Buenos Aires, 22/10/2017, edición Nº 1803

Kavannagh y Gran Rex, exponentes de la arquitectura racionalista

Moderna Buenos Aires.

 

kavanagh3

Escribe Berto González Montaner 

(CABA) Hay una arquitectura por la que se distingue Buenos Aires en el mundo. Esa no es ni la de sus majestuosos palacios Beaux Arts, que tanto nos enorgullecen, ni de lo poco que queda de la colonial, ni por sus curiosos y exóticos exponentes Art Nouveau.

Beaux Art, se sabe, hay en todos lados. Sin ir más lejos, toda ciudad latinoamericana cuando quiso sacar pecho y construir los edificios de su institucionalidad, lo hizo en ese estilo. Art Nouveau también hay en muchos lados. Lo verdaderamente original de Buenos Aires es que las distintas versiones de este Arte Nuevo que irrumpió a principios del siglo pasado se dio todo junto en una ciudad. Por ejemplo, en una misma vereda del macrocentro porteño es posible encontrar Art Nouveau belga o francés, Secesión vienesa, Floreale italiano y Modernismo catalán: una mezcla de estilos que disfrutan muchos turistas. Pero si hay una corriente por la que se reconoce a nuestra ciudad en el mundo es por los notables ejemplos pertenecientes al llamado Movimiento Moderno, en especial al Racionalismo.

Buenos Aires tuvo tempranamente en la década del 30 tres notables rascacielos racionalistas: el Edificio Comega (de Joselevich y Douillet), en Corrientes y el Bajo, el Safico (de Walter Moll), en la misma avenida, una cuadras arriba, y el Kavanagh (de Sánchez, Lagos y De la Torre), en Plaza San Martín. Esos edificios blancos, sin molduras y de fuertes líneas geométricas fueron noticia en el mundo por ser de los primeros rascacielos hechos en hormigón armado y por haber incorporado elementos de confort como el aire acondicionado central, la calefacción por agua caliente, ascensores ultra rápidos, trituradoras de basura y, como el Kavanagh, un sistema de telefonía interno con servicio de hotelería.

Sin embargo, como dice la arquitecta Cristina Fernández esta corriente nunca fue suficientemente valorada: “En nuestro país se considera patrimonio a cualquier edificio que tenga voluta, pero no se cae en la cuenta que son los edificios del Movimientos Moderno los que hicieron algo por mejorar la calidad de vida de la gente”.

Es que en el período que va entre las dos guerras mundiales, Buenos Aires sufrió un profundo cambio económico, social y demográfico convirtiéndose en metrópolis. Y fue a partir de las herramientas que brindó el Movimiento Moderno que se hicieron los nuevos espacios de trabajo, las viviendas, los hospitales, las escuelas y también los equipamientos para el esparcimiento y para el ocio que la nueva realidad social y urbana demandaba. Por ese motivo, un grupo de arquitectos del Consejo Profesional de Arquitectura y Urbanismo decidió salir a batir parches para que de una buena vez los edificios y los arquitectos del Movimiento Moderno entre los años 30 y 70 tengan su debido reconocimiento. Bajo el título “Moderna Buenos Aires” hicieron unas preciosas remeras que tienen estampados en forma sintética edificios de este movimiento. Se puede elegir el Teatro General San Martín de Mario Roberto Alvarez, el Gran Rex de Alberto Prebisch, el Kavanagh y hasta la Biblioteca Nacional de Clorindo Testa. También organizan recorridos para visitar las obras. Y además están armando un voluminoso catálogo en la web (www.modernabuenosaires.org) con videos, fotos, planos, biografías de los arquitectos, entrevistas y testimonios de los mismos habitantes de estos edificios, quienes son invitados a contar sus historias.

Tal interés despierta este momento de la arquitectura argentina que hasta la Escuela de Arquitectura de Harvard invitó hace unos años al arquitecto Ernesto Katzenstein para describir este singular período. Katzenstein señalaba a Alberto Prebisch con los radicales cine Gran Rex y el Obelisco como uno de los iniciadores de esta corriente. A Antonio Vilar, autor de las más de 150 estaciones de servicio del Automóvil Club en todo el país, como el que ejemplificó “el intento de renovación lingüística que representó el racionalismo”. Y a Wladimiro Acosta, creador con Fermin Bereterbide del Edificio del Hogar Obrero de Rivadavia y Riglos, como el más comprometido con la función social de la arquitectura. “Su preocupación central es el destino del hombre en la ciudad, convencido de que la arquitectura es un fenómeno social cuyas formas evolucionan con el progreso técnico”.

Para seguir en un segundo período, luego de algunas contramarchas nostalgiosas, con los Ateliers “brutalistas” de la esquina de Paraguay y Suipacha, esa joyita diseñada por Antonio Bonet en 1938; los departamentos de la calle Virrey del Pino 2446 de Kurchan y Ferrari Hardoy que incorporan un árbol en su fachada (1941); y los revolucionarios planteos de Amancio Williams, liderados por la famosa Casa del Arroyo en Mar del Plata, también conocida como la Casa del Puente, justamente por haber sido proyectada como un puente sobre el arroyo. O sus legendarios paraguas de hormigón que pueden verse reproducidos en la costa de Vicente López, hoy citados hasta por Norman Foster, uno de los mejores arquitectos del mundo.

Comentarios

Ingresa tu comentario