Buenos Aires, 26/07/2017

En la UBA ya cursan 2.500 discapacitados

Cada vez son más las facultades que los integran con programas específicos de apoyo

(CABA) En las universidades hay cada vez más estudiantes con discapacidad. En los últimos años, la tendencia “inclusiva” se acentuó en las universidades públicas y algunas de las más grandes, como las de Buenos Aires y La Plata, señalan que la incorporación de estos estudiantes empieza a notarse con fuerza en las aulas.

La Universidad Nacional de La Plata incluye desde hace cuatro años en las fichas de inscripción una pregunta sobre si el aspirante sufre alguna discapacidad, y desde entonces registra un incremento constante. En 2013 el número de alumnos que respondió en forma positiva fue de 0,04%; en 2014 ascendió a 0,05%; en 2015 saltó al 1,9% y este año volvió a subir hasta 2,3%.

En la Universidad de Buenos Aires, de acuerdo al Censo de Estudiantes de 2011, de un total de 257.820 alumnos de carreras de grado, 2.498 declararon en la encuesta tener algún tipo de discapacidad, lo que representa el 0,96% de la matrícula.

En ambas universidades aclaran que son cifras relativas, porque ningún alumno está obligado a declarar su condición.

“La educación tiene que tener la misma calidad para la persona con discapacidad que para la persona sin discapacidad. Esto implica un compromiso del docente, para que ese conocimiento llegue a esa persona”, sostiene Susana Underwood, coordinadora del programa Discapacidad y Universidad de la UBA.

Sobre el debate que suele darse en torno a la adaptación de las currículas para los alumnos con alguna discapacidad, Underwood es enfática: “No se puede sacar un contenido significativo. Si se saca un contenido significativo para uno, se tiene que quitar para todos. Si no, tiene que estar. Pero hay muchas maneras de acceder al conocimiento. En ese caso, lo que hay que buscar es la forma de que ese alumno pueda acceder a ese conocimiento”.

Ahí es donde entra en acción la capacidad del docente para lograr que ese alumno aprenda, en igualdad de condiciones con sus compañeros pero respetando sus diferencias.

“El primer punto es asumir como docentes, en cualquier carrera del ámbito universitario, que estamos formando profesionales, y que no existe un modo único de enseñar y de aprender. En general la universidad tiene un recorrido muy estricto con docentes que suelen utilizar como recurso la clase magistral y eso no da la posibilidad de participación. Necesitamos docentes más flexibles”, plantean Ana Brusco y Graciela Ricci, de la Asociación para el Desarrollo de la Educación Especial y la Integración (ADEEI).

La capacitación docente es clave para poder lograr una integración plena de estos alumnos. En la UNLP, por ejemplo, este año contrataron a tres intérpretes de señas para los alumnos con hipoacusia que los requieran.

“En la integración universitaria el desafío es permitir que la persona que logró transitar por la primaria y secundaria pueda desarrollarse también en el ámbito universitario. La discapacidad es la historia de las barreras que se le imponen a una persona, que tienen que reducirse al mínimo, para que se encuentre con el menor número posible de obstáculos”, afirma Mariela Galeazzi, coordinadora del área de discapacidad y derechos humanos de ACIJ (Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia).

Y añade: “El cambio estructural para que la educación sea inclusiva de verdad todavía está lejos”.

Brusco y Ricci describen: “Hoy la demanda social es aceptar la diversidad y avanzar en dar respuesta a las necesidades. En nuestro país se están comenzando a implementar algunas experiencias en universidades, principalmente en materia de accesibilidad”. Y concluyen: “Tenemos que cambiar la formación desde el pregrado, para pensar en una sociedad distinta”. NT

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