Buenos Aires, 20/10/2017, edición Nº 1801

Guillermo Roux, el artista que pinta su propia piscina

El pintor saca a flote recuerdos y su propio cuerpo mientras llena de arte su piscina

(CABA) Guillermo Roux tiene cuarenta años y se mueve ágil dentro de una pileta. Es la misma del jardín de la casa que habita hoy, en Martínez, pero el sol en la película parece amarillento, algo apagado. Los colores se han lavado con los años. Ese hombre parece ser otro, más ligero, con movimientos rápidos, divertido. Pinta una sirena dentro de la pileta vacía en unas pocas horas a lo largo de dos jornadas. Pantalón arremangado, camisa, sombrero de paja, transmite vitalidad, alegría, libertad… “¿Viste el pelo negro de Franca?”, dice Roux. La pileta se llena de agua y de colores y hay risas alrededor, chicos y grandes chapoteando. Ahí se los ve a Alejandra y a Roberto, sus hijos, como un par de chicos desgarbados. Otro mundo, otras personas.

Él va todos los días a un club donde hace ejercicios acuáticos para recuperar la movilidad. Disfruta ese ritual que termina con el cuerpo rendido a la ingravidez del agua, donde se deja flotar. Pero el recuerdo de la pileta de su jardín lo deja inquieto. “Hay que hacer algo”, murmura. Espera. Piensa. A los diez días lo anuncia: “Voy a hacer una cara”. Franca se enciende: “Quizás una cabeza, grandes ojos, pelirroja como las venecianas”. Los invade una energía que ellos conocen, ese hormigueo que sienten antes de crear. Se embarcan en la genial iniciativa de repetir la diversión de la pintura al aire libre,  y volverla hazaña al filo de la centuria. Roux tiene 86 y Franca, 90 años.

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El primer día, atan una carbonilla a la punta de una caña para poder dibujar sentado desde la silla de ruedas. La comanda Jorge Salmini, su ladero de siempre, el mismo que lo acompaña al club todos los días. Marca un contorno. Ve que puede. Entonces ata pinceles de brocha media y empieza a mezclar colores. Va apareciendo la cabeza de una mujer de labios pequeños y melena roja.

“Es un poco complicado. Me duele el hombro. Me tiembla un poco el pulso. Pero me gusta la dificultad. Son esos momentos en que me siento bien, con un poco de energía que tenía escondida y de pronto salió. Un brote de entusiasmo juvenil”, dice.

Franca consigue la pintura, que recibe especialmente de la Fábrica Revesta, y busca los tonos que pide el artista. Un vecino, el fotógrafo Gerardo Korn, se une al grupo para registrar el proceso. Y yo, periodista y su biógrafa, paso todas las semanas a ver el progreso de la pintura y del artista: cada vez lo encuentro más entusiasmado.

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El pintor ya puede moverse de pie, con andador, y empuña el bastón como un triunfo para distancias cortas. Se lo ve contento, satisfecho con esa fiebre de trabajo, que es lo que más le gusta. Pinta al final los escalones de la pileta, que es el único rincón que queda libre. “Mari, la señora que nos cuida, me señala que falta algo: el gato. Entonces hago uno egipcio, con la misión de cuidar a la Diosa”, cuenta. Paladea el grato regusto de la tarea terminada. Para la última jornada de pintura, hace unas pocas semanas, ya ha llegado el frío. Se hacen los últimos retoques, se encienden las nuevas luces instaladas para disfrutar mejor de la obra y se descorcha una botella para celebrar. NT

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