Buenos Aires, 22/11/2017, edición Nº 1834

¿Es de clase media Cristina Kirchner? ¿Y usted?

¿Pertenece Cristina a la clase media, como dice orgullosa?. En este artículo explico cómo se  consideran sus ingresos, y su multimillonario patrimonio en dólares. Y usted, ¿es de clase media?   (Ciudad de Buenos Aires) Según la Consultora W, una familia con ingresos mensuales que superen los 27.500 pesos no pertenece a la clase media sino que integra la ?clase top? o ABC1. La última pirámide social que elaboró Guillermo...

¿Pertenece Cristina a la clase media, como dice orgullosa?. En este artículo explico cómo se  consideran sus ingresos, y su multimillonario patrimonio en dólares. Y usted, ¿es de clase media?

 

(Ciudad de Buenos Aires) Según la Consultora W, una familia con ingresos mensuales que superen los 27.500 pesos no pertenece a la clase media sino que integra la ?clase top? o ABC1. La última pirámide social que elaboró Guillermo Oliveto calcula que esa punta superior abarca al 7% de los hogares, o sea alrededor de 700.000 familias o 3 millones de personas. Entre ellas está, obviamente, Cristina, y seguramente casi todos los columnistas permanentes de este diario, incluidos el que esto firma y el apreciado colega que hace unas semanas tituló ?Soy clase media y orgulloso de serlo?.

La distorsión acerca de la pertenencia de clase está muy extendida. Cuenta Oliveto que las encuestas revelan que quienes se reconocen como clase alta son muchos menos que los que realmente son, al mismo tiempo que hay gran cantidad de personas pauperizadas que se asumen como clase media.

La consideración de cuestiones de clase suele erizar la piel de algunos. La asocian a un llamado a lucha de clases y les evoca fantasiosas pesadillas revolucionarias.

Pero la atención a las cuestiones de clase es imprescindible tanto en la acción política como en el ejercicio de analizar la política. Entre otras muchas razones, porque las clases sociales existen, porque sus distintas realidades e intereses son un factor clave de la dinámica política, y porque si no se repara en las cuestiones de clase es imposible abordar la prioritaria problemática de la desigualdad.

Las consideraciones de clase permiten evaluar desde una perspectiva de equidad medidas de gobierno o reclamos de sectores sociales. Por ejemplo, el reciente aumento en las tarifas residenciales de electricidad y gas fue tan moderado (los más altos consumos pagarán un adicional combinado en las facturas de sólo 3,5 pesos diarios), que el Estado deberá seguir desembolsando una enormidad de subsidios para cubrir las tarifas que continuarán siendo baratas no sólo para hogares de clase baja o media baja, sino para todos y todas, incluso para los top. Lejos de una verdadera política nac&pop.

Lo peor del caso es la justificación de los subsidios que esgrimió Axel Kicillof. Además de reivindicarlos como factor de competitividad, que es un argumento discutible pero razonable, el viceministro los defendió como un salario indirecto, que al mejorar el poder adquisitivo potencia el consumo y consiguientemente estimula la producción.

Increíble que alguien con formación marxista (fue profesor adjunto en una cátedra de Economía Marxista en la UBA) como Kicillof, omita en su fundamentación la cuestión de clase. Si se la considera, se entiende que el actual esquema de subsidios oficia como salario indirecto también para las clases media alta y alta, que eventualmente aprovechan ese beneficio para consumir más (también lo podrían ahorrar). Pero si un mayor consumo de las franjas superiores de la pirámide pagando un costo fiscal fuera algo virtuoso, se llegaría al absurdo de plantear una baja de impuestos a los ricos como algo conveniente. Hubo quienes, siguiendo a un tal Arthur Laffer, aplicaron ese tipo de ideas: fueron ultraliberales que durante el gobierno de Ronald Reagan catapultaron el déficit fiscal y ensancharon la desigualdad social.

Las consideraciones de clase también son útiles para evaluar el reclamo de las cinco centrales sindicales a favor de un aumento en el mínimo no imponible para Ganancias, que en algunas circunstancias llega al extremo de pretender la eliminación del gravamen para los asalariados.

Dejando de lado el argumento falaz de que no corresponde gravar con ese tributo al ingreso del trabajador porque lo que recibe no es ganancia sino salario (más allá de la semántica, de lo que se trata es de un impuesto al ingreso), la lógica justificación del reclamo es que la inmovilidad del mínimo no imponible en tiempos de alta inflación y, por ende, de altos aumentos de salarios nominales, ha causado que muchos más trabajadores sean alcanzados por el impuesto y que la carga aumente para los que ya pagaban (agravado porque tampoco se movieron las escalas).

Pero la justicia del reclamo se relativiza si se toma en cuenta que sólo uno de cada cuatro de los 9,2 millones de asalariados formales paga Ganancias, y que, por ejemplo, un trabajador casado con dos hijos con una remuneración bruta de 10.000 pesos abona 30 pesos por mes; si gana 15.000 se le descuentan 900; y si el sueldo es de 20.000 paga 2.200 por mes. Es decir alícuotas de 0,4, 7 y 13% del salario neto, respectivamente.

Lo que ha venido sucediendo es que, utilizando facultades delegadas, el Ejecutivo ha aumentado, por efecto de inflación, la presión tributaria sobre la cuarta parte de los trabajadores que más ganan. Lo hace culposamente; con hipocresía; sin asumir políticamente la medida.

Esa culpa quizás tenga que ver con la conciencia de que la mayor carga sobre los asalariados que más ganan no es parte de una política tributaria que haya ganando significativamente en progresividad a costa de la minoría que está muy por encima de un trabajador bien remunerado.

Por último, es llamativo e ilustrativo que Hugo Moyano haga mucho más ruido reclamando por los que pagan Ganancias que por el resto, y que el gobierno haga alarde de que sólo uno de cada cuatro tiene salarios netos que alcanzan un mínimo no imponible de 8.000 pesos en caso de un casado con dos hijos y de 5.800 para un soltero.

Gentileza El Cronista – Marcelo Zlotogwiazda, Periodista y economista

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