Buenos Aires, 20/10/2017, edición Nº 1801

Entre La Rioja y La Boca “Caminito” tiene su historia

Una historia de amor.

El tango que conocemos hoy en día tiene origen en un lugar lejano de nuestra tierra. Lejos de La Boca, un amor frustrado y su recorrido en un sendero de La Rioja fueron la inspiración.

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(CABA) Cuentan que todo empezó en un pueblo riojano llamado Olta. Y que fue en una casa en la que estaba el único piano del pueblo, al que habían llevado hasta allí cargándolo con unas mulas. Aquel lugar fue el punto de origen para un apasionado romance entre una joven maestra y un poeta, pero que un año más tarde terminó en frustración. Ese final hizo que el poeta escribiera unos versos para evocar aquella relación y el paisaje del sendero que los enamorados habían recorrido. Concluía diciendo: “Desde que se fue/nunca más volvió/ caminito amigo/ yo también me voy” . Dos décadas después, con la música de Juan de Dios Filiberto, aquella letra se iba a convertir en uno de los tangos más difundidos en el mundo.

Ocurrió en 1902. La joven se llamaba María; el poeta, Gabino Coria Peñaloza. Y para que se encontraran la naturaleza hizo su aporte. Coria Peñaloza (descendiente por sangre materna de Vicente “El Chacho” Peñaloza) iba desde Chilecito hacia San Luis cuando una gran creciente del río lo dejó varado en Olta. Como su madre era oriunda de ahí, tenía mucha gente amiga. Una tarde lo invitaron a una reunión en casa de una familia tradicional del lugar. En esa casa estaba el piano.

Cuando el poeta le pidió a la joven anfitriona que tocara algo, ella dijo que no lo hacía más en homenaje a una hermana muerta. Pero estaba María, maestra, profesora de música y también integrante de una familia destacada. El flechazo fue inmediato y se convirtió en pasión: él tenía 21 años; ella dos menos. Pasaron unos días y el “caminito amigo” (recuerdan que era una huella ancestral que unía Olta con Loma Blanca) fue testigo de aquella relación. Después el río volvió a su nivel, terminó el aislamiento y el muchacho siguió su camino, aunque prometió volver. Recién lo hizo al año siguiente. María ya no estaba: su familia había decidido llevarla a otro lugar no revelado. El romance juvenil quedaba trunco, pero había generado aquellos versos.

En 1923, en un encuentro en plena calle Florida, Coria Peñaloza conoció a Juan de Dios Filiberto, un hombre del barrio de La Boca, ya dedicado a la música. Antes había sido herrero, estibador y mecánico en los talleres de la compañía naviera Mihanovich. Justamente, en el camino a ese trabajo, el músico recorría todos los días un desvío ferroviario cercano a la vuelta de Rocha. Iba a ser el disparador para un tema musical pero sin letra.

La presentación en el encuentro callejero la hizo otro prócer boquense: Benito Quinquela Martín. Quinquela consideró que aquel “poeta loco” (como llamaba a Coria Peñaloza) era el complemento ideal para otro hombre difícil como Filiberto, una figura a quien, a los 9 años, habían echado del colegio por su mala conducta. “Caminito” se estrenó en el Concurso de Canciones Nativas del Corso Oficial de Buenos Aires, en los carnavales de 1926. Esa vez, Filiberto reunió un grupo con diez violines, un armonio y cuatro voces. Dicen que el público desaprobó el tema con silbidos. Recién unos meses más tarde, cuando Ignacio Corsini lo cantó en una obra en el Teatro Cómico, se convirtió en éxito. Hacia 1950, Quinquela y otros vecinos lograron que el caminito de La Boca fuera un museo abierto con gran fama.

Claro que el Caminito de La Boca no es el único pasaje en la Ciudad con evocaciones que aluden a su pasado. En ese sentido se puede recordar al actual pasaje Enrique Santos Discépolo que, como una curva, cruza la manzana entre Lavalle, Riobamba, Corrientes y Callao. Por ese pasaje pasaba la locomotora La Porteña con sus vagones desde la estación del Parque (donde hoy está el Teatro Colón) hacia el Oeste. Fue el primer tren que circuló en Buenos Aires. Pero esa es otra historia.

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