Buenos Aires, 16/12/2017, edición Nº 1858

El Teatro Coliseo, un clásico de la cultura

En renovación.

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(CABA) Tiempo atrás anunciábamos en esta columna las obras de recuperación del Teatro Metropolitan sobre la avenida Corrientes. Hoy la buena noticia es que culminó la primera etapa del proyecto de renovación del Teatro Coliseo frente a la Plaza Libertad, otro de los hitos culturales de Buenos Aires.

Para algunos el Coliseo es sinónimo de Les Luthiers porque casi se podría decir que esa fue su casa, el lugar donde cada tanto irrumpen con sus geniales conciertos. Para otros, el punto de encuentro con la música clásica o la danza, ya que allí funcionó la Asociación Wagneriana y, desde hace 30 años, los ciclos Nuova Harmonia.

Pero también tiene en su haber mucho de rock. En este templo, la discográfica nacional Mandioca organizó “Beat Baires” los domingos de 1969, en los que irrumpieron grupos como Almendra, Manal y Vox Dei. Y entre tantas cucardas, tiene el honor de haber sido la sala donde sonó por primera vez Muchacha , de Spinetta.

Las obras de renovación intentan llevar el Teatro a su estado original y a modernizar sus caja escénica y sus infraestructuras. Y reposicionar al Teatro en el centro de la vida cultural y artística de la Ciudad”, dice Elisabetta Rivas, directora artística de la Fundación Cultural Coliseo, encargada de la gestión de la sala. Pero cuando hablamos de teatro original, ¿a cuál de los teatros nos referimos? Hagamos un poco de historia para desentrañar este edificio que aparece con un frente que podría ser de la primera mitad del siglo pasado, un foyer y una sala de líneas y concepción absolutamente modernas… Y si lo googleamos aparecerá una fantástica fachada al mejor estilo Beaux Arts.

En pocas líneas, el cuento es así. A fines del siglo XIX en este predio funcionaba una pista de patinaje. Fue hasta que el payaso estadounidense Frank Brown convenció a un banquero para que construyera un circo, dada la gran importancia que tenían por aquel entonces el Circo Criollo y el teatro en la Argentina. Contrataron a los arquitectos Carlos Normann y Ernesto Meyer, que construyeron una bella sala con una cubierta de acero y vidrio. Y con una acústica tal que se convirtió rápidamente en el epicentro de los espectáculos de Opera y Operetta que estaban en boga en la Ciudad. La sala tenía capacidad para 2.000 personas más otras 500 paradas.

En 1937 lo compró el Gobierno de Italia con la idea de hacer un polo cultural para exposiciones y eventos. Tan solo 33 años después de construido fue parcialmente demolido para hacer la nueva sede, pero las obras se paralizaron por la Segunda Guerra Mundial. En 1942 le encargaron al arquitecto José Molinari instalar allí las oficinas del Consulado italiano. El resultado es el frente actual: había sido proyectado para 9 pisos pero se quedó en 5.

En 1959 los arquitectos Mario Bigongiari, Mauricio Mazzocchi, Luis y Alberto Morea hicieron la nueva sala. Adoptaron una estrategia similar a la del Teatro San Martín, en ese momento en construcción. En el San Martín, Mario Roberto Alvarez y Macedonio O. Ruiz colocaron un cuerpo de oficinas por delante del teatro, que a la vez de resolver temas funcionales colaboraba con la aislación acústica de las salas. En el Coliseo, el cuerpo de oficinas ya lo tenía: era el construido en los años 40 por Molinari con cierto aire austero y protorracionalista. Pero adentro, desarrollaron una sala con una arquitectura de líneas puras, de una modernidad, espacialidad y elegancia notables.

La idea, según Marta Pires, directora comercial de la Fundación Cultural Coliseo, es “volver a los orígenes, al teatro lírico y al teatro clásico, aprovechando sus extraordinarias fosas, solo comparables con las del Teatro Colón”. Y “ampliar la utilidad del Teatro con un bar y nuevas áreas de exposiciones”, agrega Giorgio Alliata, vicepresidente de la Fundación.

Pero las mayores sorpresas vinieron cuando los especialistas empezaron a revisar la llamada caja escénica. Según el arquitecto Alfio Sambataro, especialista en arquitectura teatral, “la caja estaba funcionando al límite”. Se encontró con “una estructura de lo más elemental y con una tecnología de principio del siglo pasado”.

Tras una recorrida es posible constatar el estado precario de las instalaciones. La caja tiene tres niveles: el piso del escenario, los puentes de maniobras desde donde operan los técnicos y la parrilla de suspensión de donde cuelgan los decorados de la escenografía. Los sistemas de poleas todavía son de madera y accionados con sogas.

Ahora están trabajando para renovar absolutamente todos los mecanismos, con el fin de que todas las barras sean motorizadas con computadoras y con los más altos estándares de seguridad. Después de todo, como asegura Sambataro, la caja escénica es el “corazón” del Teatro.

Fuente consultada: Clarín

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