Buenos Aires, 19/10/2017, edición Nº 1800

El extraño interrogatorio al que sometieron a Carlos Gesell

A principio de mes se cumplió otro aniversario del fallecimiento del fundador de la ciudad y te contamos sobre el extraño interrogatorio al que lo sometieron

(PBA) Carlos Gesell falleció el 6 de junio de 1979 mientras dormía en una cama del Hospital Alemán de Buenos Aires, donde había sido internado a causa de un edema pulmonar. Si bien el cuadro era delicado, su optimismo sobre la situación eran tan alentador que convencía a sus allegados de un desenlace positivo, tal como luego contó Marta Soria en el libro “Carlos Gesell, mi abuelo”.

La muerte, tarde o temprano, siempre llega, aunque el único momento que encontró para doblegar a este hombre de incomparable vitalidad fue durante su sueño nocturno. Logró, de ese modo, lo que no pudieron las arenas infértiles de la costa atlántica, las violentas sudestadas de invierno, los escépticos que se reían de sus proyectos, las decenas de burócratas del Estado con los que debió lidiar para lograr reconocimiento institucional y el grupo de letrados y científicos que lo juzgaron por una demanda de insania. Esto último, como bien se sabe, encierra una de las historias más polémicas y controversiales que rodearon a Carlos Gesell.

Ocurrió en el final de vida, cuando algunos de sus hijos impulsaron ese proceso legal. “En sus últimos años, muchos se aprovechaban de él, por eso queríamos que hubiera alguien al lado de papá cuando firmaba papeles”, argumentó Rosemarie Gesell en “El viejo Gesell”, el libro Guillermo Saccomanno. Páginas más adelante, Roberto Soria manifestó su disidencia con aquella decisión, sosteniendo que don Carlos “no se mereció ese juicio”.

Soria trabajó en la Administración Gesell y era marido de Juana, quien no dudó en analizar que ese juicio “fue lo que lo mató”. Ella resultó ser la única hija que se opuso a la demanda judicial, que expuso a su padre a un interrogatorio de 88 preguntas, la misma cantidad de años que él tenía en aquel entonces. Le consultaron sobre sus proyectos e inventos. Buscaron locura donde sólo había inventiva, sueños y genialidad.

El grupo de especialistas comprendió que no estaba insano, sino simplemente viejo, como cualquiera que llega a esa edad. Viejo, claro, pero también vivo: poco antes había comprado un campo en Río Negro. Todavía le quedaba cuerda para varias ideas más. La única locura fue la de quienes lo sometieron a esa experiencia. Sólo la muerte le puso freno a su iniciativa. Pero no a su recuerdo, inscripto en el legado de una obra que trascendió a su humanidad: la ciudad de Villa Gesell. NT

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