Buenos Aires, 21/09/2017, edición Nº 1772

El Parque de la Memoria y un monumento para recordar

El editor del suplemento ARQ de Clarín, reflexionó sobre los espacios de la memoria, más precisamente la importancia del Parque de la Memoria y el Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado. Escribe Miguel Jurado (CABA) Este 24 no me encontró en la Plaza. Hace años que no descubro el lugar en el que colocarme, no reconozco un encuadre ajustado a mis convicciones, apenas atino a deambular entre la...

El editor del suplemento ARQ de Clarín, reflexionó sobre los espacios de la memoria, más precisamente la importancia del Parque de la Memoria y el Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado.

parque de la memoria

Escribe Miguel Jurado

(CABA) Este 24 no me encontró en la Plaza. Hace años que no descubro el lugar en el que colocarme, no reconozco un encuadre ajustado a mis convicciones, apenas atino a deambular entre la masa anónima sin más banderías que la pulsión de repudiar a la dictadura, la violencia y la intolerancia. Calamidades que malograron mi adolescencia y comprometieron mi vida adulta.

Este 24, el desconcierto me llevó a un rincón de Buenos Aires en el que la oportunidad y el empecinamiento crearon el Parque de la Memoria y el Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado.

Allí donde la Costanera Norte abandona sus carritos y el balcón al río, antes de empezar a ser Ciudad Universitaria, nace el Parque de la Memoria como un tímido triangulito de tierra sembrada de extrañas esculturas. Es necesario entrar para reconocer su verdadero tamaño, 14 hectáreas ganadas al río que se extienden planas en la plaza de entrada y se elevan en una colina artificial sembrada de pasto. Cuatro muros de piedra cortan la lomada en un recorrido que exhibe los miles de nombres de las víctimas del terrorismo estatal.

En el silencio de esa mañana otoñal, bajo un tibio sol y una amable brisa, fue imposible no sentirme tocado por esas estelas que mostraban, con nombres, apellidos y fechas, la dimensión del genocidio.

Tal como fue concebido por el estudio Baudizzone-Lestard-Varas y sus asociados, Becker-Ferrari, en 2007, el Monumento lacera la colina como una herida abierta. El recorrido ascendente propone una procesión con vistas del parque, los otros monumentos alegóricos y el río.

Emocionado, la caminata me provoca la necesidad de encontrar los nombres que fueron parte tangencial de mi vida. El hijo del primo de mamá, que en las fiestas familiares me alentaba a fumar a escondidas. Ese que a los veinte desapareció yendo de una puerta a otra de Campo de Mayo. La hermana de mi amigo Alex a la que “chuparon” embarazada en Ituzaingó. O el marido de la tía de mi mujer, secuestrado en Castelar. Todos sus nombres estaban tallados en el pórfido frío del monumento. Un panorama yermo en el que apenas un par de flores encontraron hendijas para conmemorar a sus muertos.

Daniel Dandan guía a un reducido grupo de cinco por los detalles del parque, al que me uno. Nos muestra el monumento 30.000 en el que Nicolás Guagnini retrata a su padre desaparecido sobre 25 columnas metálicas separadas de manera de que el rostro sólo se percibe desde un único punto del recorrido, para desaparecer cuando el observador sigue su trayecto.

Daniel confiesa que mucha gente visita el parque sin saber de qué se trata pero que él y otros como él se empeñan en darle contenido. “Cuarenta mil alumnos de escuelas primarias visitaron el año pasado el Parque”, explica.

En medio del recorrido, un señor lee en una estela “1977” y se pregunta: “¿Qué estaba haciendo yo en el 77?”. Nos quedamos en silencio. Daniel nos muestra el último monumento del recorrido. Reconstrucción del retrato de Pablo Miguez, un chico de 14 años secuestrado junto a su familia en 1977 y torturado en El Vesubio para que su mamá firmara la cesión de sus bienes a los represores. La autora, Claudia Fontes, pensó en retratar a Pablo como un adulto, con la edad de ella, nacida el mismo mes y año. Y ubicó su estatua en el río, flotando mágicamente de pie, una figura de acero inoxidable con las manos cruzadas en la espalda y la mirada hacia el horizonte. Hacia el futuro, dirán algunos, hacia la libertad, dirán otros. A mí me dolió no poder ver el rostro de Pablo.

Al salir del parque, dos señoras grandes, bien arregladas, bajaban trabajosamente de un taxi con flores en las manos. Se disponían a trepar la cuesta del monumento en busca, tal vez, de una hendija para homenajear a los desaparecidos de su historia.

Fuente consultada: Clarín

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