Buenos Aires, 24/10/2017, edición Nº 1805

Gral. Alvear: un pueblo que vive alterado y atemorizado por la fuga

Los vecinos de la cárcel no se sorprendieron por el escape y confesaron que viven con temor; es una localidad de 15.000 habitantes, a 250 kilómetros de Buenos Aires.

(PBA) “Ahora, el drama está afuera.” Como si la misteriosa fuga de los condenados por el triple crimen fuera un capítulo más de una novela policial tragicómica, uno de los empleados de la Unidad Penal N° 30 de máxima seguridad de la localidad bonaerense de General Alvear levantaba los hombros y deslizaba las comisuras de la boca para abajo ante la pregunta sobre cómo se vivieron dentro del predio las primeras 48 horas tras el escape que generó un sismo político en el Gobierno. “Adentro está todo igual. Ahora hay que ver qué pasa afuera”, agregó.

Inmenso, imponente e invulnerable. Ésa es la imagen que transmite el penal a simple vista. Ubicado en una zona descampada, a unos 250 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, la estructura fortificada está rodeada de calles de tierra, un cementerio y viviendas sociales en construcción.

A unas pocas cuadras está el barrio de casas bajas y clase media Villa Belgrano. Caminar por algunas de sus pocas manzanas es suficiente para conocer un pueblo quedado en el tiempo, donde aún hay gente sentada en la vereda que, mate en mano, saluda a cada persona que pase por ahí, ya sea un histórico vecino o un completo desconocido. Esa confianza se rompe inmediatamente cuando se les pregunta por su identidad. En los diálogos que mantuvo con los vecinos, ninguno quiso dar su nombre por temor a sufrir algún tipo de represalia. “Acá te conocen bien”, repetían una y otra vez. Esas represalias, dijeron, pueden ser laborales, pues una buena parte del barrio trabaja en la Unidad.

Sin embargo, bajo el anonimato, los vecinos accedieron a compartir su opinión. La mayoría admitió que la localidad -de unos 15.000 habitantes- quedó conmocionada tras conocerse la noticia de la fuga, aunque no es la primera vez que pasa. “Hace poco se fugaron dos, pero los agarraron enseguida porque se habían venido para el barrio”, relató un joven de no más de veinte años mientras doblaba las cajas de cartón hexagonales de la pizzería donde trabaja. Entre risas, también afirmó que aquella fuga “estuvo bien hecha” porque los presos “estuvieron bien preparados para escapar”. Por el contrario, sostuvo que “a éstos [por los hermanos Christian y Martín Lanatta y Víctor Schillaci] los ayudaron desde adentro porque salieron por la puerta”.

El predio, según comentó el empleado penitenciario, tiene una sola salida. Con una garita en el medio y un espacio para que pasen los autos a cada lado, las puertas de ingreso están hechas de enormes barandas plateadas con unos quince centímetros de espacio entre ellas. La estructura es vigilada desde un domo de seguridad. Ese retén está separado por al menos cien metros del ingreso directo al penal, cuyas celdas están rodeadas de un enorme paredón de unos veinte metros de altura, por donde caminan algunos efectivos de seguridad con las camisas entreabiertas. Se molestaron ante la presencia de la prensa. “Rajen de acá, circulen”, gritaron dos agentes desde una de las torres de seguridad distribuidas en la muralla.

Entre el paredón y las calles, en tanto, hay otros cien metros de pasto separados de la vía pública por rejas con alambre de púas en la parte superior. Detrás de ese alambre tejido, un caballo negro con el hocico blanco galopaba a toda velocidad. Si no hubiera estado en pleno territorio penitenciario, se lo habría confundido sin dudas con un caballo salvaje.

Para la mayoría de los vecinos de Villa Belgrano, lo que pasó roza lo absurdo y lo cómico. Un hombre montado en un caballo y acompañado por una yegua fue hasta la calle de tierra donde los fugados dejaron el Fiat 128 blanco que supuestamente robaron para escaparse. Apenas unos metros de allí, un vecino en cuero de unos 60 años que llegaba a su casa se mofó del “gigantesco” operativo “lleno de autos” que desplegó en el lugar la policía hacia las 11 de la mañana del domingo, cuando encontraron el vehículo, ya vacío.

Para los vecinos del barrio Belgrano, vivir cerca de un penal de máxima seguridad no significa absolutamente nada para su propia seguridad. Irónico, sí. Según ellos, por la llegada de la unidad, en 2000, ya no viven sin preocupaciones por los robos como antes. “Hasta que construyeron el penal, hará unos quince años, había seguridad acá”, se lamentó la dueña de un almacén, cerca de la plaza central del barrio. Y agregó: “Se podía dormir con la puerta abierta. ¿Querés hacer eso ahora? Vení y contame mañana a ver si te quedó algo en la casa”. La mujer, entrada en años, negaba con la cabeza, con una sonrisa tímida.

Enseguida, dio por terminada la conversación al darle la espalda al mostrador, correr con el brazo una cortina de plástico y meterse en el depósito. Ya fuera de vista, al paso, concluyó: “Ya está, están ahí y le dieron trabajo a mucha gente, pero acá ya no vivimos tranquilos”.

“Tenemos mucho miedo”

Rosa Cristiano, la madre de Damián Ferrón, una de las víctimas del triple crimen junto a Leopoldo Bina y a Sebastián Forza, reconoció ayer que tiene “mucho miedo” por el escape de los autores de la muerte de su hijo. “Uno presiente que esto estuvo todo armado, le facilitaron todo a esta gente. No sé cómo vamos a vivir con estas personas en la calle. Es preocupante”, dijo Rosa Cristiano en Cadena 3 de Córdoba. DD

Fuente: La Nación 

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