Buenos Aires, 18/12/2017, edición Nº 1860

Joya de la avenida Callao: reabrió El Tropezón, el histórico restaurante que frecuentaba Gardel

Era un refugio de bohemios, tangueros, actores y políticos. Su plato insignia era el puchero de gallina, el favorito del Zorzal Criollo. Cerró en 1983.

(CABA) Desde 1896, era un refugio de bohemios, tangueros, actores y políticos, porque abría las 24 horas. Su plato insignia era el puchero de gallina, el favorito de Carlos Gardel. Sobrevivió a dos mudanzas, una de ellas después de un derrumbe. Hasta que, en 1983, se desplomó su marquesina y cerró. Parecía que para siempre. Sin embargo, 34 años después, el viejo restaurante El Tropezón tiene una nueva oportunidad. Gracias al tesón de una mujer que investigó su historia, reabrió este martes en su cuarta reencarnación y en el mismo local que ocupó desde 1926 en Callao 248. La inauguración oficial será este domingo, con un gran puchero.

“Cabaret… Tropezón…, era la eterna rutina / Pucherito de gallina, con viejo vino carlón”, dice la letra de un tango escrito por Roberto Medina. Raquel Rodrigo (56) se cansó de escuchar este tango cuando era chica. Como también escuchaba, junto a su mamá, a Lola Flores, Julio Sosa, Gardel y Troilo, entre tantos otros que frecuentaban El Tropezón.

Nuestro negocio familiar son los garajes y queríamos el de Callao al 200 -cuenta Raquel-. Con mi marido Luis y mi yerno tuvimos que comprarlo con el local de al lado porque vendían todo junto. Ibamos a poner en alquiler ese local. Pero en abril de 2015, cuando inauguramos el estacionamiento, vi que en su fachada había una mayólica que recordaba que ahí había estado El Tropezón. Y con lo que amo al tango y a lo antiguo, investigué su historia y quise revivir esta joya de la avenida Callao. Mi familia me decía que era una locura”.

Tras el cierre del restaurante, en 1983, su último dueño regaló toda la vajilla y vendió los derechos de la marca. Desde entonces, en el espacio de Callao 248 funcionaron una sucursal del Correo Argentino y una ART.

Cuando Raquel y su familia compraron la finca, al local le pusieron un cartel de “Se alquila“. Se interesaron varias cadenas, tanto de comidas rápidas como de farmacias, pero lo querían por diez años y a sus nuevos propietarios les parecía mucho tiempo. Al mismo tiempo, se enteraron de que los derechos del dueño de la marca “El Tropezón” estaban por vencerse, porque habían pasado casi diez años. Cuando eso ocurrió, Ezequiel -uno de los tres hijos de Raquel- la compró a nombre de la mamá, sin decirle nada. Y ella, cuando averiguó para adquirirla, se llevó la sorpresa de que ya era su dueña. Y retomó su sueño de hacer renacer al restaurante.

“La obra en el local, que tiene 45 metros de largo y 9 de ancho, duró un año -dice-. La ART había tapado todo con durlock. Cuando lo sacamos, descubrimos que debajo estaba el antiguo Tropezón: parte de sus pisos de cerámicos calcáreos, sus techos con madera y claraboyas de bronce y sus paredes de 60 centímetros. Dejamos el ladrillo a la vista, porque lo que ya no estaba más era la boisserie. El sótano, de 100 m2, estaba intacto”.

En ese sótano, con sus pisos en damero, pusieron la cava y dos largas mesas para 20 personas cada una. Y Raquel armó una galería de fotos de las figuras ilustres que visitaban el restaurante y algunas curiosidades. Como las partituras originales del tango “Por una cabeza” o un arco de violín de la orquesta de D’Arienzo.

Todos los que trabajaron en la obra, desde los albañiles y pintores hasta el electricista, son padres de alumnos del Colegio Secundario Virginia Gamba, de Morón. Es que Raquel fue una de las impulsoras de su creación, en 1990, y desde entonces trabaja para el colegio. Por eso mismo, la veintena de empleados del restaurante son jóvenes ex alumnos o padres de alumnos del Gamba. Como ella, no vienen del mundo de la gastronomía pero estuvieron un año formándose para sus nuevos roles. Sofía Esquivel, por ejemplo, tiene 21 años y es la jefa de cocina. Recibió entrenamiento en Zamora, España, donde le enseñaron los secretos de la comida ibérica.

La reapertura fue el martes, con unos 60 invitados. Pero como el local estaba abierto, se sumaron clientes. “Terminamos sirviendo 190 cubiertos. Había gente con los ojos vidriosos por la emoción”, dice Raquel. Y cuenta que un hombre mayor le regaló un pocillo original del antiguo Tropezón, que ahora se exhibe en la barra. Este miércoles, los vecinos más antiguos del barrio se detenían en la vidriera y algunos entraban para curiosear. Como Norma, que comentó: “Yo he venido al viejo Tropezón y comía el menú del día. Estoy feliz con su reapertura. ¡Voy a volver!”.

En la carta se mantiene la impronta española, con platos como callos a la madrileña, paella, guiso de lentejas o tortilla. Y sumaron clásicos porteños, incluyendo asado. Pero el leit motiv del regreso, difundido a través de las redes sociales del restaurante, es: “Vuelven los domingos de puchero, vuelve El Tropezón”.

Reconstruimos cómo lo hacían y tenía de todo: lengua, panceta, chancho, morcilla, chorizo, legumbres, porotos, caracú… El nuestro va a ser así y lo vamos a servir tipo buffet los miércoles a la noche y los domingos al mediodía”, se entusiasma Raquel. La tradición se va a recuperar este mismo domingo, después de 34 años.

La cita del domingo
El tradicional puchero se va a servir a partir de las 12.30. El servicio incluye el buffet, una copa de vino y postre. El precio del menú completo es de $ 950. Para hacer reservas hay que llamar al 4371-5046. NR

Fuente consultada: Clarín

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