Buenos Aires, 11/12/2017, edición Nº 1853

Homenaje porteño por los diez años de la muerte de Johnny Ramone

Se cumplen 10 años de la muerte del genial guitarrista de The Ramones, una de las bandas punk con más seguidores en Argentina. (CABA) Era el Ramone “corte taza”. Fue conocido por su manera enérgica y veloz de tocar la guitarra (lo opuesto a quienes se jactaban de hacer virtuosos punteos), su filiación republicana y conservadora (en una escena musical más cercana al nihilismo o el anarquismo) y por haber...

Se cumplen 10 años de la muerte del genial guitarrista de The Ramones, una de las bandas punk con más seguidores en Argentina.

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(CABA) Era el Ramone “corte taza”. Fue conocido por su manera enérgica y veloz de tocar la guitarra (lo opuesto a quienes se jactaban de hacer virtuosos punteos), su filiación republicana y conservadora (en una escena musical más cercana al nihilismo o el anarquismo) y por haber formado parte de The Ramones, la banda que sentó –sin proponérselo– las bases musicales e ideológicas del punk-rock. Se hacía llamar Johnny Ramone (John Cummings, su nombre real) y de su muerte se cumplen hoy cinco años.

Mis artistas favoritos siempre fueron Elvis, los Beatles y los Beach Boys. Y lo siguen siendo“, solía decir para dejar en claro (por si hacía falta) la filiación de su banda, los más superficiales y apolíticos del punk. Y también los más divertidos y durareros: pese a no haber podido mantener el mismo éxito de sus inicios (cuando colmaron de hits las habitaciones adolescentes de Estados Unidos y Europa; a Latinoamérica llegarían más tarde), no cesaron de concretar una nutrida carrera discográfica que recién terminó en el ’96 (con multitudinaria visita a la Argentina incluida), cuando ya la gran polvareda de la bomba punk se había disipado hacía años.
Tal vez no vendimos siempre la máxima cantidad de discos, pero sí que dejamos una marca, ¿no?“, espetaba provocador, cuando algún periodista anglo le reprochaba los ocasionales bajones de una carrera que más allá de no correrse ni un ápice del imaginario punk-rock que ellos ayudaron a cristalizar, y que décadas después sigue pesando fuerte en cualquier banda de pibes que se juntan en una sala de ensayo barrial a probar el “¡one-two-three-four!” y arrancar con lo que salga. Un ideario punk que tuvo, por otra parte, mucho de concepto pop: tanto desde las tapas de los discos (icónicas por donde las mire), la estructura de sus canciones (estrofa, estribillo, estrofa) y la teoría de grupos que subyacía a la banda: Joey, el cantante pacifista y romántico; Dee Dee, el bajista y genio melódico; Marky Ramone, el baterista ex manager y propulsor obrero del ritmo; y por supuesto Johnny, el “facho” adusto y con cara de malo que le otorgaba la necesaria pizca de incorrección por derecha a la ya de por sí incorrección estética y política de la banda.

Soy consciente de que siempre tuve una imagen de un Ramone enojado y furioso. Por eso, cuando teníamos alguna sesión de fotos, trataba de que ese gesto apareciera, porque así era en la vida real“, reconocía muchos años después, a fines de los años ’90, cuando ya el cáncer de próstata que padecía (y terminaría quitándole la vida) lo había amansado. Y él, nostálgicamente, recordaba sus años más revoltosos. “Con el tiempo fui ablandando mi carácter“, reconocía, entre risas, respecto de su proverbial mal carácter pero sin arrepentirse de aquellos años en los cuales manejaba con mano de hierro las finanzas del grupo y asumía con una frialdad que asustaba su enemistad insalvable con Joey: Linda, su esposa hasta la muerte, había sido novia del cantante de los Ramones hasta que el guitarrista (se presume) metió la mano y se quedó con el premio mayor.

The KKK took my baby away” (o sea: “El Ku Klux Klan se llevó a mi chica”) fue una de las canciones que Joey le dedicó a su amor perdido y que, de todas formas, no provocó que ese entrañable cuarteto de inmaduros e inconscientes talentosos se separara: el punk-rock estaba primero. “Muchos grupos se consumen antes incluso de empezar a tocar. Por eso, siempre supe que el momento más importante de cualquier banda es ese instante en que salís al escenario con las luces rojas enfocadas directo a tu cara y das un gran show“, decía como consejo para mantenerse en pie, ya sea en el máximo estrellato o en la inevitable decadencia. Y así fue.

Fuente: Tiempo Argentino

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