Buenos Aires, 17/12/2017, edición Nº 1859

Joyas de la literatura nacional en la palma de la mano

Desde el 2008 la Biblioteca Nacional edita minilibros de grandes autores de la literatura y del pensamiento de nuestro país. En un packaging que simula una caja de cigarrillos, por $5 pesos se pueden conseguir libros de Aira, Kohan y Fogwill, entre otros. (CABA) Hay una discusión, de argumentos bizantinos, que lleva varios años y no conduce a nada. Es aquella acerca de qué tipo de soporte es el más...

Desde el 2008 la Biblioteca Nacional edita minilibros de grandes autores de la literatura y del pensamiento de nuestro país. En un packaging que simula una caja de cigarrillos, por $5 pesos se pueden conseguir libros de Aira, Kohan y Fogwill, entre otros.

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(CABA) Hay una discusión, de argumentos bizantinos, que lleva varios años y no conduce a nada. Es aquella acerca de qué tipo de soporte es el más apto para leer un libro. Obsérvese que no se discute qué leer sino el cómo en sus aspectos mobiliarios. Las rivalidades se potencian para concentrarse en una sola, que es la del papel versus la pantalla, como antiguamente rivalizaron la piedra y el papiro o, trayendo de los pelos una analogía de otro área, la cueva y el lienzo.

La lectura en pantalla tiene ramificaciones festejadas. Se puede leer un libro en una vieja PC, en un e-book, en un iPad o en un LCD que reproduzca letras del tamaño de Susana Giménez. Pero del papel no se aceptan muchas variantes. El libro de papel tiene, más o menos, las mismas prestaciones que tuvo la Biblia de Gutenberg, y no se lo imagina más allá de la forma que la realidad industrial le ha dado en estos siglos, para no hablar del recelo con que las grandes editoriales recibieron al e-book, sin hacerlo en defensa del papel (les da lo mismo que los libros sean de neoprene o de bronce) sino de sus economías.

¿Por qué no imaginar otra forma, cuando no otra consistencia, para el libro de papel? La industria del agua mineral se animó a hacerlo. Si alguno de ustedes tuvo la suerte de bajar el calor mesopotámico de diciembre gracias a esos oasis llamados kioscos, habrán comprobado la flaccidez de la botella plástica de la marca Bon Aqua, de Coca Cola. A cambio, se suman puntos en ambientalismo porque está hecha con menos pet que sus versiones anteriores.

La Biblioteca Nacional entendió el desafío. Desde hace varios años (en 2008 ya había editado los cuentos Memoria de Paso y La larga sonrisa de todos estos años, de Fogwill), despacha pequeños libros desde un dispenser situado en su hall de entrada por la modestísima suma de $5 por ejemplar. Los que se ofrecen en este momento son, entre otros, Correo argentino, de Martín Kohan (preciosas viñetas iniciadas en esta revista), El ombú, de Guillermo Enrique HudsonEl socialismo y el hombre en Cuba, del narrador de aventuras internacionales Ernesto GueveraEscenas del matadero, donde se recogen textos de Bond Head, Darwin y el propio Hudson; y El ilustre mago, de César Aira.

Los ejemplares miden cinco por ocho centímetros (rara vez el lomo supera los diez milímetros de espesor) y tienen el peso de un colibrí. Si la tecnología se devana los sesos para incorporar miles de funciones inteligentes en espacios cada vez más pequeños, los libros de la Biblioteca Nacional son el no va más de la innovación. ¿O acaso El ilustre mago, de Aira, no tiene más funciones que el Galaxy Core Advance de Samsung?

Sin ser una gran novela, siendo incluso una de las más previsibles y ajustadas a su propio standard (la realidad más llana derivando naturalmente en el delirio), El ilustre mago cuenta la enésima vicisitud del narrador típico de Aira que, desembarazándonos de los protocolos que separaron al nacer las ideas gemelas e indivisibles de autor y narrador, diremos, sin pretender inventar la pólvora, que es el propio Aira.

En este caso, es tentado en Parque Rivadavia por Ovando, un mago falso –todo mago es falso en el ejercicio de su verdad– que le ofrece poderes palpables, como el de convertir un terrón de azúcar en uno de oro, si es que deja de leer y escribir. El pacto es ridículo, porque se ofrece algo (magia) a cambio de lo mismo (literatura). Además, se ve que la magia no es un poder exclusivo, porque otro personaje, un mago sin rótulo de tal, apoya su mano sobre un ejemplar de Don Segundo Sombra y lo convierte en Nouvelles Impressions d’Afrique.

El resto de la novela, encapsulada en el pequeño ejemplar de la Biblioteca Nacional, discurre por otra aventura especulativa del autor, allí donde el régimen airano se acerca tanto al de su precursor Borges. Para ambos, la literatura es un jardín de senderos que se bifurcan; la única diferencia es que Aira los sigue a fondo a todos. Como suele suceder, la novela termina cuando Aira se aburre. Pero el asunto es aquí la pequeñez del ejemplar y el “problema” del tamaño.

Hagan la prueba de comprar este libro, o aquellos otros que lo acompañan en el dispenser del modo en que se ofrecen gaseosas o snacks, y verán la discriminación a la que se someten. La pequeñez (en este caso, pequeñeces llenas de literatura), comparada con el tamaño tradicional del libro, que nunca fue muy grande ni muy chico sino adaptado a una relación adecuada con el cuerpo humano, produce en los demás una mirada de censura. Lo cierto es que el pequeño libro cambia todo. Cambia la distancia entre el texto y el ojo, cambia el ángulo de los brazos y cambia la diferencia, que se vuelve anormal, entre las manos de gigantes que lo sostiene y esos pocos gramos de árbol que podría llevarse el viento.

Lo que la mirada de la censura dice es que ese tipo de lectura no puede ser seria. Hazle la fama al soporte y échate a dormir. Lo que hizo la Biblioteca Nacional fue arrojarnos a los lectores de estos libros minúsculos junto a aquellos que incrustan sus miradas patológicas en minibiblias (quienes leen bazofias en formatos normales lo hacen desde arriba del caballo). Sin dudas, acertó. Queda claro que el tamaño de la literatura no se adecua fácilmente al mundo, que se manifiesta como problema y como diferencia, y que quienes insistimos en no abandonarla no tenemos ningún problema en quedar marcados.

Fuente: losinrocks.com

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