Buenos Aires, 13/12/2017, edición Nº 1855

El tanguero de ley que logró fabricar su propio bandoneón

Le dijeron que no valía la pena intentarlo, porque era una misión imposible. Otros amigos le pidieron que entrara en razones: “No gastes plata ni tiempo en eso, ¿no te das cuenta que sólo los alemanes saben cómo hacerlo?”. Pero Tomás Schlotthauer ignoró el desaliento. Y, luego de cinco años de pulsear con su utopía, logró armar un bandoneón cien por ciento argentino. Es el valor agregado de un instrumento...

Le dijeron que no valía la pena intentarlo, porque era una misión imposible. Otros amigos le pidieron que entrara en razones: “No gastes plata ni tiempo en eso, ¿no te das cuenta que sólo los alemanes saben cómo hacerlo?”. Pero Tomás Schlotthauer ignoró el desaliento. Y, luego de cinco años de pulsear con su utopía, logró armar un bandoneón cien por ciento argentino.
Es el valor agregado de un instrumento que, según sus adoradores, es el alma del tango.
“Decime bandoneón/ qué tango hay que cantar/ no ves que estoy muriéndome de pena”, dice una letra de Cacho Castaña, musicalizada por Rubén Juárez. Porque “es el alma del suburbio que se planta en tu teclear”, anticipaba Celedonio Flores, mientras otro grande, Aníbal Troilo, le decía en 1942 “no te quejes, bandoneón, que esta noche toco yo”.
El bandoneón no se quejaba, pero estaba desapareciendo. Los más famosos, los Doble A, venían de Alemania y hacía más de 50 años que habían dejado de fabricarse.
Por eso Tomás, que tenía una fábrica de herramientas de corte de widia y diamantes, tomó la posta. Luego de vender su empresa, se quedó con tres máquinas y las colocó en un cuarto especial al fondo de su casa, en Ramos Mejía. Y allí pasó los últimos cinco años. Se le había puesto en la cabeza que tenía que construir de cero lo que hasta el momento sólo hacían los teutones.
“En la iglesia de mi pueblo de Entre Ríos, donde nací, se tocaba el bandoneón para atraer a la gente. Yo vivía muy cerca y es por eso que desde siempre quise tener uno construido por mi. Hoy, cada vez que lo toco viajo instantáneamente a la pequeña aldea San Antonio, donde me crié”, relata este hombre, de 75 años, descendiente de alemanes, que todavía no sabe tocar su instrumento a la perfección, pero que no descarta tomar clases para mejorar.
El “fiel compañero”, como lo llama Tomás, fue presentado hace unas semanas en “La casa del tango”, y está compuesto por más de 6 mil piezas hechas por él en su taller, desde los peines de bronce y lengüetas de acero, hasta la mecánica, construida con madera proveniente de Alemania.
“Caminando, me encontré con unos cajones de madera donde traían repuestos para autos alemanes. Les pregunté a sus dueños si me podía llevar los cajones y me dijeron que sí. Hoy esas cajas componen mi bandoneón”, explica Tomás.
Para tener una mejor perspectiva, hace unos años y junto a su esposa, realizó un viaje por el viejo continente. Y en una recorrida por el país de la cerveza, donde lo invitaron para que cantara unos tangos, visitó la ex fábrica Doble A, donde aprendió algunas técnicas importantes para la construcción del bandoneón.
Terminarlo no fue fácil, las piezas no encastraban y el sonido no era el mejor: “Me gasté más de 5 mil pesos para comprarme un bandoneón. Y lo desarmé para estudiar bien todas sus partes, todas sus piezas. Por momentos pensaba ‘¿por qué mejor no elegí hacer quenas?’. Era más sencillo”, dice ante la mirada fija de su nieta, a la que él llama “la belleza de la casa”, una descripción imposible de desmentir.
Rubia, de ojos celestes y orgullo interminable por el logro de su abuelo, se asoma como “La pulpera de Santa Lucía”, la protagonista del tango que Ignacio Corsini inmortalizó en 1930, cuando le cantaba a la mujer más linda del barrio. La admiraban tanto como Schlotthauer a su bandoneón.
“Todos los días le dedico un tiempo a este entrañable instrumento. Cada vez que lo veo, me siento, lo lustro y le paso un plumero. No lo puedo ver opaco, tiene que brillar siempre, porque deseo que pueda durar muchos años más de lo que me quedan a mí en este mundo”, dice con una voz grave y carrasposa, que parece surgida de una garganta con arena.

 

Fuente: Clarin.com

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