Buenos Aires, 21/11/2017, edición Nº 1833

Horacio González “No estoy seguro de que esta gran polémica termine en mejores medios”

El director de la Bibliteca Nacional e integrante de Carta Abierta, Horacio González, afirma que en la disputa por la ley de Medios ganará quien sea capaz de rehacer “una nueva objetividad” que dé origen a un nuevo periodismo de mayor “calidad y responsabilidad” que el actual, lo que obligará a aggiornarse no sólo a Clarín sino también a los medios oficiales. También admite que el kirchnerismo está en una...

El director de la Bibliteca Nacional e integrante de Carta Abierta, Horacio González, afirma que en la disputa por la ley de Medios ganará quien sea capaz de rehacer “una nueva objetividad” que dé origen a un nuevo periodismo de mayor “calidad y responsabilidad” que el actual, lo que obligará a aggiornarse no sólo a Clarín sino también a los medios oficiales. También admite que el kirchnerismo está en una encrucijada porque no tiene sucesor y que una reforma para posibilitar la re-reelección de Cristina habrá que discutirla en el momento oportuno.

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Termina una semana de mucho vértigo, con el 7D como único foco de atención. ¿Qué debemos esperar?

– Es un día importante porque el Gobierno lo justificó con una sigla, pero me parece que lo que va a ocurrir es que un conjunto de hechos de carácter heterogéneo y múltiple van a acompañar este proceso más amplio de reconstitución de la esfera mediática en la Argentina en un sentido democrático y pluralista, palabras que figuran en la ley, pero también tendrán que ser más precisadas. El debate va a servir mucho para ello, creo que el contenido desmonopolizador que tiene la ley es interesante e indispensable y, en ese sentido, la Argentina se coloca en un horizonte respecto de otros países latinoamericanos y del mundo de mayor sensibilidad en relación a lo que significa una sociedad mediática. No veo que vaya a haber un día en especial, aunque vence un plazo para adecuar las licencias, pero es más bien administrativo.

Un plazo administrativo pero también de mucho valor simbólico y hasta con una denominación bélica, en un contexto de mucha tensión entre el Gobierno y el Grupo Clarín.
– Sí, no se puede disimular el hecho de la pelea del Gobierno con un grupo en particular, que es Clarín. Evidentemente el Gobierno visualizó ahí un problema desde hace bastante tiempo, cuando salió la consigna “Clarín miente”. No pienso que sea un conflicto bélico, por supuesto; es un conflicto donde hay mucha tensión y un conflicto por el uso de la palabra pública en la Argentina. Por tanto, no es un conflicto tradicional; es una lucha por las palabras y por las imágenes a partir de su uso y de quién las emite. Eso es lo que hace muy tensa la confrontación. Pero no hay que asustarse. Habría que hacerlo si la Argentina viviera un período donde las luchas y los conflictos se hicieran de manera violenta.

Hoy se vive una suerte de binarismo en la sociedad, hay mucha exaltación del discurso y es difícil encontrar puntos de encuentro. ¿Qué responsabilidad le atribuye, o no, al Gobierno en la generación de este clima?
– La pregunta debería tener varias respuestas. Una, es que a nadie le gusta vivir en una sociedad binaria que no está en guerra. Por eso, una respuesta podría ser el lamento del hombre pluralista que no está acostumbrado a las exigencias del mundo binario. Podría darte una respuesta así, pero no dejo de entender las exigencias que tiene este mundo binario que va a ser transitorio.

¿Transitorio?
– Sin duda, pero no me gusta hablar sin matices y sin reconocer lo que hay en toda historia, que no está predeterminada. No es fácil definir la responsabilidad. El otro día escuché a un dirigente sindical notorio decir que el Gobierno tiene la responsabilidad de haber dividido. ¿Quién tiró la primera piedra, quién vino para dividir? Es muy difícil determinar eso. En lo que se dio en llamar kirchnerismo, a partir de la experiencia inicial de Kirchner, no estaba la cuestión de los medios. No estaban definidas cuestiones relevantes que después aparecieron como fundamentales, la cuestión de los derechos humanos estaba insinuada, pero no tenía la fuerza que tuvo después. En ese sentido, se podría decir que se da un gobierno de coalición, incluso en los primeros tiempos se llegó a hablar de un espectro de centroizquierda, que a mí me gustaría que fuera así. De hecho habría que rehacer entonces el binarismo. Me gustaría un gobierno de centro-izquierda democrático donde estén muchos de los que no están y que pueda tener una autocrítica interna muy fuerte.

