Buenos Aires, 12/12/2017, edición Nº 1854

Galeano recupera en 365 relatos “las voces que no se oyen”

En “Los hijos de los días”, el escritor uruguayo Eduardo Galeano emprende nuevamente el “largo proceso para que las palabras digan lo que tienen que decir”, a través de una personal efeméride, 365 relatos brevísimos de hechos mínimos e históricos que recuperan “las voces de los que tienen voz, pero que no se oyen”. James Watt, el escocés precursor de la máquina de vapor con sus inventos; Nazim Hikmet, el...

En “Los hijos de los días”, el escritor uruguayo Eduardo Galeano emprende nuevamente el “largo proceso para que las palabras digan lo que tienen que decir”, a través de una personal efeméride, 365 relatos brevísimos de hechos mínimos e históricos que recuperan “las voces de los que tienen voz, pero que no se oyen”.

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James Watt, el escocés precursor de la máquina de vapor con sus inventos; Nazim Hikmet, el poeta reconocido turco 50 años después de muerto en el exilio; o Soledad Barrett Viedma, revolucionaria paraguaya fusilada en Brasil durante la dictadura; son algunas voces que pueblan las páginas del libro editado por Siglo XXI.

Opresores y oprimidos, belleza, goce, solidaridad, demonización, los intereses de Galeano vuelven en estas páginas en forma de un calendario que amplifica el sonido de las ideas y palabras que él considera “merecedoras de ser rescatadas del silenciamiento”.

En la cita inicial, extractada del Génesis según los mayas, se lee: “Y los días se echaron a caminar./ Y ellos, los días, nos hicieron./ Y así fuimos nacidos nosotros,/ los hijos de los días,/ los averiguadores,/ los buscadores de la vida”.

“Historias que recibo, devuelvo, encuentro o me encuentran a mí de manera misteriosa -reseña el escritor en diálogo con Télam-, durante mis caminatas por la rambla de Montevideo son ellas las que me dan golpecitos en la espalda y me piden que las cuente”.

El escritor explica que “las voces e imágenes que merecen ser escuchadas y vistas suelen ser las más silenciadas y escondidas por el poder, no porque el poder sea el malo de la película, sino porque el mundo está organizado de tal manera que todos estamos pero figuran pocos”.

Y este libro es uno de los espacios de poder que su oficio le otorga, donde transmite no sólo lo que profundamente siente y piensa, sino esas voces que le dicen “cosas que vale la pena contagiar”.

Relatos de gente que alguna vez conoció, “archivos que la memoria guarda sin que uno lo sepa”, dice, mientras trae del recuerdo a la madre de un viejo amigo, “una mujer negra y analfabeta que solía escuchar porque era muy sabia”.

Un día, rememora el escritor, “hablábamos con mi amigo sobre la egolatría de los escritores, decíamos que expertos zoológicos nos reservarían la jaula de los pavos reales, mientras escuchamos una voz suavecita que dice `pobrecita la gente que vive midiéndose`”.

“Esa frase que nunca escribí pero escuché y quedó guardada en mi memoria, es un buen ejemplo de los que tienen voces que no se oyen y vale la pena escuchar, porque es crítica muy honda a la sociedad competitiva de nuestro tiempo que nos enseña que el prójimo es un enemigo”, postula.

Esto, asevera, “hizo que sobre todo en los últimos libros quiera redescubrir el arco iris humano, cuyos colores son muchísimo más bellos, fulgurantes y múltiples que los del arco iris celeste” y “recuperar el vínculo con el otro, sintiendo al prójimo como una promesa” y no como “la amenaza propuesta por la estructura internacional del miedo”.

“Estoy cansado pero contento”, dice Galeano, se refiere a la presentación de “Los hijos de los días” el fin de semana último en la Feria del Libro de Buenos Aires adonde asistieron cerca de tres mil personas.

“Había mucha vibra, mucha electricidad, lo que pasa es que colaboraron mucho los micrófonos -bromea-, me mejoraron la prosa, limpiaban todo, sacaban los adjetivos que sobraban. Impresionante el progreso tecnológico”.

Télam:- ¿Peleado con la tecnología?

Galeano:- Me llevo bastante mal con las máquinas en general, no nos entendemos y como ellas saben que no las quiero me tratan mal, hacen cosas que no deberían, como la computadora mía, que bebe de noche si no la miro y al día siguiente hace disparates.

Pero las máquinas son muy útiles, lo que pasa es que en estos días nuestros somos máquinas de nuestras máquinas y estamos al servicio de los aparatos que inventamos para que nos sirvan.

Si el automóvil nos maneja, la computadora nos programa o los shoppings nos compran es responsabilidad nuestra, las máquinas hacen lo que pueden, hasta se enferman y tienen virus, a medida que nos deshumanizamos ellas se humanizan.

T:- ¿Y a la hora de escribir?

G:- Escribo a mano, sólo en la etapa final utilizo la computadora para pasar en limpio textos que a su vez sigo reescribiendo una y otra vez.

Todo lo anterior lo hago a mano para ser fiel al consejo que una vez me dio Juan Carlos Onetti, que era muy mentiroso e invocaba fuentes prestigiosas para que sus palabras tuvieran otra grandeza.

El decía que había un proverbio chino que decía que las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio. No era chino el proverbio, era de él, pero está muy bueno.

Once versiones tuvo “Los hijos de los días” antes de su edición final, lo comenzó hace cuatro años y medio mientras terminaba con “Espejos”: “Les voy quitando la grasa para que quede pura carne y puro hueso”, explicó el escritor.

G:- El oficio de escribir implica un desafío peliagudo porque el silencio muchas veces es un lenguaje más hondo que todas las palabras juntas.

Y en la búsqueda de esa hazaña que es encontrar una palabra que sea mejor que el silencio, siento el mismo pánico que la primera vez que me puse a escribir.

Pero eso quiere decir que no me jubilé, que estoy vivo, yo y el oficio. Es un trabajo muy fuerte, no viene gratis. Esta idea de la inspiración funciona hasta cierto punto, ahí es cuando cuento que una historia te toca la espalda y te dice `contame que valgo la pena`, pero después, como decía el viejo William Faulkner, `lo demás es transpiración”.

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