Buenos Aires, 26/07/2017

Justo Solsona, el arquitecto del Rulero

Compartió en las últimas décadas una suerte de podio. La historia del profesional porteño que es referente de la arquitectura moderna.

(CABA) Cuenta el arquitecto Justo Solsona que cada vez que toma un taxi suele decirle al chofer: “Usted me conoce”. Cuando el chofer le pregunta de dónde, le contesta: “Soy uno de los arquitectos que hizo el Rulero”. Es el apodo que le puso la gente (¿quién más que los taxistas podrían saberlo?) al muy vistoso edificio con forma de cilindro en Libertador y 9 de Julio, construido en la década del 80. “Se convirtió en un hito de la imaginería urbana popular, y lo siento como un reconocimiento porque en su momento fue muy polémico”, cuenta. Podría haber mencionado también otras obras que proyectó en las últimas seis décadas, como el todavía sorprendente juego volumétrico de ATC (actual TVP), o las dos torres gemelas de aspecto futurista frente al Parque Las Heras, y muchas otras que sería excesivo enumerar de un tirón. “Siempre hicimos una arquitectura que no es ni tímida ni del todo transgresora, nos movimos bien entre los dos extremos”, asegura, y apunta que el Rulero es el mejor ejemplo.

Solsona compartió en las últimas décadas una suerte de podio de la arquitectura argentina junto a los ya fallecidos Clorindo Testa y Mario Roberto Alvarez. En su caso, por ser el fundador y referente del estudio que desde hace 40 años lleva el nombre compuesto Manteola, Sánchez Gómez, Santos, Solsona, Sallaberry, aunque antes y después integraron su staff muchos otros profesionales destacados. “Somos un equipo, todos los proyectos son colectivos”, explica “Jujo” -como lo llaman en el ambiente-, aunque admite haber sido quien convocó al resto a mediados de los años 50, al principio para trabajos puntuales. “Cuando nos quisimos dar cuenta -recuerda- ya éramos socios.”

Cuenta que, además de conversar con los taxistas, le gusta caminar y encontrarse con cada edificio que proyectó “como si fuera un amigo de hace muchos años”. Se acuerda con cariño de las vicisitudes de la obra y hasta se ríe de los problemas que en su momento le causaron tremendos dolores de cabeza, típicos de toda obra importante, sobre todo al comienzo. Habla con devoción del edificio Carlos Pellegrini, una torre vidriada proyectada en 1968 para la Unión Industrial Argentina y pionera en Catalinas Norte. “Sigue manteniendo su modernidad más allá del paso del tiempo”, asegura.

También tiene debilidad por la sede del Banco Ciudad en la esquina de Florida y Lavalle: “Fue el primer edificio con ladrillos de vidrio en Buenos Aires”. Para darse una idea de la magnitud y variedad de la obra del estudio, así como su omnipresencia en el paisaje porteño, pueden citarse también los Silos de Dorrego, en Palermo, o las arriesgadas torres Forum Alcorta, recién concluidas, y que parecen desafìar las leyes de la fìsica en en el Bajo Belgrano. Sin embargo, Solsona lamenta también la “falta de planificación urbana que dejó el crecimiento de la ciudad en manos de los empresarios privados”. Y rescata el trabajo de muchos estudios jóvenes, que aprendieron a “hacer edificios que completan la ciudad, en lugar de buscar su lucimiento personal”.

Más allá del trabajo con el estudio, “Jujo” asegura que el hilo conductor de su trayectoria es su trabajo como docente en la UBA, donde actualmente es profesor emérito y director de la Maestría en Diseño Arquitectónico Avanzado. Para llegar a eso, antes tuvo que soportar abusos como el puntapié de un policía en la infausta “Noche de los Bastones largos”, tras el golpe de estado de 1966, que motivó una renuncia masiva de profesores, entre los que se encontraba él. “Fue inevitable, pero después nos quedó la sensación amarga de haber abandonado a los estudiantes”, reflexiona. En definitiva, tantos años de trabajo dejaron también una deuda en la trayectoria de Solsona y su estudio. Es, según admite, lo que tiene que ver con la vivienda de interés social y la imposibilidad de dar respuesta desde la arquitectura a la problemática del déficit habitacional, a pesar de haber proyectado obras emblemáticas en su momento como el Barrio Luis Piedrabuena, en Villa Lugano, para 16.000 habitantes. “La verdad es que todavía no encontramos la solución para este problema -admite con humildad. No sabemos proyectar viviendas que se puedan construir rápido y funcionen bien, ni tampoco aprendimos a cumplir con el uso que los habitantes de las villas les dan a sus propias casas, en lugar de imponerles nuestros criterios”, concluye. Una recorrida por su elegante piso del Palacio Estrugamou, en Retiro, permite descubrir un gran sector casi oculto, bohemio y desordenado, en el que se desarrolla su pasión paralela: la pintura. “Es algo que hago muy esporádicamente”, cuenta como quitándole importancia, aunque la gran cantidad de cuadros almacenados lo desmiente. En todo caso, son obras mucho menos visibles que esos edificios que sirven para orientar a un taxista. NR

Justo Solsona

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