Buenos Aires, 15/12/2017, edición Nº 1857

Escobar hijo: “La primera vez que tomé un colectivo fue en Buenos Aires”

Sebastián Marroquín.

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(CABA) El animal se retorcía a menos de un metro pero la primera vez que el nene disparó, la bala perforó la tierra. Al venado había que sacrificarlo y no importaba la belleza que ofrecía aún en su dolor: los ojos duros. Pablo Emilio Escobar Gaviria había puesto en las manos de su hijo de ocho años una pistola Zig Sauer precisa antes de preguntarle si quería darle muerte al ciervo. “Apúntale a la cabeza y dispara“, le pidió su padre, el líder del cartel de Medellín quien será recordado como el caponarco colombiano más poderoso de la historia. La segunda vez también falló. El chico transpiraba susto pero no quería ofender a su papá, que ya tenía varios cadáveres en su haber. Entonces le dijo que sí podía y al tercer intento reventó el cráneo del ciervo.

Era 1986. La hacienda Nápoles se levantaba entre los ríos y las montañas de las otras nueve fincas de Valledupar que costaron 2.350.000 dólares. Por ahí merodeaban las cebras, los elefantes, los hipopótamos. Los dinosaurios no: diseñados a escala real asomaban estáticos en la selva. En ese tiempo Sebastián Marroquín se llamaba Juan Pablo Escobar y no sabía que durante los ’90 terminaría escondido, preso, exiliado y con otra identidad.

El animal se retorcía a menos de un metro pero la primera vez que el nene disparó, la bala perforó la tierra. Al venado había que sacrificarlo y no importaba la belleza que ofrecía aún en su dolor: los ojos duros. Pablo Emilio Escobar Gaviria había puesto en las manos de su hijo de ocho años una pistola Zig Sauer precisa antes de preguntarle si quería darle muerte al ciervo. “Apúntale a la cabeza y dispara”, le pidió su padre, el líder del cartel de Medellín quien será recordado como el caponarco colombiano más poderoso de la historia. La segunda vez también falló. El chico transpiraba susto pero no quería ofender a su papá, que ya tenía varios cadáveres en su haber. Entonces le dijo que sí podía y al tercer intento reventó el cráneo del ciervo.

Era 1986. La hacienda Nápoles se levantaba entre los ríos y las montañas de las otras nueve fincas de Valledupar que costaron 2.350.000 dólares. Por ahí merodeaban las cebras, los elefantes, los hipopótamos. Los dinosaurios no: diseñados a escala real asomaban estáticos en la selva. En ese tiempo Sebastián Marroquín se llamaba Juan Pablo Escobar y no sabía que durante los ’90 terminaría escondido, preso, exiliado y con otra identidad.

De donde vengo no importa el nombre. A mí sólo me ha traido problemas”, dice Sebastián Marroquín, hijo del contrabandista en el que se inspiró la serie que fue furor en nuestro país, “El Patrón del mal”. Para él es una anécdota, pero su reciente libro “Pablo Escobar, mi padre” -que editó Planeta hace diez días y ya agotó la primera edición- lo firmó como Juan Pablo Escobar, su nombre de bautismo. Lo explica así: “Esa historia la vivió Juan Pablo y la escribió Sebastián“. Su nueva identidad fue otorgada en 1993 mientras la televisión mostraba el cuerpo agujereado de su padre y ellos tenía menos de diez minutos para escapar a Mozambique. Sebastián tomó la guía telefónica y descartó los apellidos que podían tener un tinte mafioso. Victoria, su madre, se llamó María Isabel. Su hermana Manuela, Juana. Y Andrea, hoy su esposa, María Angeles.

La selva empezaba a comerse a Nápoles cuando llegaron a Buenos Aires. De Mozambique salieron espantados: hacía poco había terminado una guerra civil que duró 23 años. “No había luz ni comida, ni universidades. Había mutilados. Teníamos permiso de turista para estar tres meses en Argentina y aquí nos metimos“, recuerda.

Juan Pablo había vivido hasta entonces el derroche de su padre. A las 11 años era dueño de 30 motos, las tarjetas de invitación para su comunión fueron traídas desde Suiza en el jet privado de su padre, a las piñatas las llenaban de billetes para su cumpleaños, los 500 años del descubrimiento de América lo festejaron en la hacienda con tres réplicas de las carabelas que flotaban en la piscina. Sebastián comía sobre manteles bordados en Venecia y en platos con diseño de autor, piezas de plata que llevaban grabados los apellidos de sus padres. Escuchaba cómo su papá daba órdenes: desde a quién asesinar hasta que arranquen el helicóptero para cumplir un capricho de su primo antojado de una hamburguesa que sólo se vendía en Medellín.

