Buenos Aires, 11/12/2017, edición Nº 1853

Fobia a los smartphones: resistirse a la nueva tecnología

(CABA) Se los puede rotular de románticos y muchos de ellos lo son. Pertenecen al grupo de personas que necesita imprimir fotos digitales como si el rollo no fuera demodé y que no concibe disfrutar películas y series cuando son proyectadas en un monitor en lugar de un televisor. Son cuantiosos los miembros de la resistencia y están encabezados por aquellos que no quieren de ningún modo comprarse un teléfono inteligente,...

(CABA) Se los puede rotular de románticos y muchos de ellos lo son. Pertenecen al grupo de personas que necesita imprimir fotos digitales como si el rollo no fuera demodé y que no concibe disfrutar películas y series cuando son proyectadas en un monitor en lugar de un televisor. Son cuantiosos los miembros de la resistencia y están encabezados por aquellos que no quieren de ningún modo comprarse un teléfono inteligente, y aun por los que probaron y desistieron, aunque eso les insuma más gastos mensuales por la cantidad de las llamadas que efectúan desde su celular tradicional.

No tener un smartphone no es rechazar la tecnología“, sostiene Mónica Salatino. Periodista de 63 años, que mantiene hace muchos y en perfecto estado un teléfono celular que sólo sirve para lo que fueron creados los teléfonos: llamar y recibir llamadas, a lo sumo enviar y recibir mensajes de texto. “De los que funcionan a kerosene“, bromea, pero defiende su decisión: “Estoy en contra de que la tecnología deje de ser un medio para ser un fin. La posibilidad de comunicarse se transformó en un fetiche“, dice.
Mónica recuerda gustosa cuando la aparición del correo electrónico le facilitó su trabajo como freelancer y le permitió dejar de lado el ahora extinto diskette, que hasta entonces era clave para llevar sus notas en las redacciones, y que demandaba que dicha entrega se concretara en persona. Lo cuenta como otro argumento para transmitir que no tiene problemas con el avance de la tecnología sino con lo que llama “una relación alienante” con el teléfono. “Hay gente que habla con vos y está operando con el celular, como antes hacían los japoneses con las cámaras de fotos en lugares turísticos. En el colectivo, el 80% de la gente viaja metida en su celular. Si eso es la comunicación, no sé qué es la comunicación“, sentencia Salatino.
Menos de un 10% de los celulares nuevos que se venden en el mercado son básicos y están en vías de extinción (ver aparte). Sin embargo, siguen existiendo usuarios que van directo a buscarlos, haciendo cintura para no caer en los teléfonos inteligentes, a pesar de que, en muchos casos, eso implique perderse encuentros con grupos de amigos, que suelen acordarse a través de redes sociales o el chat de WhatsApp.
Lola Carew tiene 20 años y sus amigas dicen que su vida es “un tanto hippie“. Por eso o por una declaración de principios –o tal vez por ambas cosas–, considera que “si no hay necesidad de estar todo el tiempo conectado, no tiene sentido comprarse un teléfono con tantas aplicaciones“.
Es estudiante de Letras, trabaja vendiendo artesanías y de ninguna manera contempla que alguien pueda comprarse un teléfono inteligente sólo por placer. “Después están todo el día metidos en el celular“, coincide con Mónica.
El psicoanalista Alberto Álvarez, miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), entiende que “esa saturación de información y de comunicación, para algunas personas requiere ciertos límites“, pero además advierte: “Los cambios tecnológicos son cada vez más rápidos, van a mucha velocidad, muy acelerados. Y hay mucha gente que no quiere correr detrás de todo lo nuevo.” Incluso, como cita el profesional, hay quienes corren detrás de lo nuevo, se dan cuenta de que no están al mismo ritmo, y se arrepienten.
Cada uno puede tener su resistencia a tomar o no los cambios tecnológicos. Eso permite mantener cierta individualidad. La resistencia no es siempre negativa. En este caso, permite preservar ciertas cuestiones para cada uno“, analiza Álvarez.
Esa necesidad de preservarse es la que ha llevado a muchos que ya lo habían probado a desembarazarse de los celulares inteligentes. La hiperconectividad, el mail a toda hora, las ofertas, las musiquitas y ruiditos que se multiplican (uno para el mail, otro para el WhatsApp y así) y la localización geográfica permanente, entre otras monstruosidades del smartphone, aseguran, los distraen de las cosas más simples, más básicas y necesarias.
Le sucedió a Ariel Marcelo Tacconni, que aún no cumple 40 años y se hartó del smartphone. Recientemente separado y con dos hijos, la mayor, Sofía, veía con malos ojos que él respondiera al chat antes que a sus pedidos –en una época, la de la separación, ardua para ella y su hermanita, y de exigencia de atención intensa–. “Dejé de usarlo y volví al viejo y buen celular que tenía antes. No sólo por tranquilidad mental. Estaba cansado de que me llegaran mails a cualquier hora, y de saltar de miedo, o de inquietud, con cada ruido del smart. Me di cuenta de que sólo precisaba un número, mensajes de texto, reloj y despertador. Y punto. Encima, con el que antes usaba, redescubro una virtud que había olvidado: la gran autonomía. Lo cargo dos horas y lo uso toda la semana.” Además, Ariel es diseñador y se queja de la monotonía cromática de los nuevos teléfonos. “Por lo menos hasta que se masifiquen, los viejos modelos tienen más variedad, con o sin tapita, más o menos largos o anchos, más colores… Me gustan más.

 

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