Buenos Aires, 16/12/2017, edición Nº 1858

Escalandrum, los titanes de jazz argentino cumplen 15 años de vida

Nicolás Guerschberg y Pipi Piazzolla hablan de su experiencia musical con su banda a través de sus 15 años de vida. (CABA) Las relaciones humanas, se sabe, están condenadas al fracaso. Se desarrollan con la incertidumbre de un elefante en un piolín y se sostienen… mientras pueden. La expectativa de vida de los proyectos artísticos grupales suele encontrar un cuello de botella todavía más drástico. En el rock, la mayoría...

Nicolás Guerschberg y Pipi Piazzolla hablan de su experiencia musical con su banda a través de sus 15 años de vida.

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(CABA) Las relaciones humanas, se sabe, están condenadas al fracaso. Se desarrollan con la incertidumbre de un elefante en un piolín y se sostienen… mientras pueden. La expectativa de vida de los proyectos artísticos grupales suele encontrar un cuello de botella todavía más drástico. En el rock, la mayoría de las bandas pelean, estallan y con suerte cambian integrantes y disimulan como mejor les sale, ante el ineludible desencanto de sus fans. La cultura del jazz es más promiscua: los proyectos suelen funcionar bajo el nombre de un líder y el espíritu aventurero general hace que se hable más de formaciones que de bandas.

Por todo esto, que un grupo de jazz argentino cumpla 15 años de vida –¡y sin ningún cambio de formación!– puede causar tanta sorpresa como encontrarse un nudista en la Antártida. Escalandrum concretará su merecido festejo este jueves en el Teatro Coliseo: una década y media de vida para una propuesta artística personal y en permanente movimiento.

Los partícipes necesarios de esta cruzada son “Pipi” Piazzolla (batería), Nicolás Guerschberg (piano), Mariano Sívori (contrabajo), Gustavo Musso (saxo alto y soprano), Damián Fogiel (saxo tenor) y Martín Pantyrer (clarinete bajo y saxo barítono). Seis músicos de sólida formación, inquietos por naturaleza y apasionados con el proyecto que decidieron construir.

La fortaleza de Escalandrum no sólo pasa por la destreza individual de cada uno de sus músicos: se sostiene y amplifica a partir del compromiso de crecer en el plano artístico y en las posibilidades de trabajo, aspectos que claramente se potencian entre sí.

Otra de las claves del grupo fundado por Pipi Piazzolla es que supo encontrar su identidad. Escalandrum es una banda de jazz y al mismo tiempo parte indisoluble de su identidad es trabajar con formas y ritmos de música folklórica y urbana argentina. También sostiene los espacios para la improvisación que identifican al género, pero les da vuelo desde estructuras compositivas trabajadas en profundidad.

Siete discos editados, shows en más de 40 países, un Gardel de Oro por el disco Piazzolla plays Piazzolla (2011), un Gardel a mejor álbum de jazz por Vértigo (2013), escenarios compartidos con figuras internacionales como Paquito D’Rivera y Ute Lemper, presentaciones en espacios míticos como Birdland (Nueva York) y el Festival de Montreal (Canadá). La enumeración podría sonar burocrática y hasta hueca para artistas de otros géneros. Pero para todo aquel que camina la entusiasta pero en cuanto a convocatoria todavía modesta escena de jazz local –muchos de estos límites también se trasladan a la internacional– sabe lo difícil que es sostenerse en acción y mucho más encontrar espacios por fuera de los muros del circuito.

Escalandrum festejará sus 15 años este jueves en el Teatro Coliseo y presentará formalmente Las cuatro estaciones porteñas, el álbum de versiones de Astor Piazzolla que registró con una formación eléctrica y ampliada. Pipi, fundador y líder del grupo, y Nicolás, su principal compositor, hablan sobre el presente, pasado y futuro de una aventura que no se oxida.

Quince años para una banda de jazz no es sorprendente, ¡es casi inaudito!
Pipi Piazzolla: –(risas) Es verdad. Creo que estos 15 años fueron posibles porque nos llevamos muy bien. El amor por la música y el respeto por nuestro proyecto nos empujan y dan fuerzas. Y con los años comenzamos a recibir más apoyos externos que de alguna manera confirmaron que tan equivocados no estábamos. Ensayamos todas las semanas como hace más de diez años, tengamos material nuevo o no. ¡Casi una locura para cualquier músico de jazz! (risas). Mucha gente tiene la cena semanal con sus amigos. Nosotros, el ensayo. Es nuestra receta para mantenernos en forma y disfrutar.
Nicolás Guerschberg: –Las giras también nos ayudaron mucho. Desde lo artístico, pero también desde lo personal. Compartir muchos días juntos y respirar música todo el tiempo nos unió más.

