Buenos Aires, 26/09/2017, edición Nº 1777

Historias de Buenos Aires: cuando quisieron tirar abajo el Obelisco

El símbolo porteño nació durante la Década Infame, en los ‘30, y estuvo a punto de ser demolido por orden del Consejo Deliberante.

Por Miguel Jurado

(CABA) Ahora le sacaron la punta y la depositaron en Avenida Figueroa Alcorta y Salguero, en la puerta del Malba, pero hace 76 años, lo querían tirar abajo. El Obelisco porteño siempre fue un juguete que nadie sabe para qué sirve y como no parece significar nada, cada tanto, a alguien se le ocurre hacerle algo nuevo.

En diciembre de 2005 apareció encapuchado con un forro gigante rosa chicle, para conmemorar el Día Mundial de la Lucha contra el Sida. Dos años después, lo cubrieron con una tela con los colores de Argentina y Alemania. Más de una vez fue arbolito de Navidad y varios intendentes lo usaron para campañas ambientales. Lo cierto es que este prodigio de 76 metros de altura, viril símbolo de la porteñidad, estuvo a punto de desaparecer cuando el Consejo Deliberante, muy opositor, votó, casi por unanimidad, demolerlo.

Es que en 1936, cuando se construyó el Obelisco, la Ciudad era otra y la situación, también. Ya había acontecido el primer golpe de Estado de nuestra historia y se había impuesto un régimen de democracia “limitada” (digamos, ficticia) en el que el radicalismo estaba proscripto.

Dicen que hacer un monumento en ese lugar fue idea del presidente conservador Agustín P. Justo para conmemorar los 400 años de la fundación de la Ciudad. Y coincidió con la apertura de la 9 de Julio, un proyecto que tenía años pero que empezó a cobrar forma a principios de la Década Infame.

El asunto es que el primer tramo de la avenida más ancha del mundo abarcó escasas 5 cuadras entre Bartolomé Mitre y Viamonte, y, en medio de la demolición, ¡zas! Apareció el Obelisco. Sí, apareció porque lo construyeron en dos meses. Es como si ahora, antes de terminar su mandato, Cristina construyera un obelisco de 70 metros en Plaza Congreso y lo vieras terminado en noviembre. Más o menos lo mismo.

Ojo, construirlo en dos meses era una proeza técnica inusual. Aún hoy sería una hazaña. Para colmo, por debajo del Obelisco pasan dos líneas de subte y el monumento está, literalmente, apoyado sobre 3 túneles.
Imaginate lo que fue cuando vieron que se alzaba tremenda aguja en un lugar tan apretado: los más ortodoxos se pusieron como “lacos”. Que era muy grande, que era muy feo, que era muy grasa. Para colmo, la construcción se hizo de prepo, sin consultar al Consejo Deliberante; fue una decisión del intendente y los representantes de la Ciudad se sentían un poquito ninguneados.

En general, en ese momento, a nadie le gustaba demasiado el Obelisco. Apenas unos pocos vanguardistas se atrevieron a defender la obra del arquitecto Alberto Prebisch, un verdadero innovador que había hecho de la arquitectura racionalista su credo.

Para los académicos, eso que se erguía en medio de una demolición gigantesca no era un obelisco. El obelisco clásico, inventado por los egipcios hace cinco mil años, era una piedra enorme tallada que se construía para conmemorar alguna batalla. Era una sola piedra y éste estaba hecho de hormigón y ladrillo. Además, el obelisco clásico tenía un basamento y cientos de inscripciones, y éste era lisito de arriba a abajo. Muchas diferencias para el paladar de la época.

Algunos sostenían argumentos estéticos y otros se afirmaban en críticas urbanas, como que el Obelisco cortaba las visuales desde las grandes avenidas, como Corrientes y Diagonal Norte, que era como un tapón. “Es un gigante metido en una taza”, decían.

Así es que, apenas le vieron la primera falla, lo quisieron demoler. Pasó que una noche de 1938: después de un acto público en la Plaza de la República, se cayeron algunas piedras del revestimiento. Y aunque no hubo víctimas, imaginate que una laja que se viene abajo de, ponele 60 metros de altura, pone nervioso a cualquiera. De ésa se agarraron los legisladores para concretar su venganza. Empezaron con que era un peligro, que se iba a venir abajo todo. En síntesis: que la única solución era demolerlo enterito. Propusieron, votaron y ganaron. Pero el intendente, rápido mandó sacar todas las piedras que lo revestían y hacerle el revoque pintado que tiene ahora. Además, encargó un peritaje que dejó en claro que el Obelisco no se caía ni a palos. Después, el mismo Presidente, entonces Roberto Ortiz, dijo que el monumento se quedaba ahí y los opositores tuvieron que cerrar la boca. No eran tiempos de demasiada democracia.

La intervención de Leandro Erlich que hizo desaparecer la punta del Obelisco se llama con acierto: “La democracia del símbolo“, en lugar de “El símbolo de la democracia”.

obelisco sin punta

Fuente: Clarín

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