Buenos Aires, 15/12/2017, edición Nº 1857

El rock barrial vuelve a la carga

La voz de los 90.

Había sido marginado después de la tragedia de Cromañón. Ahora Los Gardelitos, La 25 y El Bordo realimentan la escena que nació en los 90 y aun sigue viva.

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(CABA) Diezmado, estigmatizado y casi proscripto, el rock barrial debió replegarse y volver a empezar tras la tragedia de Cromañón. El fatídico 30 de diciembre de 2004, fecha en la que murieron 194 personas durante un show de Callejeros y de la que pronto se cumplirán diez años, puso al rock en general y al “chabón” en particular en el banquillo de los acusados. Los festivales porteños alejaron de sus grillas a las bandas del “palo“, del subgénero, y éstas respondieron como pudieron. Muchas desaparecieron, otras dejaron de tocar durante un tiempo prudencial y algunas se mantuvieron en la ruta, produciendo de manera independiente sus shows. La escena tomó nota de sus errores y lentamente volvió a emerger. El público demostró que sigue siéndole fiel: La Beriso cerró 2013 con un concierto en el Luna Park; Los Gardelitos llegaron en mayo de este año por primera vez al viejo templo del boxeo y La 25 reunió a 25.000 personas en Tecnópolis. En tanto, Valentín Alsina, el disco de 2 Minutos que sin querer marcó el comienzo de esta subcultura rockera, cumplió 20 años.

Barrio Obrero Valentín Alsina, los obreros caminan rumbo al yugo diario. Van con sus bolsos al hombro y sus caras de cansado“. En Valentín Alsina, 2 Minutos trazó un fresco del rock barrial. El obrero, los pibes en la esquina, la cerveza, el ex amigo que se hizo policía? Aun desde el punk, Mosca y los suyos dieron en el blanco y emergieron como disparador de una subcultura rock que encontró en los Rolling Stones a su deidad y en el barrio a su escudo protector.

La fuerte pertenencia a un puñado de cuadras apareció en el centro de la escena en los 90. La década menemista dejó un tendal de fábricas cerradas, desempleo de padres e hijos y ríos de incertidumbre. Las largas horas muertas con amigos en la plaza o en el kiosco y la música de Sumo, Los Redondos, Los Piojos, Bersuit Vergarabat y La Renga se convirtieron en inspiración, en caldo de cultivo para una nueva generación. A 20 años de ese Valentín Alsina (disco y canción) y a casi diez de la tragedia de Cromañón, el rock barrial hoy experimenta un resurgimiento. Más allá de la masividad que parecen alcanzar Los Gardelitos y La Beriso y del crecimiento en convocatoria de La 25 y El Bordo, la estigmatización que los persiguió parece llegar a su fin. En paralelo, los músicos de Callejeros recuperaron la libertad, con excepción de Eduardo Vázquez, en prisión por el asesinato de su esposa.

El debut tardío de los Rolling Stones en Buenos Aires en 1995 provocó una inmediata stonesmanía. “Los Ratones Paranoicos originales“, como decían algunos con bastante humor y algo de malicia, calaron hondo en el Gran Buenos Aires y en los barrios del sur de la ciudad. Con Jagger y Richards en un pedestal y una estética más propia de los años 70 que convirtió a los jeans gastados, el pañuelito al cuello y los flequillos rectos en look oficial, el fanatismo por los Stones se tornó rolinga, con usos y costumbres que poco tenían que ver con las Majestades Satánicas de los 90 pero bastante con la estética que definiría al rock barrial. Si alguien aún no sabe de qué estamos hablando, no tiene más que buscar en Peter Capusotto y sus videos: el personaje de Jesús de Laferrere da en la tecla. También el personaje de Paola Barrientos en Viudas e hijos del rock and roll: la joven Miranda que conoció a Diego en Gesell era una rolinga “de ley“.

Amanece, la avenida desierta pronto se agitará. Y los obreros, fumando impacientes, a su trabajo van. Sur, un trozo de este siglo, barrio industrial“. Hoy suena proto-barrial el “Avellaneda Blues” de Manal. Quizá más sutil y poético, pero igual de contundente que ese “Valentín Alsina” de 2 Minutos; o “Los invisibles“, de Callejeros: “Luchando sin atajos los invisibles, agitan rocanroles irresistibles. Piden que sus críos se salven y no piden más“. Sin embargo, entre el rock empedrado de Manal y el barrial de las últimas dos décadas, hay una conexión que merece ser revisada.

Fuente: La Nación

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