Escalandrum hace jazz, pero con claras influencias de folklore y tango. ¿Cómo encontraron ese sonido?
PP: –Creo que de alguna manera esa necesidad surge o se potencia a partir de la crisis de 2001. De alguna manera, toda esa debacle nos pegó mucho más que a nivel económico: nos sacudió y nos empujó a hacernos muchas preguntas en lo artístico. Y ahí sentimos una gran necesidad de incorporar formas de chacareras, las milongas, lo más tanguero. A veces en forma concreta y en otras más implícita, pero trabajando mucho con esa perspectiva.
NG: –En los años ’90 vivimos un bombardeo de visitas musicales extranjeras. Todo el tiempo venían músicos, muchos de gran nivel. Y de repente con la crisis se cortó todo. De un día para el otro, la escena éramos nuestros colegas y nosotros. A nosotros nos dio por mirar más para adentro. Además, el jazz es una música que permite generar muchas mixturas.

El jazz históricamente se nutrió de otros ritmos, como la música cubana, el flamenco, la cumbia colombiana y más. Pero muchos músicos argentinos del género todavía creen inviable utilizar formas locales.
PP: –Sí. Es algo muy de acá y es lamentable. Soy el fanático número uno de la Argentina y Buenos Aires es mi ciudad, no me voy a ir jamás. Pero no entiendo a alguna gente que tiene posturas tan rígidas.
NG: –Está bueno que existan diferentes perspectivas y cada uno haga su camino.
PP: –Nosotros respetamos a los puristas del jazz. Para que Escalandrum suene, cada uno estudió a fondo el género, y después el tango y el folklore. No queríamos hacer algo hueco. Nos tomamos las cosas con mucha seriedad. Lo que pasa es que acá el jazz siempre fue algo bastante elitista. Y ese pensamiento se siente incómodo si se le incorporan elementos de música local o incluso si se utiliza la expresión jazz argentino. Para mí, existe el jazz argentino. Vas a una disquería especializada y te encontrás con 200 discos de bandas de acá. El fútbol lo inventaron en Inglaterra, pero tenemos un fútbol argentino. ¿Por qué no podría existir el jazz argentino?

¿Hubo algún momento en particular en el que sintieron que habían encontrado la llave a un estilo propio?
PP: –Sí. Cuando Nico nos trajo el tema “Torres de Boedo”. Era jazz, pero con métrica de milonga. Sentimos que se trataba de algo muy poderoso y que teníamos que seguir trabajando por ahí. Nuestro primer disco de alguna manera navegaba por el latin jazz. Con “Torres de Boedo” vimos una luz que no abandonamos nunca, más allá de que incorporamos matices, nuevas perspectivas y la madurez lógica que te da el tiempo de trabajar juntos.

Más allá del estilo y de sus capacidades como improvisadores, la música del grupo siempre se distinguió por trabajar las composiciones con mucho cuidado.
NG: –Sí. También es parte de nuestra identidad. Nos gusta que las composiciones sean tales, no sólo una excusa para hacer solos. Buscamos un balance. Una estructura sólida de la composición, buenas melodías, variantes y, por supuesto, también los momentos de improvisación, que son una de las claves del jazz.

Hasta Visiones (2008), Escalandrum trabajaba con composiciones propias. Pero con Piazzolla play Piazzolla se animaron con un repertorio complejo. ¿Cómo lo decidieron?
NG: –Durante diez o doce años nos centramos exclusivamente en nuestra música. Si bien todos conocíamos la obra de Astor, jamás se nos ocurrió decirle nada a Pipi.
PP: –Fue algo que nunca se habló. Ni siquiera nuestro mánager se animó a proponerme algo. Pero un día hicimos un asado y tiré la bomba: hagamos música de mi abuelo, pero desde la identidad de Escalandrum. ¡Se quedaron todos pálidos!
NG: –Era un enorme desafío artístico, pero nos pusimos a laburar como locos. Fue un trabajo de seis meses de ensayo para tocar en vivo un show. Después seguimos para el disco. Queríamos aprender esa música y a la vez dejarle cosas nuestras.
PP: –Lo que tenía claro es que no quería meter ningún bandoneón. El desafío era pasar todo eso a los caños y que no quedara de mal gusto. Teníamos que encontrar la articulación adecuada. Algo muy sutil. Me parecía que el estilo de “Blue Train” (John Coltrane) era una referencia ideal. Ese toque todo ligadito, unido. Quedamos muy felices con los resultados, a la gente le gustó, recibimos premios y se nos abrió mucho el panorama.

Después vino Vértigo, otro disco con composiciones propias, y ahora Las cuatro estaciones porteñas, otra vez con material de Piazzolla. ¿Les preocupa que en algún punto la gravedad del planeta Astor los condicione?
PP: –Nació como una propuesta de un show en el Planetario y nos gustó la idea. Lo pensamos muy diferente a Piazzolla play Piazzolla, con una formación ampliada y un sonido eléctrico. Nos gustó mucho como quedó. Después nos ofrecieron grabarlo para Discos de La Usina. En el jazz no son frecuentes estos ofrecimientos y decidimos aceptarlo. Creo que las versiones hablan por sí mismas.
NG: –Sabemos que no nos van a faltar composiciones propias, así que no nos preocupamos. De hecho, ya tenemos varias nuevas y alguna la vamos a anticipar este jueves. Nunca nos vamos a quedar quietos.

Fuente: Tiempo Argentino

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