Buenos Aires, 23/05/2017

Flores, el barrio de los siete mundos

Judith Savloff, periodista de Clarín, arma un recorrido este barrio que alberga todo tipo de escenarios y que siempre tuvo mucha historia

(CABA) Hay barrios en los que caben mundos. Como Flores. “Están: el centro; la zona VIP o de las ex casas municipales; la de la Autopista; la de la villa 1-11-14; la del sur, vecina de la anterior, con humildes progresos; la de las vías, donde conviven edificios y casas tomadas, y el norte, invadido por el centro comercial Avellaneda, con talleres de costura clandestinos y prostitución”.

Lo dice Roberto D’Anna, vecino, periodista, coleccionista, autor de los libros San José de Flores, el barrio de los locos (2008) y Vivir en una casa municipal del barrio de Flores (2009) y director del periódico local Flores de Papel desde 1999.

Existen esos “siete Flores” -sobre los que D’ Anna también escribió- sin incluir, por ejemplo, el cementerio o la ruta del Papa Francisco –Jorge Bergoglio nació y se crió en el lugar–, “por el que somos ‘GPS’ en buena parte del planeta”, agrega.

Entonces, ¿qué visitar? ¿Por dónde arrancar? ¿Vorágine? ¿Relax? Dada la diversidad, mejor combinar. La plaza Flores. La Basílica (1883). Y los murales pintados por maestros en la cúpula de la galería San José (1956). Naturaleza y trajín, junto con historia, arte y fe.

A pocas cuadras, el ritmo se desacelera. Aparecen las calles tranquilas de las ex casas municipales. Esas construcciones sobrias, con ventanitas de cuento, contenidas entre los árboles, que se daban a crédito a los empleados del sector a partir de la década de 1920. Algunas son austeras todavía. Otras fueron remodeladas hasta desdibujarlas. Y quedan chalets –diseñados en aquella época para cargos altos–, como el que habitó el poeta Baldomero Fernández Moreno.

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Es obvio que en ese espacio, entre pasajes donde se oyen los pájaros, es más fácil evocar las quintas, los caballos, el bosque de eucaliptos y el “molino de viento” oxidado sobre el que escribió Roberto Arlt, también vecino, para criticar el “progreso” que los iba borrando.

Posible recorrido:

​1) Corazón agitado

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El terreno de la plaza Flores fue potrero y parada de carretas, yuntas de bueyes y galeras. También, campo de fusilamiento y centro de operaciones de la Confederación contra Rosas en 1852. Después, lo parquizaron. En 1862 -segun fuentes del Gobierno porteño- pusieron una calesita, pionera en la Ciudad. Y en 1894 le dieron su nombre formal: Plaza Juan Martín de Pueyrredón (1777-1850), por el comandante en jefe del Ejército del Norte, miembro del Primer Triunvirato, diputado del Congreso de Tucumán que declaró la Independencia y Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Lo homenajea un monumento, que hizo Rafael Hernández en 1911. ¿Qué más mirar? El mástil (1937), de 25 metros de alto, con frisos de bronce esculpidos por Luis Perlotti, que custodia la Asociación Patriótica San José de Flores. En Rivadavia, Yerbal, Fray Rodríguez y Artigas.

2) Arte en el cielo

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Las vidrieras quedarán para después. Apenas se entra a la galería San José de Flores, mejor levantar la mirada. Por un buen rato. Ahí están el campo y el puerto, como muestras de fraternidad entre pueblos, pintados por Juan Carlos Castagnino. La Pachamama y gente de Flores, según Enrique Policastro. El poeta Baldomero Fernández Moreno -ex vecino- entre símbolos de educación, libertad, trabajo y otros valores, retratado por Demetrio Urruchúa. Y toda la composición enlazada en la mente del maestro Lino E. Spilimbergo. Los murales que forman Motivos alegóricos fueron creados por esos referentes del realismo social en 1956, cuando abrió la galería. Los restauraron en 2002. En Rivadavia 6855.

3) La iglesia de Francisco

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El actual edificio fue inaugurado en 1883. Trabajaron los arquitectos italianos Benito Panunzi y Emilio Lombardo, y Andrés Simonazzi y Tomás Allegrini. Tiene, principalmente, influencias grecorromanas. En la fachada, columnas estilo corintias y, arriba, representaciones de los doce apóstoles, típicas de los templos católicos de la capital italiana. En 1912, la iglesia fue consagrada como basílica. En el Ente de Turismo porteño recuerdan que fue la iglesia de la infancia y adolescencia de Francisco, “el Papa de Flores”. Y que “aquí, a los 17 años, decidió consagrar su vida a Dios”. En Rivadavia 6950. Más información en la página web de la basílica.

4) La casa de Baldomero

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En esta casa, diseñada en la década de 1920 para empleados municipales jerárquicos, vivió el poeta Baldomero Fernández Moreno, autor de “Setenta balcones y ninguna flor”, desde 1938 hasta que murió, en el 50. La compró con $ 20.000 que recibió como premio por su obra. Al lado, hay una construcción gemela, otra de las ex casas municipales top, reformada. A la del escritor, en 1996, la declararon “monumento histórico artístico”. En Bilbao 2384, es un oasis. Plena calma.

5) Picada en La Farmacia

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Es bar notable. Pero entre 1910 y fines de los 90, funcionó la farmacia Santa Elena. Y quedaron huellas. Frascos. La cabecita con alfileres que fue emblema de un analgésico. Afiches antiguos. A comiezos de 2000, Lucas Vidal, nieto del último dueño, apoyado por la familia entera, recuperó el negocio, con el nuevo rubro. ¿Qué comer? Hugo Ramírez, el encargado, no duda: picadas. Media (con longaniza calabresa, matambre casero y berenjenas en escabeche, además de fiambres y quesos) vale $ 115. Y la combinada con cazuela (con rabas, milanesa de muzzarela, pollo al puerro, lomo a la mostaza, salchichitas alemanas con mostazay miel, hongos salteados y quesos y fiambres), $ 328. Se puede compartir hasta entre seis y como se prepara en el momento, tarda un rato en llegar a la mesa. En Directorio 2398. NT

 

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