Antes dijo que estamos en un estadío transitorio. ¿Cuándo y cómo termina?
– Sí, esto no va a tener que extenderse mucho más tiempo, porque lo que está en juego en esta división o mundo binario es que cada sector se atribuye haber descubierto que la objetividad en abstracto o el periodismo que apela a verdades preconstituidas fue de algún modo desmontado por grupos específicos con intereses particulares que en determinado momento de su historia se revisten con intereses universales. Con Clarín pasó eso, por eso es tan complejo. Basta analizar la redacción de Clarín, su historia, que no es conocida por todos, pero los viejos argentinos que siempre lo leímos sabemos bien lo que es: una construcción cultural de una enorme complejidad, donde le agregaría que fueron a parar muchos fracasos argentinos, por ejemplo, el desarrollismo. Hay un cierto cinismo en la redacción de Clarín, donde su objetividad presupone que es algo que sale del que te dice, “yo esto ya lo vi, para que te empeñás, incluso vas a querer cambiar Clarín si está forjado como una cultura nacional”. Uno puede decir que es una falsa unidad, que es una cultura particular de un grupo monopólico, pero Clarín forjó un estereotipo cultural argentino. Al mismo tiempo que lo forjó, todos los periodistas de Clarín son figuras cuya mera exhibición como imagen implica que hay un consenso alrededor de ellas. Ese consenso se ha debilitado de manera dramática para Clarín y por eso te diría que esta gran discusión no significa descubrir que el periodismo nunca es objetivo, que expresa intereses particulares. Vaya novedad.

¿Y quién gana esta disputa?
– La gana el que pueda rehacer una nueva objetividad. Tiene que haber una objetividad en una sociedad, y esa objetividad va a tener que ser de mayor calidad que la que hay hoy, para todos. Eso obliga mucho a los medios oficiales. Clarín va a seguir existiendo, se desmembrará en algunos aspectos, pero el núcleo cultural central va a seguir. Ahora, va a tener que generar una nueva objetividad, y los medios alternativos, todos, también van a tener que generar una cierta objetividad, no va a ser el festejo de una pluralidad tan infinita, va a tener que dar lugar a ciertos núcleos centrales de una cultura examinándose así misma. Eso implica una nueva televisión y un nuevo periodismo.

En ese esquema, ¿habría espacio para el llamado periodismo militante?
– La expresión no me incomoda. Los historiadores recordarán este momento como uno donde la palabra militancia implicó cierto sentido general de la sociedad de que se perdía ese núcleo de objetividad común y si esto realmente ocurrió, no soy de los que dicen, ¿qué estamos destruyendo? Soy de los que dicen: sobre esta base, el que demuestre que tiene el mejor argumento puede reconstruir un nuevo horizonte de objetividad. Cuando esto pase, vamos a ver nuevos programas de TN, o será otro, y tendremos que ver nuevos programas de la TV pública y del periodismo público. Vamos a tener que ver otra cosa y por eso empecé diciendo palabras como democracia y pluralismo. Quizá la chance que tiene Argentina para su futuro democrático es que acá se podrían encarnar en definiciones concretas o de prácticas humanas formas de escritura, lenguaje, tipos de imagen que se deben generar en una sociedad… Yo no estoy tan seguro de que esta gran polémica termine en mejores medios de comunicación pero, si no fuera así, sería terrible. Tendríamos que ver la misma telenovela o el mismo programa de entretenimiento que reprobábamos, hecho, incluso, con instrumentos tecnológicos más inadecuados o mayor improvisación.

La sensación es que el Gobierno tiene un obsesión con los medios y les asigna un poder superior al que realmente tienen.
– Yo no los subestimaría a los medios de su lugar central en la sociedad, si le adjuntamos la gran revolución tecnológica, ahí sí todas las formas comunicacionales están generando cambios en el comportamiento humano que no siempre me gustan. Esa paradoja de un político que triunfa con los medios en contra hay que examinarla un poco mejor porque los medios más adversos al Gobierno, que serían La Nación y Clarín, con estilos diferentes, no es verdad que no tengan efectos concluyentes. Quizá tengan menos efectos electorales que efectos subterráneos que tarde o temprano se expresan electoralmente. Hasta el momento no ha ocurrido, pero los cacerolazos tienen una fuerte evidencia de que son la forma en que se traslada al espacio público un tipo de prédica como la de Clarín, Nación y todo el arsenal del Grupo Clarín, que tiene como problemas básicos problemas de resistencia cotidiana. En eso son muy eficaces.

Pero el malestar es real. Es difícil creer que los medios tienen el poder de inocular los problemas.
– No. Inocular no es la palabra, hay que buscar una palabra adecuada. La quiebra del horizonte existencial colectivo se produciría por este trípode sobre el que trabajan los medios: inseguridad-inflación-corrupción, cada una en su nivel. Hay una responsabilidad del periodista que no quiera ser militante para tomar en cuenta hechos evidentes, lo que significa la responsabilidad frente a una noticia, la reiteración de un asalto, la existencia en este trípode que se presenta en todo el mundo y que en la Argentina lo hace de muchas maneras y que el Gobierno tiende a no aceptar. Ahí tenés el cuarto tema, que es si los gobiernos mienten. Y, precisamente, los gobiernos que dicen que la prensa miente, ¿no serían estos gobiernos los que mienten? Entonces ponemos este cuarto problema: ¿Cuál es la verdad?

