Buenos Aires, 25/05/2017

Gustavo, un coleccionista que transformó en museo una vieja fábrica en Pompeya

Autos antiguos, publicidades, objetos de época y ambientaciones especiales hacen que el lugar, abierto hace 15 años, sea único.

(CABA) Mezclado entre casas bajas y viejas fábricas, un edificio de fachada rosada asoma en Nueva Pompeya. Parece como perdido en el vecindario. ¿Qué hace esa vieja carreta estacionada en el frente?, se preguntan los curiosos que, por casualidad, hallan este particular inmueble.

Sumergirse en el Museo Porteño Lo de Gustavo es volver atrás en el tiempo. Allí está su creador, Gustavo Fattori, para ser el guía de lo que describe como “una película con comienzo y final”. Da la bienvenida “Pedrito”, una de las principales figuras del colorido espacio; es un bebote de plástico que tiene 87 años y que pasa gran parte del día en la barbería. Sí, en la barbería, un espacio cuyos objetos rememoran a las añejas peluquerías.

Al inmueble, situado en la calle Corrales 1862, nada le queda de la abandonada fábrica que solía ser cuando Gustavo decidió instalarse en ese barrio para encarar este proyecto privado. Ahora es colorido. Mientras el paseo continúa a través de sus recovecos, de fondo se oye un tango. El sonido es especial; proviene de un antiquísima vitrola que funciona a la perfección en el entrepiso. “Cada 20 centímetros la gente descubre una curiosidad”, destaca Fattori mientras señala el envase original de la loción “7 brujas”.

En el hall central del museo hay automóviles de época. Forman parte de la colección del anfitrión y fueron restaurados por él mismo. De hecho, esos vehículos fueron el motor que originó este espacio. Una de las estrellas es la autobomba de fines del siglo XIX. No hay chico, sobre todo en las visitas de grupos de alumnos, que no quiera tomarse una foto con este particular rodado, dice el anfitrión. Llama la atención el auto “escarabajo” colgado de una de las paredes. Está allí desde que el lugar comenzó a cobrar vida.

Allá por 2001, con la crisis social y económica presente en el país, Fattori pensó qué haría con esos autos; se negaba a desprenderse de ellos. “Decidí atrincherarme acá y armar este lugar para conservar parte de nuestra cultura. Elegí este barrio porque me parece bien porteño”, cuenta el expresivo hombre al diario La Nación. Algunos de los objetos los consiguió él; otros, fueron donados.

El espacio genera distintas emociones de acuerdo con el gusto del visitante. Pero no hay suficiente tiempo para transcurrir por cada uno de los sentimientos. Mientras surge la nostalgia por una vieja máquina de coser Singer que usaba la abuela, centímetros más adelante una mueca de alegría se exterioriza cuando se descubren las expendedoras de boletos que solían utilizar los colectiveros.

“Todos los objetos cobran vida”, asegura el coleccionista y hace correr la ficha de un reloj mecánico de taxi. Con ese entusiasmo prueba las vitrolas que dejan en el ambiente el típico sonido de los discos de pasta.

También se pueden encontrar juguetes que ya no se fabrican. “¿Conocías la cupecita?”, pregunta Fattori, exaltado como si fuera un niño. Tiene en sus manos un pequeño auto de plástico con la particularidad que hay masilla pegada en su parte inferior. Dice el hombre, guiño mediante: “Con esto, el autito se volvía más rápido para jugar en las calles”.

Doscientos treinta y siete años tiene el objeto más viejo que hay en el museo: se trata de un reloj de pared con engranajes de madera. Pero hay algo que Gustavo aún no consiguió y desearía poder exponerlo. “Me falta encontrar un caballito de madera de esos que estaban en las calesitas… Es la historia de nuestra niñez”, detalla, entre suspiros.

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