Crecí en la opulencia que nos ofrecía mi padre. En los restaurantes le pedíamos al mozo que nos atendiera bien y le dabamos 100 dólares. Eso se terminó cuando me llamé Sebastián y tuve miedo. Por ejemplo, llegamos a Argentina y me paré frente a un Mc Donalds. Me dí cuenta de que no sabía pedir una hamburguesa. Nunca había ido yo al mostrador, no sabía cómo hacerlo. La primera vez que subí a un colectivo fue en Buenos Aires. Tenía 17 años“, dice ahora. Sebastián (37) es arquitecto, da conferencias y dirige “Escobar Henao“, una línea de ropa que creó para cuestionar la imagen del capo. “¿Tus privilegios son acaso fruto de tus engaños?“, estampó en una remera junto a la cara de su padre.

No imaginaba ese destino cuando su padre lo sentó en una reunión de machos. Escobar estaba preocupado: “Hijo ¿Qué pasa que no eres tan infiel como deberías?“, lo acusó. Sebastián tenía 13 años y su novia de aquel tiempo es su esposa, con quien tiene un bebé que ya cumplió dos años. “Mi padre era un infiel discreto. Era natural porque Colombia es machista. Pero yo estaba muy bien con mi novia.“, devuelve. Con la excusa de mejorar su seguridad su padre le compró un departamento de soltero: la habitación tenía espejos en el techo.

Matar por droga y morir por el negocio fue su cuna. Sebastián se mantuvo lejos mientras fue Juan Pablo y recién probó marihuana –dice– a los 28 años. Apenas supo cómo era el universo que enriquecía a su padre: “Tenía 9 años cuando mi papá me avisó que íbamos a hablar de drogas y me encerró en una habitación de la hacienda. Sobre una mesa había una muestra de cada una: marihuana, cocaína, bazuco (paco) y heroína. Me dijo ‘esa hace esto, esta tiene tal efecto, tócalas, observa su textura“.

-En Argentina se debate la despenalización de drogas para consumo personal ¿Qué opinás?
-Que es la única forma de terminar con el narcotráfico. Prohibir las drogas significa generar todo un ejército de criminales. El beneficiado es el narco, que sube los precios, baja la calidad de la droga y nunca pierde clientes, aumenta la corrupción y la violencia. Yo no soy amigo de los Estados que te dicen qué gaseosa tenés que tomar. Creo que deberíamos ser libres de elegir qué sustancias consumir, siempre y cuando no sea en exceso y con respeto frente a los demás. Y respecto de la demanda, yo creo que hay un déficit de narcotraficantes porque hay mucha gente dispuesta a consumir. Es mentira que se disputan el territorio. Sobra lugar. Mi papá necesitaba gente porque la demanda superaba ampliamente la entrega de cocaína.

– ¿Tu papá consumía?
– Sí, pero no se consideraba un adicto. Probó todo, menos heroína. Aunque parezca raro dentro del mundo del narcotráfico, vender heroína estaba mal visto porque entienden que hacen negocios con la muerte. Es un límite aunque sea mucho más rentable que la cocaína. Pero mi papá sí fumaba regulamente marihuana.

-Y nunca se metió en ese negocio.
-No era rentable. Y él no se metía en negocios que no fueran rentables. Una vez le propusieron construir una red de gas en un barrio que no tenía el servicio. “Me da mucha pena con usted, pero yo no hago negocios lícitos. Lo que usted me está proponiendo que yo gane en 15 años, lo gano en 15 minutos”, respondió mi papá.

Sebastián tenía 15 años y estaba preso con su padre cuando una muela infectada no lo dejaba dormir. Escobar pidió por un dentista pero nadie vino. “Venga, hijo, póngase ese poquito en la muela que lo va a calmar. Va a sentir amargo“, le dijo su papá. “Fue la única vez que consumí cocaína“, aclara Sebastián. Escobar pidió que lo entierren en Nápoles y que siembren una ceiba sobre su tumba pero su hijo no cumplió. Las flores amarillas del guayacán le bañan los pies en un cementerio privado de Medellín. Sebastián no pudo o no supo: fue fugitivo de su propia historia.

Fuente: Clarín

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