El Vascolet, la leche a la vasca que era estrella de calle...

El Vascolet, la leche a la vasca que era estrella de calle Florida

(CABA) La herencia de la inmigración vasca en la Argentina tiene una amplia huella. Tanta que se estima que un diez por ciento de su población cuenta con esas raíces en su árbol genealógico. Eso también se refleja en la Ciudad de Buenos Aires, a tal punto que Juan de Garay, su segundo fundador, era nacido en la ciudad vizcaína de Orduña (actual país vasco). Y también su actual jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta tiene antepasados vascos. Por eso, tanto en el país como en la Ciudad, la lista de apellidos de ese origen puede resultar innumerable. Pero también hay algo que tiene la impronta vasca y que, con los años, se convirtió en un histórico producto que alimentó a generaciones, en especial a los chicos. Se llama simplemente Vascolet.

A finales del siglo XIX y principios del XX, una oleada de inmigrantes vascos se instaló en la Argentina. Y en esos grupos aparecieron los denominados “vascos lecheros”, esos hombres de boina que no sólo ordeñaban sus vacas, sino que también, a caballo o en pequeños carros, se encargaban de distribuir esa “esne” (leche, en vasco) en distintos lugares. Así se recuerda a distintos tambos: el de los Olivera (en la zona de Parque Avellaneda); el de Bernardo Duhalde (en lo que hoy es partido de Lanús); el de Santiago Altube (en la zona de Villa Devoto) y muchos otros que estaban en Florencio Varela, Ramos Mejía o en Brandsen.

Una zona que también alojó a muchos de estos inmigrantes fue lo que hoy integra el partido de Merlo. Era gente que se dedicaba a la cría de ganado vacuno, pero con el objetivo de producir leche. Entre esas familias aparecen apellidos como Estevarena, Aróstegui, Landaburu, Iparraguirre, Leguía o Etchegaray, entre muchos otros. Y la historia cuenta que, por ejemplo, había una estancia Etcheverry que tenía muchas hectáreas y con su producción abastecía a la firma Kasdorf SA, una empresa creada en 1915 y especializada en productos lácteos, entre ellos la famosa leche Las Tres Niñas que se presentaba en un envase tetra pack de forma triangular.

En ese contexto, en 1908 otro vasco, llamado Pedro Uthurralt, creó otra empresa láctea de reconocida trayectoria en el país. La empresa llevó un nombre que ratificaba la pertenencia a esas raíces: se llamó La Vascongada. Muchos de sus productos fueron líderes en el mercado. Eran muy reconocidos sus yogures (al principio se los conocía como cuajada) y hasta existió un local en plena calle Florida donde se podía beber leche con vainillas, disfrutar un café con leche con pan y manteca o aquel postre llamado “banana Split” (una banana abierta al medio y rellenada con helado que después se cubría con crema batida y chocolate y se adornaba con una cereza). Pero el rey de ese lugar era el Vascolet.

Muchos chicos lo llamaban Vascolé, sin la t final. Era su denominación popular. Para fabricarlo se utilizaba la cáscara de la semilla del cacao que se pulverizaba hasta convertirse en un polvillo muy fino. La preparación también llevaba azúcar y malta. Se envasaba en tarros redondos de cartón y para prepararlo a ese polvillo dulzón se le agregaba leche caliente o fría. También se vendía ya preparado con leche, en pequeñas botellas de vidrio. Las campañas publicitarias lo promocionaban con la frase “Frío o caliente, alimento excelente”. Y agregaban: “Energía, antes y después de los deportes”. Su popularidad en la Argentina hizo que en Uruguay lo comercializara la empresa Horacio Fernández SA y también allí tuvo amplia aceptación. La Vascongada cerró en 1980 y la empresa uruguaya fue vendida en 1976 a la suiza Nestlé que es quien tiene la marca. Por esos tiempos se creó una especie de superhéroe-niño. Lo realizó el publicista argentino Eduardo Schejtman con dibujos de Alberto Del Castillo. El personaje se llamaba Alejandro Vascolet. Una de sus frases era “Alejandro camina por la pared, todos los días toma Vascolet”.

Junto con aquella marca, aparecieron otras que también crearon sus leches chocolatadas, muchas de las cuales aún se venden en todos los comercios. Las que no se ven más son las botellas de otra bebida que fue muy difundida y que supo competir con las bebidas cola. La creó a fines de la década de 1940 un bioquímico de apenas 22 años. El joven emprendedor se llamaba Saúl Patrich y su producto se convirtió en un éxito de consumo. La bebida, envasada en botellas de litro, se llamaba Refres Cola y había que diluirla con agua o soda. Su campaña publicitaria tenía una música pegadiza. Decía: “Hagan cola con Refres Cola, la bebida popular…” Pero esa es otra historia. NR

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Fuente: Clarín