Buenos Aires, 20/10/2017, edición Nº 1801

¿Cómo influye el café en la cabeza de la gente?

Existe una interesante relación entre la ingesta de cafeína y el nivel de atención de las personas.

(CABA-PBA) Para la mayoría de las personas los días no empiezan hasta que no se toman un café. El despertar de la mente a partir de ese primer café mañanero es parte de nuestra rutina y, generalmente, tendemos a bendecir ese efecto. Y es que al margen del placer que nos proporciona su sabor, el café tiene una función muy específica: activarnos o reactivarnos.

Según la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, hay una relación de causa-efecto entre la ingesta de cafeína y una mejora en la atención y los niveles de alerta en actividades de corta duración y alta intensidad. Diversos estudios han concluido que, en dosis controladas, estimula el rendimiento mental, y también nos ayuda a estar más despiertos en situaciones de falta de sueño, como a la hora de conducir de noche o de llevar a cabo trabajos nocturnos.
Tomar café es una acción mecánica que nuestro cuerpo demanda. Pero, ¿estamos perdiendo algo a cambio? ¿Puede tener la cafeína efectos secundarios negativos a largo plazo?

La cafeína es un estimulante del sistema nervioso central que, al consumirla, pasa rápidamente a nuestro cerebro. Sus efectos se perciben a partir de los 15 minutos tras la ingesta y duran hasta seis horas, y se deben a la capacidad que tiene, debido a su estructura molecular, para bloquear los receptores de adenosina, que son las moléculas que inducen el sueño.

En ocasiones la cafeína no solo nos despierta, sino que nos causa una oleada repentina de placer. Esto se explica debido a que también el neurotransmisor del placer, la dopamina, está involucrado en el proceso porque sus receptores están vinculados a algunos receptores de adenosina. Cuando la cafeína alcanza a estas neuronas, activa y desata la dopamina, manteniendo bloqueada la adenosina.
Estos efectos pueden llegar a producir consecuencias negativas, como el aumento en la frecuencia cardíaca, la presión arterial, la micción o la diarrea, y, lo que más nos suele preocupar a todos, contribuir al insomnio y a la ansiedad.

El problema del café no es tomarlo cada mañana o después de comer, sino volverse adicto a él. Aunque la EFSA asegura que el consumo diario de cafeína hasta 400 miligramos (el equivalente a cuatro tazas) es seguro para la salud, genera dependencia y es complicado, tras pasar por un período de consumo elevado (como puede ser la época de exámenes o de mucha carga de trabajo), volver a la normalidad. Además, nos obligamos a aumentar las dosis para provocar los mismos efectos.

La explicación está en que al generar cada vez más receptores extra de adenosina (el organismo los fabrica para que esta pueda seguir funcionando), nos acabamos adaptando al consumo de cafeína y necesitamos más, ya que hay más receptores que bloquear.

Como es imposible vencer a nuestro organismo, la consecuencia suele ser sufrir algunos síntomas de abstinencia (como dolores de cabeza, cansancio o ánimo depresivo) al reducir de nuevo la dosis, puesto que los receptores extra se quedan sin usar hasta que al cabo de unos días desaparecen y nuestro organismo vuelve a su estado original.

La cafeína tiene consecuencias positivas y negativas, lo cual nos impele a aprovecharnos de ella en los momentos necesarios, sin abusar desordenada o compulsivamente o pensar en ella como si fuera un medicamento. Y si en algún momento llegáramos a hacerlo, ya lo sabemos: la mejor solución es siempre cortar de raíz olvidándonos por un tiempo para evitar que los temidos efectos secundarios aparezcan.

SN

Fuente: Clarín

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