Buenos Aires, 21/11/2017, edición Nº 1833

En Palermo, 114 bloques evocan la Shoá, la AMIA y la Embajda de Israel

El monumento de Gustavo Nielsen y Sebastián Marsiglia espera una inauguración formal.

(CABA) Una pared de 114 enormes bloques de hormigón, de casi 40 metros de largo y 4 de alto, espera el momento de convertirse en el homenaje argentino a las víctimas del Holocausto judío. Está junto al terraplén del ferrocarril Mitre, en Avenida del Libertador y Avenida Dorrego, donde en los “felices 90” funcionó un lago con botecitos, frente a la plaza de juegos de Wendy’s.

Allí, esperan la Plaza de la Shoá y su monumento no nato que las condiciones políticas les permitan cumplir su destino. El muro se terminó en mal momento, en febrero, poco después de la muerte del fiscal Alberto Nisman. Ahora tendrá que esperar la mejor oportunidad para convertirse en memorial de la Shoá.

Para colmo, la pared en cuestión no es un manso monumento conmemorativo de un lejano y doloroso pasado, un testigo mudo de un acontecimiento olvidado. Es un monumento que incomoda. Si recordara una historia muerta, podrían haber tenido 600 bloques, uno por cada 10 mil judíos asesinados en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. O bien 70, uno por cada año que pasó desde 1945.

Pero no: son 114. Un número caprichoso, dirán algunos. Un número que no surge de la tradición judía ni de la kabbalah. Es el número de nuestro vergonzante pasado reciente. Las primeras 29 “piedras” recuerdan a las víctimas de la Embajada de Israel (1992) y las restantes 85, a los muertos del atentado a la AMIA (1994). El Monumento Nacional a la Memoria de las Víctimas del Holocausto Judío es historia viva.

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Fuente: Clarín.

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