Buenos Aires, 11/12/2017, edición Nº 1853

El nuevo votante desafía al peronismo

Iván Petrella, legislador PRO, reflexionó en La Nación sobre los comicios de 2015. (CABA) Hace unos meses, el partido Bharatiya Janata obtuvo el primer lugar en las elecciones generales de la República de la India. La gran noticia fue la incuestionable derrota del Partido del Congreso, el partido de la familia Gandhi, que gobernó más de 80% del tiempo desde la independencia del país. En las últimas elecciones presidenciales mexicanas,...

Iván Petrella, legislador PRO, reflexionó en La Nación sobre los comicios de 2015.

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(CABA) Hace unos meses, el partido Bharatiya Janata obtuvo el primer lugar en las elecciones generales de la República de la India. La gran noticia fue la incuestionable derrota del Partido del Congreso, el partido de la familia Gandhi, que gobernó más de 80% del tiempo desde la independencia del país. En las últimas elecciones presidenciales mexicanas, hubo una sorpresa inversa: Enrique Peña Nieto devolvió a un renovado Partido Revolucionario Institucional a la presidencia al imponerse a la coalición Movimiento Progresista y al Partido Acción Nacional, que había gobernado desde 2000. Resulta interesante estudiar el denominador común de ambas elecciones desde la realidad electoral de nuestro país: los partidos históricamente dominantes pueden ser puestos en jaque ante cambios en el electorado y pueden volver a ser competitivos de renovarse a tiempo.

El Partido del Congreso ha sido preponderante bajo la organización política actual de la India. Gobernó aproximadamente 51 años de los últimos 64. Así, el Partido del Congreso gobernó, como se dijo, durante el 80% de la historia de la India democrática, número incluso mayor que el 76% que ostenta el peronismo en la Argentina desde 1983. La desazón actual del partido no es tanto por haber perdido unas elecciones, sino por observar que los patrones tradicionales de voto en que se apoyaban sus victorias parecen estar dejando de existir. Sus políticos temen haber quedado desactualizados y desfasados ante votantes nuevos que ya no se sienten contenidos por las viejas estructuras y se vuelcan a opciones distintas.

¿Cómo se explica esto? Un primer factor es el cambio en la composición del electorado, con la incorporación de cerca de cien millones de nuevos votantes. En este sentido, el gran error del Partido del Congreso fue mantener un discurso centrado en la independencia, cuando para gran parte de los votantes es un tema que no hace a su vida. El primer ministro Narendra Modi no se equivoca cuando señala que estas elecciones fueron las primeras en las que los ciudadanos nacidos en la India independiente tuvieron un papel decisivo, y es a ellos a quienes intentó cautivar durante toda la campaña. Esto se asocia con un segundo factor: el electorado se identificó, por primera vez, con políticos nuevos que no pertenecen a las elites tradicionales centradas en la familia Gandhi.

Finalmente, hay un tercer factor por considerar: la novedad de la propuesta del Partido Popular. En un país en el que prevalecen las palabras sobre las acciones, Modi, con su prédica de “cumplir con las aspiraciones del hombre común”, representó lo contrario. El electorado votó propuestas concretas: poner la infraestructura del país a la altura de su potencialidad económica, fomentar la generación de puestos de trabajo y mejorar las condiciones de vida de la población más vulnerable. Shekhar Gupta, editor del diario The India Express, llamó a estas nuevas generaciones “indios posideológicos”: personas que no se identifican con el discurso independentista de los políticos tradicionales y que buscan en el gobierno algo más que políticas redistributivas y subsidios económicos.

En el caso de México, el partido que había sido dominante y desplazado logró renovarse. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) del presidente Enrique Peña Nieto dominó políticamente el último siglo de historia mexicana. De hecho, desde el establecimiento de las presidencias sexenales en 1934, el PRI gobernó sin alternancia por casi 70 años. La interrupción de los gobiernos del PRI ocurrió en el año 2000, con la victoria de Vicente Fox, que fue sucedido por otro presidente del PAN, Felipe Calderón. Luego el PRI volvió al poder con Peña Nieto en 2012. Esta recuperación se explica, precisamente, por la buena adaptación que el partido tradicional mexicano hizo respecto de los cambios en el electorado.

Un primer aspecto en el que se destacó la campaña de Peña Nieto fue el trabajo que desarrolló en las redes sociales. Esto, que hoy parece para muchos un aspecto cotidiano de la política, sirvió hace dos años para renovar la imagen de un partido tradicional como el PRI y formar un contacto más moderno y directo con los votantes. Un segundo aspecto fue la campaña “Te lo firmo y te lo cumplo”, en la que el candidato se comprometía ante escribano público a cumplir sus promesas si tenía éxito en las elecciones. En el caso mexicano vuelve a observarse la preocupación por un electorado joven con gran presencia en nuevos medios de comunicación, que valora más las propuestas concretas de gestión pública que las ideas abstractas.

En ninguna acción del gobierno se ve más este cambio en el modo de hacer política que en el llamado “Pacto por México”, un acuerdo nacional que firmaron, poco después de las elecciones, los mayores partidos políticos del país. Su objetivo general es “profundizar el proceso democrático”, pero a los fines prácticos significó el consenso de ganadores y perdedores electorales en reformas educativas, financieras y de infraestructura. Frente a un electorado nuevo que demanda soluciones a problemas concretos, la respuesta fue un acuerdo de políticas de largo plazo alejado de las tradicionales divisiones ideológico-partidarias.

Tras la preponderancia del peronismo desde 1983, hoy hay muestras de que los patrones tradicionales del voto en nuestro país pueden estar cambiando. Con el paso del tiempo, como sucede en el caso indio, la ciudadanía cambia y los votantes se alejan de los motivos políticos tradicionales.

Debemos prepararnos para un electorado que no conoció a Perón y que, en una proporción cada vez mayor, vivió toda su vida en democracia. Así, pierde fuerza el discurso de la generación política que accedió al poder en la década de 1980 que, además, tiene que enfrentarse con sus muy pobres resultados de gestión. En un país con grandes dificultades económicas, educativas, sociales y de infraestructura, el alejamiento de la política de la vida cotidiana y su énfasis en cuestiones ideológicas podría hacer que el electorado se vuelque a nuevas opciones.

La particularidad del caso argentino es que el peronismo tiene como característica propia la capacidad para mutar de elección en elección. Es decir, que cambia de orientación de políticas públicas, aun cuando no cambien los nombres de su elenco dirigente. Así, por ejemplo, pudo oponerse a los tibios intentos de privatizaciones del final de la presidencia del radical Raúl Alfonsín, para luego impulsarlos con vehemencia en la presidencia de Carlos Menem y desandar el camino en los años kirchneristas.

Una renovación peronista podría venir por un mero cambio de nombres o por una mayor coherencia y estabilidad de sus orientaciones de política pública.

Lo primero hoy parece difícil por los nombres en danza, mientras que lo segundo requeriría de parte de la ciudadanía un salto de fe respecto de que esta vez sus prácticas y resultados serían distintos.

Más allá de eso, lo que sí parece cierto es que los partidos tradicionales tienden a pensar que su hegemonía se mantendrá por siempre, pero la realidad es que corren constante riesgo de quedar desfasados ante los cambios en el electorado. En la Argentina, la pregunta es si podrán o no adaptarse al ciudadano que irá a las urnas en 2015.

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