Buenos Aires, 20/11/2017, edición Nº 1832

Juan Carlos Copes, un exponente del tango porteño

A días del estreno de "Un tango más", una película sobre su relación con María Nieves -que no le gustó-, el milonguero más famoso brindó una entrevista.

(PBA) Sentado en un café de la esquina de Corrientes y Callao, Juan Carlos Copes tiene la elegancia de un bailarín milonguero tradicional, esa elegancia que es seguramente innata aunque también celosamente cultivada. Pero como se sabe, Copes (84) es también un bailarín profesional con una carrera que ya cuenta con sesenta años de brillante trayectoria. Hasta el día de hoy Copes continúa bailando –él lo llama discretamente “su trabajo”- en el show Tango Porteño sobre la avenida 9 de julio, aunque ahora tiene una licencia temporaria por cuestiones de salud: “En mayo pasado viajé a Moscú y en el avión hacía un frío espantoso, al punto de que al llegar estaba afiebrado y mareado. Pude dar las conferencias y las clases ayudado por mi hija, pero de ahí tuve que ir a Milán, donde me encontré con un calor de 40 grados. Con esta combinación de cosas llegué mal a Buenos Aires. Casi una neumonía. Todavía no me reincorporé al trabajo, y si algo me hace sentir mal es no poder ir a trabajar. Pero aún no me dan las fuerzas”.

En estos días se estrenó Un tango más, film de Germán Kral con producción de Wim Wenders, en un género a caballo entre el documental y la ficción, y que retrata la prolongada y tormentosa relación, tanto profesional como sentimental, entre Copes y su compañera María Nieves.

¿Ya vio la película, qué le pareció?

Cuando me dieron el guión, lo objeté. Por un lado, no me interesaba; por otro lado, el director encaró especialmente a María Nieves, primeros planos de ella desde el principio hasta el final, que por  otra parte despotrica contra mí todo el tiempo. Cosas íntimas, cosa que yo nunca lo hice y que nunca me gustó. No es que finalmente el director me convenciera, pero como sé el esfuerzo que hizo este muchacho para realizar la película, con todo el dinero que cuesta… En fin.  Espero que tenga éxito.

Vayamos hacia atrás en esta historia. ¿Qué edad tenía cuando comenzó a bailar profesionalmente?

Fue en el 1955, gracias a un contrato con Carlos A. Petit para el Teatro El Nacional y para el Tabarís. Llevé un grupo de muchachos no profesionales, gente de la milonga. Estuve dos meses, pero ese tiempo corto me abrió todo lo que vino después. ¿Cómo llegué a Petit? Un día caminando por la calle Corrientes veo sus teatros y se me ocurre llevarle un proyecto mío. Justo me lo cruzo en la entrada del teatro -no lo conocía personalmente- y pregunto por él; “soy yo”, me dice. Le explico que quiero hacer un espectáculo de tango y le muestro una seguidilla de fotos de las escenas que había pensado. El argumento eran tres hombres que quieren conquistar a una mujer, por supuesto María Nieves. En la última foto nos enfrentábamos en un duelo. Ojo, yo en esa época no utilizaba ni cuchillo ni revólver: en la milonga que frecuentaba, la de Atlanta, nos peleábamos a trompada limpia cuando era preciso defender una opinión.

¿Y con las fotos convenció a Petit?

Sí. Si hubiera tenido que hablar, creo que no lo convencía. Me fui del teatro, imagínese, como Gene Kelly cantando bajo la lluvia. Llamé a toda la barra y al día siguiente -vea qué inocente que era-, me fui al Nacional con el tocadiscos. “¿Qué trae ahí?”, me dijo Petit. Y cuando le mostré el tocadiscos: “¡no, aquí no hace falta”! Brindamos ese fin de año con la muchachada: “Llegamos a la calle Corrientes –les dije-, la próxima meta, Nueva York”. Ya se me había metido en la cabeza.

¿Había espectáculos de tango en Buenos Aires en aquella época?

No, había baile de tango solamente en los sainetes. Yo trabajé en algunos de ellos, con grandes artistas de ese tiempo: actores como Anchart padre, María Esther Gamas. Osvaldo Pugliese tocaba.

Y en las milongas, ¿qué estilos predominaban?

Alguna gente hacía muchas figuras; otros pocas, pero con elegancia; eran el tango orillero y el tango salón respectivamente. Pensé: por qué no unir los dos. Y como digo en la película, con mi Stradivarius, que era María Nieves, empezamos a mezclar la manera de bailar de ella, rápida, con la mía lenta y de pasos largos. Tuvimos mucho éxito entre los milongueros y empezaron a copiarnos.

