Buenos Aires, 18/12/2017, edición Nº 1860

El oso Atze fue trasladado a un nuevo espacio

Pero no alcanza.

Fue separado de su hermano Barolina para cumplir con el control reproductivo. Pese a que su nuevo hábitat en el Zoo tiene una cascada, abundante vegetación y una gran pileta, está lejos de ser ideal.

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(CABA) Pocos se deben haber detenido a observar algo que, como la mayoría de las cosas importantes, es tan evidente a la vista que se pasa por alto. El Zoológico de la Ciudad de Buenos Aires se encuentra rodeada por avenidas ruidosas, los espacios dedicados a los animales son pequeños y visiblemente artificiales. ¿Es ese el lugar correcto para un animal salvaje? No se debe mezclar, esta vez, deber y diversión. El concepto del Zoológico, al que la gente visita para ver enjaulado todo aquello de lo que se alejó al vivir en una ciudad, no representa, en lo más mínimo, la voluntad de la preservación. Para eso existen las reservas y los santuarios animales, con amplios espacios verdes en plena naturaleza, donde los animales pueden vivir tranquilos sin estar descuidados.

Argentina es un país bastante atrasado en lo que se refiere a la preservación de animales salvajes. El caso del oso polar de Mendoza es un claro ejemplo. Un animal, hecho para vivir en las tierras blancas y heladas, ve su vida reducida a un piletón con hielo y aire acondicionado, en una tierra donde el calor, durante el viento Zonda, puede superar fácilmente los 40 grados. ¿Hasta qué punto se puede jugar a ser Dios?

Atze ahora tiene un nuevo espacio donde vivir, quizás mejor que el anterior, pero ¿no sería hora de ir planteando la eliminación de los Zoológicos y fomentar la creación de reservas naturales donde asegurar la preservación de los animales?

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