Ernesto Tenembaum: “Las opciones extremas de Vidal son las de siempre”

Ernesto Tenembaum: “Las opciones extremas de Vidal son las de siempre”

Escribe Ernesto Tenembaum

(PBA) Patricio Miguel Massana y Paul Andreatta son dos personajes desconocidos que, sin embargo, tienen múltiples rasgos en común. Ambos comparten el amor por los autos de alta gama: uno tiene un mini cooper y el otro un Mercedes, bienes que debería estar lejos de su alcance. Son policías de bajo rango, tienen menos de treinta años y están en problemas con la Justicia. Andreatta fue exonerado el día de la fiesta de Time Warp porque le descubrieron una cantidad de pastillas y cocaína que excedía ampliamente su capacidad de consumo. Massana está preso por el asalto a la casa del intendente de La Plata, Julio Garro. Cuando allanaron su casa también encontraron droga, y documentación vinculada a la contratación de policía adicional, una de las grandes cajas históricas de la policía bonaerense. La investigación sobre los casos Andreatta y Massana arroja indicios bastante inquietantes acerca de la bomba de tiempo que hace sonar su tic tac bajo el sillón de la gobernadora.

Tras el robo a la casa de Garro, la División de Asuntos Internos de la Bonaerense, que ahora la manejan civiles, inició una pesquisa a partir de la cual Vidal destituyó a toda la primera plana, que ella misma había designado, de la muy sensible departamental de La Plata. Pero los problemas no terminaron, porque el poliladrón declaró la semana pasada que Garro, el intendente de Cambiemos, no guardaba en su casa $ 40 mil, como él había declarado, sino u$s 4 millones. Es la declaración de un preso. Garro respondió que era víctima de un ataque de la mafia policial. Pero en el entorno de Vidal desconfían de los unos y los otros: ¿Miente el policía, miente Garro o mienten los dos? ¿Cuan cerca llega esa trama oscura? Así de resbalosas son las cosas.

El caso Andreatta es más complejo. El día de la fiesta de Time Warp, un colectivo escolar que se dirigía hacia allí fue requisado en La Plata. En ese operativo, fueron encontradas tres personas con provisión de drogas clásicas para las fiestas electrónicas. Las tres fueron arrojadas al piso por la policía: sin embargo, solo dos de ellas fueron detenidas. La tercera, Claudio Andreatta, se identificó como miembro del sector de lucha contra el narcotráfico de la Bonaerense. Lo dejaron ir, amablemente, en su auto último modelo.

El jefe de la Departamental antinarcóticos, se llama Carlos Omar Fuentes. En lugar de echar y detener a su subordinado, solo cambió su destino. Del departamento de lucha contra el narcotráfico surgió el jefe de la policía, Pablo Bressi, acusado por Elisa Carrió de connivencia con el narcotráfico y por dos de sus ex esposas de haber sido un violento golpeador. En el gobierno bonaerense sospechan que Fuentes trasladó a Andreatta para encubrir su delito. Pero Fuentes continua en su puesto.

El hilo que une el policía raso Andreatta con el super jefe Bressi lleva el nombre de una corporación peligrosa: la policía bonaerense. En poco más de nueve meses, el gobierno de Vidal desafectó, por diversos delitos, a casi 2000 agentes de esa corporación, entre ellos a casi 80 comisarios.

La policía bonaerense ha sido un trauma permanente para la democracia argentina. Cuando un gobernador asume, se encuentra con que la principal demanda de la población es que garantice la vida de las personas: eso, finalmente, es lo que significa la palabra ‘seguridad’. Pero el principal instrumento para combatir ese problema es uno que, en realidad, lo fomenta.

Cada gobernador aplicó su método: desde tolerar el funcionamiento de la mafia hasta intentar reformas más o menos profundas. Eduardo Duhalde llegó a calificar a la bonaerense como la mejor policía del mundo, hasta que la sucesión de crímenes lo obligó a cambiar y encabezó la primer reforma, de manos de Carlos Arslanian. Ese proceso fue abortado por el triunfo de Carlos Ruckauf en Buenos Aires y reiniciado durante unos pocos años, gracias a la efímera alianza entre Néstor Kirchner y Felipe Solá, que se produjo luego de la explosión del caso Blumberg. Arslanian volvió entonces a sus funciones, de las que fue expulsado por Daniel Scioli, quien inauguró la gestión conservadora más larga desde 1983. Con Scioli, la Maldita Policía fue dueña de sí misma, con la complicidad de la plana mayor kirchnerista, que entregó seguridad por votos.

Pocos días después de su asunción, Vidal recibió un claro aviso de lo que le esperaba, cuando se produjo la fuga de los autores del Triple Crimen: si no conducía la Bonaerense y el servicio penitenciario, su gobierno no duraría mucho tiempo. No era solo una cuestión de principios, si es que lo era: se trataba de un tema de supervivencia.

Así, inició un proceso de depuración de la Policía, que aún está en sus albores y que incluye la medida, valiente pero de resultados discutibles, de obligar a todo el mundo a presentar su declaración jurada.

En el servicio penitenciario, pidió averiguación de antecedentes de todos los agentes. Hasta ahora, encontraron 300 casos de procesados, en proceso de probation o condenados por la Justicia que seguían, pese a eso, en sus cargos. Aplicaron sanciones de diversa gravedad a 119 efectivos, entre los cuales detuvieron a doce.

En el proceso de depuración del SPB encontraron a jefes de penales que controlaban la distribución de drogas en el penal, otros que comerciaban con la carne que llegaba a la cárcel, agentes que salían a robar de caño y otros que aplicaban la tortura de manera habitual. Todo ello era tolerado por la gestión anterior, que en todo el 2015 solo había sancionado a cuatro agentes.

En los próximos días, Vidal tendrá en sus manos un estremecedor informe con los resultados de la gestión de los últimos años en el área, elaborado por la muy prestigiosa Comisión por la Memoria de la Provincia de Buenos Aires. Mientras el SPB dejaba escapar presos peligrosísimos, en las cárceles murieron por razones evitables, en 8 años, 1054 personas cuya salud debía custodiar el mismo Gobierno.

Las opciones extremas de Vidal son las de siempre. Tolerar el autogobierno de la mafia y convivir con los resultados de la gestión Scioli. O combatirla y esperar represalias de todo tipo: desde violentas amenazas de tipo personal hasta el agravamiento del delito a niveles insoportables. Una buena gestión debería saber aplicar en su justa proporción una cosa y la otra, mientras mejora día a día el trabajo de la policía. A primera vista, parece una fórmula imposible.

Mientras tanto, un carnicero mata en Zárate a un ladrón, un médico dispara a quemarropa contra otro en Loma Hermosa, un joven asesina a otro durante una fiesta clandestina, un miembro del grupo Halcón es asesinado en La Matanza y así, cada día.

Los problemas urgentes que requieren tiempo y paciencia parecen insolubles. Nadie resuelve con paciencia una urgencia. Pero a veces no hay otra alternativa. Eso ocurre con la inseguridad.

Existe una convicción tan general como errada de que el principal desafío que tiene el país es macroeconómico. Seguramente, lo consideran así personas que no transitan demasiado un conurbano que no tiene luz, gas en red, agua corriente, cloacas, policías, escuelas y hospitales suficientes, asfalto.

Sentada sobre ese polvorín, transita sus días María Eugenia Vidal, la personalidad más novedosa de la política argentina.

Ganarle a Aníbal Fernández fue fácil al lado de todo esto.

Y no fue nada fácil. NT