: un lunes de franco y las agendas de ambos limpias. Estaba, además, Buenos Aires, la primavera, el cielo sin nubes. Toda la ciudad para elegir una mesa, un bar, una esquina y tramar el encuentro. ¿A qué hora se toma una cerveza? Vamos, juguemos a pensar a qué hora deberían encontrarse dos amigos que se ven cada tanto. No hay chance: si es noviembre y el termómetro anda por los 25 grados, no se puede escapar de franja horaria 18-20. En eso somos como París y Madrid, pero con las diferencias de la arquitectura. En fin, por ahí se empieza y después vemos cuánto dura.

Otro tema fundamental: la elección del lugar. El mundo se divide entre aquellas personas a las que les da lo mismo y aquellas a las que no. Ninguno es mejor que otro. Los primeros tienen la virtud de la templanza, de aceptar las cosas como vienen sin mayores cuestionamientos. Son unos genios de la adaptación. No protestan, no se estresan, van para adelante y si la corriente empuja para el costado se dejan llevar con la misma calma, sin variaciones de presión arterial. Es una virtud. Los segundos, en cambio, pueden pasar horas discutiendo un rumbo, pensando un camino; son ingenieros hasta de la forma en que hacen un trámite por Internet. Son vehementes. No se conforman con un lugar así porque sí, sino que ponderan las ventajas y desventajas de cada escenario. Nosotros estábamos ahí, diletando por algún rincón de cada bando, pero existía voluntad de acuerdo y eso aniquilaba las diferencias. Había, sin embargo, un problema mayor: mi amigo vive en el norte de la ciudad, zona de runners, edificios y bosques, atemperada por la brisa pluvial del Río de la Plata. Yo en los espacios fabriles del Sur, cerca del Riachuelo, en un arrabal que se conserva dentro de su atmósfera de bohemia y tangos. Ok, partamos al medio, le propuse. Y salió Palermo

Crucé la Ciudad. Encaré por 9 de julio hasta Avenida de Mayo, doblé a la izquierda en la carpa Qom que ya no está, encaré para el Congreso, seguí por Rivadavia. Vi pastores predicando en una esquina del Once, doblé por Anchorena, pasé por debajo uno de esos puentes del tren Sarmiento, vi la cara de Gardel, atravesé el Abasto. En la radio, las canciones. Una cierta algarabía se apoderó de mí. Agarré Córdoba. Me atasqué un poco, pero el tránsito igual fluyó. Dejé atrás esa frontera llamada Scalabrini Ortiz y llegué a la zona elegida una hora antes. Tuve tiempos para merodear, mirar vidrieras y elegir el bar. El día avanzaba hacia su ocaso y Palermo transcurría en una eterna cadencia de gente mansa, árboles quietos y pocos automóviles. Me senté en Gorriti y Carranza, justo por donde pasa una bicisenda estupenda. Y aquí me detengo.

La relación con los paisajes, urbanos o naturales, es siempre, antes que una mirada, una emoción. Cada lugar manifiesta un abanico de sentimientos distintos según el ánimo de las personas que se acercan a él. Cada espacio contiene potencialmente múltiples revelaciones y por eso ninguna exploración agota jamás un paisaje, un pueblo, una esquina o una ciudad. En todo caso, puede suceder que nos cansamos de vivir. Pero si ocurre lo contrario, estar en un lugar, caminarlo o atravesarlo en bicicleta, por ejemplo, puede confrontarnos con lo elemental. Pedí una cerveza roja, de esas nuevas y caseras, y me senté a mirar la gente pasar, mientras esperaba a mi compinche.

Ciclistas de todas las edades fluían como cardúmenes en direcciones opuestas: chicas que volvían de estudiar, hombres mayores hacia sus casas, jóvenes con tatuajes en las piernas, empleados en bicis desarmables, el estándar del norte de Buenos Aires. Pensé que la de Gorriti quizás sea la mejor bicisenda de la Ciudad. Por momentos, tiene el ritmo de una bicisenda de Amsterdam. Intuí, en ella, un orden social dentro de la naturaleza citadina. Y sentí, mientras bebía y miraba, una especie de don de la presencia. Me vi inmerso en el espacio geográfico, meteorológico, ecológico y desde luego gastronómico de la zona elegida.
Fue un momento clave. Todo había estado bien y aún faltaba que llegara ese amigo. Apareció pedaleando. Ató la bici. Nos dimos un abrazo. Pidió una cerveza, miró hacia la calle y lo primero que me dijo fue: “Cuánta belleza, ¿no?”

bicisendas

Fuente: Clarín

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