Buenos Aires, 21/11/2017, edición Nº 1833

Héroes anónimos: realizaron colecta para Helenita frente al Zoo de Buenos Aires

Pese al calor de 30º, Viviana Grabovsky, su hija y Gustavo Rivadeneira decidieron organizar un evento frente a la puerta del Zoológico de Buenos Aires para recaudar dinero para Helenita Galbán. (CABA) A las cuatro de la tarde Viviana Grabovsky es una muñeca insolada. Está acostumbrada a los disfraces: dice que es payamédica y que basta una nariz roja y artificial para hacer feliz a un niño. Trabaja como administrativa...

Pese al calor de 30º, Viviana Grabovsky, su hija y Gustavo Rivadeneira decidieron organizar un evento frente a la puerta del Zoológico de Buenos Aires para recaudar dinero para Helenita Galbán.

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(CABA) A las cuatro de la tarde Viviana Grabovsky es una muñeca insolada. Está acostumbrada a los disfraces: dice que es payamédica y que basta una nariz roja y artificial para hacer feliz a un niño. Trabaja como administrativa y ayer, en su día de descanso, hizo monerías al sol cuando en Palermo la temperatura superaba los 30°. Ella y Sol, su hija, con Melina Appugliese y Gustavo Rivadeneira, instalaron una mesa junto al ingreso al Zoo de Buenos Aires. Son cuatro anónimos y parte del fenómeno solidario que impulsa Helenita Galbán, la beba de un año que padece una rara enfermedad y está en tratamiento en Estados Unidos.

La invitación de Viviana llegó por mail y decía así: “Te envío la info del evento del domingo. Va a haber globología, maquillaje artístico (…) Y cuatro urnas para que la gente deposite lo que pueda colaborar (…) porque la plata que se reunió es sólo para el trasplante y hay que costear el tratamiento”. Viviana llegó a las 9.30, se dibujó un corazón en la mejilla derecha y se puso un vestido estampado en rosa que terminaba en un volado de lunarcitos. El toque final fue purpurina en los párpados y unas plataformas. Viviana es una mujer bella, de esas a las que cuesta preguntarle cuántos años tiene. Gustavo llegó en bici desde Almagro y Melina tomó un tren desde Hurlingham. “¿Ves? Acá los chicos estamparon sus palmas y pusieron su nombre. Acá escribieron cositas. Todo se lo vamos a hacer llegar a Helenita”, avisa Viviana sentada en un cantero, derrumbada por el calor.

La historia de la beba es conocida: le diagnosticaron osteopetrosis, enfermedad degenerativa que ensancha y compacta sus huesos hasta comprimir los nervios de su cuerpo. De no detenerla, la nena perdería primero la audición y luego la vista. De no frenarla, moriría. Sus papás, Leonardo y Cecilia, se movieron rápido y con Red Solidaria iniciaron una campaña que fue récord. Primero juntaron los 900 mil dólares que costó tratarla en Estados Unidos, pero ese primer intento salió mal y volvieron a la carga, para a llegar a los 772 mil dólares que necesitaban para volver a costear el trasplante de médula en ese país.

¿Por qué Helenita despierta este fervor solidario? ¿Por qué juntar pesos y convertirlos en dólares cuando esa intervención puede hacerse en aquí y gratis? ¿Será, acaso, el uso del diminutivo como estrategia de marketing? ¿Qué es lo que conmueve? “Esa nena es un bombón –dice Viviana- y yo creo que por un hijo uno hace lo imposible, por eso estamos acá”. Agrega Melina: “Vos fijate que yo no soy mamá, pero me moviliza mucho. Yo creo que ser mamá debe ser eso”. Ella juntó casi 3 mil pesos para Helenita. Muestra los tickets del depósito: uno es de 1.050 pesos. Todo eso sucede mientras a unas cuadras, en la avenida Corrientes, amasan “la pizza más larga del mundo” para recaudar fondos para Asociación Síndrome Down República Argentina y mientras en la puerta del Zoo, los proteccionistas piden su cierre. “Sin clientes, no hay trata”, grita una mujer al megáfono. En Buenos Aires se puede hacer causa común con lo que uno crea justo.

De la gente nos sorprende la indiferencia de las mujeres. Van en actitud ‘5ta Avenida’”, observó Gustavo. Dice que los varones sí colaboran. Justo pasa una chica que empuja un carrito con un bebé: ha de esconder su puerperio detrás de los lentes oscuros, anchos. “Juntamos 1.647,75 pesos. Hay un billete de 100 y tres de 50. En monedas, hay cien”, detallará más tarde y al teléfono Viviana. Porque cuando logró salir del cantero esperó el 57 que la llevaría a Pilar, donde vive. Viajó parada, vestida –todavía– de muñeca.

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