Buenos Aires, 23/08/2017, edición Nº 2082

Exposición “Luca: el sonido y la furia” en la Biblioteca Nacional

En diciembre la Biblioteca Nacional le dedicará un espacio a uno de los grandes del rock argentino. (CABA) Un cantante es, ante todo, una voz. Que reconocemos a simple escucha, estado de la memoria, vivencia del consuelo o la alegría, desazón del disgusto. Es una singularidad social, un modo de maceración del estado de lo colectivo en el individuo. En la voz de Luca Prodan estaban sus patrias y su...

En diciembre la Biblioteca Nacional le dedicará un espacio a uno de los grandes del rock argentino.

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(CABA) Un cantante es, ante todo, una voz. Que reconocemos a simple escucha, estado de la memoria, vivencia del consuelo o la alegría, desazón del disgusto. Es una singularidad social, un modo de maceración del estado de lo colectivo en el individuo. En la voz de Luca Prodan estaban sus patrias y su decisión de fugar de ellas. Su saber musical y su sensibilidad rebelde. En esta muestra, a partir de objetos personales, discos, ropa, instrumentos, fotografías y grabaciones sonoras, el Museo pone en escena la dramaticidad de esa voz. La exposición se inaugurará el miércoles 3 de diciembre a las 19.

Un cantante es, ante todo, una voz. Que reconocemos a simple escucha, estado de la memoria, vivencia del consuelo o la alegría, desazón del disgusto. Es una voz, y decir eso, es decir que es un estilo de usarla, un modo del cuerpo y de la experiencia. Por eso, la palabra no es sólo el signo, sino la textura, la materia con la que se presenta en la oralidad: las voces de los otros. Si la identidad del documento no deja de acarrear la interpelación institucional —un nombre adjudicado e inscripto, aunque se vaya convirtiendo en nombre propio—, la voz es lo que la suspende, solicita el reconocimiento sin esa identificación, como bien sabe el hablante telefónico o el llamado por un conocido en la calle. Sabemos quién nos habla aun antes de decir su nombre, ante el mero hola que suena en el auricular. Singularidad extrema, no es, sin embargo, la de la huella digital. Ésta proviene del azar de ciertos trazos, que no serían jamás iguales, y su precisa diferencia la convierte en materia policial. No hay una ficción policial cuyo índice de descubrimiento sea la voz, aunque ésta a veces se oculte o enmascare. O sea, su singularidad es otra: ni la identidad con la que somos nombrados en los registros estatales, ni la biológica distinción de la huella.

Es una singularidad social, un modo de maceración del estado de lo colectivo en el individuo.

Liliana Herrero supo decir que la voz piensa un territorio: “La voz se inscribe en una huella. La tradición, el pasado, el horizonte cultural. No hay canto sin huella. La voz piensa, produce sentido, habla. La voz piensa su pasado de grito, de lamento o de desafío. Son los dones naturales en choque con la cultura los que producen el canto, pero nunca de un modo en que se olvide su pasado ‘animal’, es decir, sufriente, conmemorativo, o de lucha”. La voz, entonces, en la tensión naturaleza-cultura. Hecho histórico y materia animal. En la voz está la nación, la región, la clase, la lengua, el sexo. Las pertenencias múltiples en las que nos hacemos sujetos, cargamos el propio estilo, nos inscribimos individualmente en la experiencia común.

Luca, escribió Matías Serra Bradford, es ante todo una voz. Inconfundible. Abigarrada. En esa voz está el origen romano y una vida familiar en la que el niño se codea con las zonas glamorosas del jet set. Está el colegio escocés y la violencia del escupitajo punk. Están las lenguas en las que navega y está el velero sin idilio. Está el cosmopolitismo de un salvaje y el nacionalismo irónico del que recién llega a su patria. La voz del paria que sólo puede fugar y del que fue parido en cuna de oro. Está, en esa voz, un momento de la Argentina, la época en la cual él llega, los campos de la muerte y un patrioterismo agitado por las islas.

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