Además de Atlanta, ¿qué otras milongas frecuentaba?

Ocurrió que en Atlanta la comisión directiva empezó a cambiar: por un lado ya estaba llegando la música extranjera y por otra parte, también apareció una ola de folclore tremenda, al punto de que ya no se conseguían guitarras en los negocios de música. A toda la barra de milongueros de Atlanta prácticamente nos echaron y anduvimos como nómades por muchas milongas buscando el calor que habíamos tenido en Atlanta. Como no lo encontramos y ya nos estábamos volcando al trabajo profesional, empecé a buscar representante y a viajar afuera. Espacio para el tango aquí no había y creo que sigue no habiendo.

¿Tiene algún tango favorito para bailar?

Quejas de bandoneón, Danzarín, y también un tango que se llamaPatético, de Jorge Caldara, grabado por Osvaldo Pugliese; si uno lo escucha, no puede dejar de gustarle. Es prácticamente un concierto lo que logró Pugliese con ese tango. Recuerdo que cuando Claudio Segovia quiso reponer Tango Argentino en Broadway, en el 2000, me pidió que me reuniera nuevamente con María Nieves. Le puse dos condiciones: una, que quería bailar en la primera parte con mi hija. La otra, el dinero, aunque el dinero nunca me importó un pepino. Pero era muy duro lo que me pedía. Claudio me preguntó qué pensaba bailar con María en ese reencuentro después de tantos años y le dije Patético. “¿Por qué ese tango?”, me preguntó. “Porque es un tangazo y porque los tres somos patéticos –le contesté-: vos, María Nieves y yo”. Yo había tenido problemas con Claudio en las primeras épocas de Tango Argentino” (ver Tango…).

Hace tantos años que baila profesionalmente, que me pregunto si bailar tango sigue produciéndole alguna emoción.

Las mismas emociones de siempre. Cuando yo no era profesional y bailaba en la milonga algún tango de Pugliese o algún tema cantado por Angel Vargas, de esos con mucho sentimiento, se me caían inmediatamente las lágrimas. Y la chica que bailaba en ese momento conmigo respetaba mis lágrimas; o las compartía.

‘Tango Argentino’: un exitazo con muchos problemas

Como se ha escrito y comentado innumerables veces, fue el estreno de la revista musical Tango Argentino, de Claudio Segovia y Héctor Orezzoli (París, 1983), lo que desencadenó una gran pasión por el baile de tango en una escala planetaria. Copes fue llamado por Segovia para armar las coreografías grupales, pero encontró oposición por parte de algunos bailarines del elenco: “Tres veces renuncié a Tango Argentino. Recuerdo que uno de los bailarines había comentado: ‘A mí no me enseñó Copes a bailar tango’. Cuando lo supe le dije: ‘Es cierto, yo no te enseñé; al contrario, te elegí porque sabías bailar’. Volvimos al elenco con la gira por Estados Unidos que culminó en Nueva York. Otro éxito inmenso. Segovia y Orezzolli lo habían vendido a Broadway por 300.000 dólares, que no era nada: a partir del estreno esa suma se recaudaba por semana. Pero había problemas con los músicos, problemas con los bailarines, muchas cosas por abajo. Segovia y Orezzoli eran muy rigurosos pero nunca habían sabido delegar. Me cansé. No volvimos más a Tango Argentino, hasta el 2000”.

Aníbal Troilo: “Fui su bailarín favorito”

“El primer encuentro con él fue terrible: para una fiesta de carnaval en el Luna Park había dos orquestas, una de ellas la de Troilo. Contrataron como cien bailarines de todos los géneros. Me pidieron que bailara sobre una tarima y elegí hacer Quejas de bandonéon con María Nieves. El día del debut aparece Troilo y dice ‘¿Quién es este tipo, quién es este hijo de p… que va a bailar Quejas de bandoneón antes de que yo lo toque?’. Era su carta fuerte. Yo me quería morir. Pensé en irme, me convencieron de que me quedara y usé otro tema. Un tiempo después debuté en el Marabú, y a los pocos días tocaba allí Troilo con (Roberto) Goyeneche. Me quedé después de la función mirando cómo desarmaban el escenario, cómo movían las cosas, quería aprender todo. De repente un tipo se da vuelta y era Troilo. Se me acercó, y yo pensé que era para darme una cachetada. No, me abrazó llorando y pidiéndome disculpas. Imagínese. A partir de ese momento, fui su bailarín favorito.”

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