Buenos Aires, 22/11/2017, edición Nº 1834

El Palacio de los Patos, un lujo para familias humildes

En los años 30.

precentacion

(CABA) ¿Se imagina una gran quinta que produce frutas y verduras en una de las zonas más elegantes de Buenos Aires? ¿La visualiza a tres cuadras de la avenida Del Libertador, o a metros de la avenida Las Heras, en Palermo? Eso era el terreno que en la segunda década del siglo XX ocupaba la manzana de las actuales Ugarteche, Juan María Gutiérrez, República Árabe Siria y Cabello. La proximidad de la Penitenciaría Nacional y la presencia cercana de malandras y cuchilleros todavía generaba que a la zona se la conociera como “la Tierra del Fuego”, por su “lejanía” con el Centro. Pero aquella quinta desapareció cuando Alfredo Miguel Chopitea compró esas tierras y encaró un proyecto destinado a construir un gran edificio. Así surgió lo que él soñaba como Palacio Chopitea y la gente llamó y llama Palacio de los Patos.

Alfredo era uno de los hijos de Rómulo Chopitea e Isabel Purcell, una docente irlandesa a quien el Gobierno argentino contrató en Canadá para que enseñara aquí. Ese hijo nació en 1881 en una estancia que la familia tenía en Uruguay. Educado en Canadá, Alfredo Chopitea después se dedicó a administrar campos de la familia, pero también a proyectar y hacer construir edificios de departamentos destinados al alquiler que, hasta 1948, se conocieron como “casas de renta”. Hizo varios sobre la avenida Las Heras y los alrededores. Pero el que cobraría más fama fue el de Ugarteche 3050.

La idea surgió cuando Chopitea y su esposa, Nelly Moss (hija de Jacinto Moss, millonario representante de Bols en la Argentina) estaban en París y al hombre le llamó la atención un edificio. Dicen que el autor era Henri Aziere, un arquitecto con prestigio, a quien el argentino le encargó su proyecto. El terreno a usar era media manzana de lo que había sido la quinta. Aziere nunca vino, pero los planos de su proyecto de estilo académico francés (donde priman las simetrías) llegaron en un tubo de hojalata en el verano de 1926. Los trajo Nelly Moss cuando volvía al país, con sus cuatro hijos, después de una larga estadía en Europa.

No conforme con lo que había planificado Aziere, Chopitea contrató a Julio Senillosa (1884/1936), un arquitecto argentino dedicado a buscar soluciones al problema de la vivienda. Activo militante del Partido Socialista, Senillosa cambió en parte los planos originales y dirigió la construcción que se realizó entre 1927 y 1929. La empresa constructora fue Negroni & Ferraris, especializada en edificaciones con cemento armado. Sobre un terreno de 4.400 metros cuadrados dejaron libres unos 1.400. Hay nueve patios y el patio central tiene casi 400 metros cuadrados. El edificio tiene seis cuerpos con planta baja y seis pisos cada uno. En total son 144 departamentos de entre dos y siete ambientes. Y aunque no hay muchos datos sobre la construcción, se cree que algunos de los elementos utilizados (mosaicos, vitrales, pisos de madera y mármoles de las escaleras) fueron importados. También tiene doce ascensores modificados en la década del 60.

Pero, ¿por qué se lo llama Palacio de los Patos? La leyenda popular dice que allí fueron a vivir muchas familias de cierto renombre, pero afectadas por la famosa crisis de 1929/1930. Y en la jerga popular los “patos” son los escasos de fondos. Aquello duró hasta finales de los 40. La nueva ley de propiedad horizontal permitió que muchos inquilinos compraran su departamento. Hacia mediados de los 50 sólo unos pocos quedaban sin escriturar o vender.

Alfredo Chopitea murió en 1961, a los 80 años. Pero quedaron aquellos edificios cuya construcción él promovió. Entre ellos está el denominado Palacio de los Gansos, cercano al anterior. Es de 1942 y sus líneas son más modernas, aunque también tiene su prestigio. Pero esa es otra historia.

Fuente: La Nación

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