Buenos Aires, 22/09/2017, edición Nº 1773

Fuerte debate para elegir entre comida orgánica e industrial

Cada vez más médicos afirman que los productos elaborados a escala masiva son tan sanos como los que dicen ser ecológicos u orgánicos.

(CABA) Comida natural, orgánica, ecológica. Que es más sana, que es mejor, que cuida el planeta. El mensaje circula, las ferias proliferan, los seguidores aumentan. En la vereda de enfrente, los grandes productores, la industria, defendiendo los transgénicos y la tecnología aplicada a la alimentación. En el medio, la gente que quiere comer sano pero no sabe si vale la pena gastar más en comida orgánica o si estará bien la común, temida porque muchos la presentan como veneno. Ni una cosa ni la otra. Como en todo, dicen los nutricionistas, lo ideal es mantener el eje y el equilibrio, estar informado y leer las etiquetas.

Para colmo, esta semana llegó al país José Miguel Mulet –doctor en bioquímica y biología molecular de la Universidad de Valencia– para presentar su último libro, “Comer sin miedo”, plagado de frases ruidosas y provocadoras del tipo “La comida natural no existe. Todo lo que comemos es artificial”. “La tendencia de volver a la comida natural no es más que un capricho de quienes tienen la heladera llena…”.

Sus ideas son polémicas pero muchas son ciertas. Nos enfrentamos a una gran tendencia de volver a lo natural, que carece en muchos casos de fundamento. Hay un exceso de miedo a lo ‘tecnológico’ y se le miente a la gente dándoles productos que son tan artificiales como los otros pero cambiándoles el formato o el mensaje”, explica Raúl Sandro Murray, presidente de la Sociedad Argentina de Nutrición.

comida-sana1

No es que la comida haya empeorado sino que la tecnología no siempre ha sido aplicada adecuadamente. Y si bien tenemos ley de agroquímicos, ¿por qué no se controla lo reglamentado? Pero si no contáramos con los avances tecnológicos no sería posible alimentar al mundo –sostiene Mónica Katz, especialista en nutrición–. Que un alimento se haya cultivado gracias a algún pesticida o herbicida, que una harina esté generada por la molienda del endospermo de un cereal y no sea integral, no significa que no sea natural”.

Dice Mulet sobre los conservantes: “Gracias a ellos tenemos a raya enfermedades como la salmonelosis, el botulismo y la brucelosis”. Katz acuerda: “Absolutamente de acuerdo. Los fundamentalistas olvidan que gracias a los conservantes se evitan miles de muertes por enfermedades infecciosas, pero asistimos a una ‘quimiofobia’, un temor mórbido a todo lo agregado”. “Los conservantes se usan para producir alimentos más seguros,  previniendo la acción nociva de microorganismos cuando se deterioran. Algunos de estos organismos segregan sustancias tóxicas peligrosas que pueden llegar a ser mortales. Para que los conservantes contribuyan a mejorar la seguridad de los alimentos, su uso está sujeto a una evaluación de inocuidad y a un procedimiento de autorización antes de su comercialización”, explica Marcela Leal, directora de la carrera de Nutrición de la Universidad Maimónides.

Hasta ahí, cierto acuerdo. El problema está con los transgénicos. “No hay ningún argumento científico, social ni económico que pueda hacer estar en contra de los transgénicos”, dispara Mulet. Ni hablar del herbicida más popular del mundo, el glifosato. “Los estudios sobre los presuntos peligros del glifosato rozan lo patético”, dice Mulet. Pero en marzo, la Organización Mundial de la Salud lo incluyó en una lista de posibles cancerígenos. Y entre las múltiples denuncias por fumigar zonas urbanas, hay una condena concreta. En 2012, un productor agropecuario y un aerofumigador fueron condenados a tres años de prisión por contaminar y afectar la salud de la población por una  denuncia penal de las “Madres de Ituzaingó”, ya que sus hijos se enfermaban de cáncer y sufrían malformaciones: sobre 142 chicos del barrio cordobés, a 114 se le detectó contaminación con agroquímicos.

Fuente: Mariana Iglesias-diario Clarín.

Comentarios

Ingresa tu comentario