Buenos Aires, 17/10/2017, edición Nº 1798

Ignacio Pirovano, un genio de la medicina argentina

A 170 años de su nacimiento.

Un hospital lleva su nombre en su honor. Fue el maestro de personalidades como Juan B. Justo o Nicolás Repetto.

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(CABA) El apellido suele aparecer en los diarios cuando mencionan emergencias o algunos logros médicos. Y se lo cita simplemente como una referencia edilicia. Entonces se habla del Hospital Pirovano, el histórico centro médico inaugurado en julio de 1896, en la calle Monroe, a un par de cuadras de la estación Coghlan. Pero para Buenos Aires, y por qué no también para el país, el nombre del lugar significa mucho más que eso: recuerda al doctor Ignacio Pirovano, considerado el padre de la cirugía argentina.

Hijo de Aquiles Pirovano, un platero italiano que emigró a la Argentina en busca de nuevos y mejores horizontes, el futuro médico y también profesor universitario sería un chico demasiado travieso para los habitantes del entonces tranquilo pueblo de Belgrano, donde había nacido el 23 de agosto de 1844 (el mes que viene se cumplirán 170 años). Dicen que Catalina Ayeno, su mamá, siempre recibía quejas de los vecinos por las travesuras de Ignacio. Ese espíritu tendría su continuidad durante sus estudios en el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde se recibió de bachiller.

Algo de esa vida de bromista se iba a mantener cuando Pirovano era “asesor” del “Comité de Mortificación Pública” o como “secretario” del “Club del Esqueleto”, ya como estudiante de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires, a la que ingresó en 1866. Lo de la medicina tenía su carga genética: tanto su bisabuelo como su abuelo habían sido médicos en Europa. Primero Ignacio se recibió de farmacéutico (para costear sus estudios, de adolescente había trabajado en una farmacia) y en 1872, de médico. Tenía 28 años y, por sus condiciones, ya se vislumbraba que iba a ser un profesional notable. Su tesis de graduación relacionada con la extirpación de hernias, algo de avanzada para la época, lo demostraba.

Su prestigio de cirujano hizo que el gobierno de Buenos Aires lo becara para ir a estudiar a París. Allá estuvo tres años y tuvo como profesores a grandes como Claude Bernard (un biólogo y fisiólogo considerado una gloria científica) y Louis Pasteur (sus aportes a la química y la microbiología lo convirtieron en figura mundial; desarrolló la vacuna contra la rabia). Pirovano volvió con el título de doctor de la Facultad de Medicina de París y la experiencia de haber conocido los trabajos del cirujano inglés Joseph Lister, relacionados con la asepsia para evitar infecciones. Ya en la Argentina, Ignacio Pirovano aplicaría esos conocimientos que marcaron un avance en la medicina local.

Especializado en cirugía de cabeza, cuello y extremidades, su trabajo no sólo trascendió en los quirófanos. Pirovano fue profesor titular de la cátedra de Histología y Anatomía Patológica, donde tuvo discípulos destacados como Juan B. Justo o Nicolás Repetto, entre otros. Pero este médico brillante tendría una vida breve. Afectado por un cáncer en la lengua, Pirovano se hizo una biopsia y, sin revelar quién era el paciente, la envió a un especialista para su análisis. La respuesta fue contundente: “Cáncer. Caso perdido”. Tras soportar todo con estoicismo, murió el 2 de julio de 1895. Le faltaba algo más de un mes para cumplir 51 años.

Por su gran aporte, el nombre de Ignacio Pirovano merece figurar entre los de las personalidades destacadas. Claro que también hay muchos otros. Por ejemplo Francisco Javier Muñiz, un médico y científico argentino, hombre que alguna vez tuvo a Pirovano como colaborador cuando éste aún era un practicante. Fue en las epidemias de cólera (en 1867) y fiebre amarilla (1871). Precisamente, en esta última epidemia, Muñiz, quien trabajaba como voluntario en ayuda de las víctimas, se contagió y murió el 8 de abril de ese año. Un hospital y una calle de Buenos Aires también recuerdan su nombre. Pero esa es otra historia.

Fuente: Clarín

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