Lo que quedó claro después de los cacerolazos es que el Gobierno, cada vez que una situación lo incomoda, tiende a negarla. Y frente a esta actitud, el malestar aumenta. ¿No podría la Presidenta ahorrarse ese desgaste?
– Tomá la derrota electoral de 2009, hubo un intento de diálogo que finalmente no prosperó. O sea, que no es un gobierno que no tenga la capacidad de percibir lo que ocurre, solo que elige cómo decirlo y cuándo decirlo. Ningún gobierno puede estar al margen de lo que ocurre en la calle, es evidente que por las medidas que se tomaron, como la exención de ganancias para el aguinaldo, estos temas se han tomado en un momento de dificultades económicas en Argentina y en el mundo. Lo que me estás preguntando pertenece a estilos diversos de los gobiernos. Es evidente que el Gobierno percibe que la calle se llenó de gente con los más diversos reclamos.

La estigmatización de los caceroleros por parte de funcionarios -se habló de gente que iba a Miami- no ayudó a formar esa idea.
– No es fácil ser funcionario, tiene que medir sus palabras. Pero a la Presidenta, por ejemplo, le gusta la ironía. La sociedad argentina tiene que interpretar que a la Presidenta le gustan las ironías. Decir que lo más importante que ocurrió ese día fue el comité central del PC chino era una ironía que quería decir, “sé lo que ocurrió en Argentina”. Pero uno puede enojarse porque no lo dijo directamente.

Al festival organizado por el Gobierno para este domingo es inevitable emparentarlo con el 7D. ¿Intenta el kirchnerismo hacer una demostración de fuerza en la calle para contrarrestar los cacerolazos y el paro del 20N?
– Sí, tranquilamente puede leerse así. Ahora el Gobierno está intentando nuevamente buscar la calle, no es fácil recuperarla, muchos dirían que nunca se perdió, y de algún modo, el Gobierno está en la calle a través de muchos actos, está muy ramificado en la sociedad, porque el kirchnerismo no fue un fenómeno fatuo. Si no, no hubiera interesado a tantas personas de tantas orientaciones políticas, no pasó en vano para la vida de muchos, y acá te estoy hablando por mí mismo. Por eso, no se puede decir que siendo una fuerza tan efímera, sin ningún dramatismo, sin ninguna mitología interna, callada o no, pueda desaparecer de un soplido. Eso no va a ocurrir. Pero es cierto que está pasando por dilemas, uno de los cuales es que se ha visto en la calle una gran manifestación de fuerza y no una sola vez, sino tres y de distintos sectores. Si uno mide por clases sociales, lo ve al Gobierno cercado por distintos lados.

Sin reelección mediante, ¿tiene sobrevida el kirchnerismo?
– Es una pregunta profunda, incómoda también. El peronismo tiene su flanco más ortodoxo y, en general, las ortodoxias garantizan más prosecución que los lados más renovadores. Sobre su lado ortodoxo, el peronismo tiene su prosecución. El kirchnerismo es más dramático, uno nunca sabe si el kirchnerismo es un capítulo interno del peronismo o si el peronismo estaba para ser ese capítulo interno que el kirchnerismo sintetiza y poner en ese centro izquierda…, eso no ha ocurrido luego de los tiempos de la transversalidad. Yo soy partidario de un frente social más amplio que el que sostiene al Gobierno, pero mis amigos me dicen, ¿con quién? Si el centroizquierda posible es Binner…(se ríe)

Carta Abierta planteó el tema de la reforma constitucional y hoy la re-reelección ya se debate abiertamente en el Gobierno…
– Mi posición es que es interesante la reforma constitucional y que si uno la plantea es inevitable que hay que decir que haya una cláusula reeleccionista. Yo pondría una pausa respecto a esta cuestión. Soy reformista desde siempre, me parece que una Constitución debe adecuarse a un momento histórico. Ahora, el que propone la reforma constitucional tiene que ir de inmediato a decir que haya una cláusula reeleccionista, no sé si éste es el momento para decirlo y si decirlo no incluye llenar el vacío solamente. Si es así, es una acción que todo gobierno necesita desarrollar para que no conviva con un vacío muy grande. Como va a surgir el tema hay que pensar si hay que lanzar o no la reforma porque está íntimamente vinculada a la reelección.

Conceptualmente, ¿por qué en 1999 la re-reelección era mala y estaría bien ahora?
– No tengo inconveniente en responder. Creo que en lo que sí no hay neutralidad es en el conjunto histórico. Yo tengo más simpatía hacia Cristina que hacia Menem, que era un demoledor del Estado, pero al mismo tiempo no puedo guiarme en relación a las normas de un país por mis simpatías. Por eso, me parece que hay derecho a exponer la simpatía que uno pueda tener por un personaje político y al mismo tiempo lleva inevitablemente a la pregunta por las normas. Creo que el elemento republicano está presente y debe estarlo en cualquier proceso histórico, ésta es la tradición nacional y popular que cuando se presenta como un esquematismo es menos interesante que cuando lo hace como una voz capaz de ampliarse a todos los aspectos de la vida política. Las normas tienen que construirse desde un consenso, con mayorías y, en este caso, la reelección de Cristina reparte a la población y a la opinión política en esa dicotomía.

Fuente: El Cronista

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