Buenos Aires, 12/12/2017, edición Nº 1854

El malevo “Tigre Millán” tiene su monumento junto al Riachuelo

El monumento recuerda al malevo asesinado por la traición de una mujer. (CABA) La leyenda dice que el hombre frecuentaba dos boliches a cada lado del Puente Alsina, ese símbolo porteño que, sobre el Riachuelo, une Pompeya con Valentín Alsina. En la Capital, el boliche se llamaba “La Blanqueada”, un lugar de troperos y lavadero de caballos que los años convirtieron en actual pizzería. En la provincia, la cita era...

El monumento recuerda al malevo asesinado por la traición de una mujer.

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(CABA) La leyenda dice que el hombre frecuentaba dos boliches a cada lado del Puente Alsina, ese símbolo porteño que, sobre el Riachuelo, une Pompeya con Valentín Alsina. En la Capital, el boliche se llamaba “La Blanqueada”, un lugar de troperos y lavadero de caballos que los años convirtieron en actual pizzería. En la provincia, la cita era en “La chancha negra”, un bodegón milonguero donde, además de bailar, los visitantes apostaban fuerte en las riñas de gallo. Justo allí, en la bajada del puente se acaba de inaugurar el “Monumento al Malevo”, una obra de ocho metros de alto que recuerda a ese hombre que, según la mitología urbana, fue asesinado por la traición de una mujer.

El relato lo recuerda como “El Tigre Millán”. Y la letra de un tango lo describe así: “Picao de viruela, bastante morocho, / encrespao el pelo lo mismo que mota / un hondo barbijo a su cara rota / le daba un aspecto de taita matón”. Algunos historiadores lo ubican en la zona a principios del siglo XX. Recuerdan que había llegado desde Entre Ríos, que trabajaba en el frigorífico Anglo (cerca de la bajada del Puente Pueyrredón, junto a la avenida Hipólito Yrigoyen, en Avellaneda) y que era un buen faenador.

Cuentan que Millán era amigo de otros milongueros como Francisco “El tuerto” Riente y “El zurdo” Ramos. Y que todos solían ir a los bailongos de Barracas al Sur, como se conocía entonces a la zona vecina a Avellaneda. Fue allí donde Millán se había encaprichado en bailar con una mujer de uno de esos salones, a quienes se les pagaba un peso por cada pieza danzada. Al parecer, la mujer era amante de un comisario y no quería saber nada con “El Tigre”. Entonces pidió un escarmiento para él.

Una noche, Millán vio a los dos matones de civil enviados por el policía, sacó su cuchillo y los enfrentó. Pero los enviados manejaban otros códigos y lo mataron a balazos. “Pobre Tigre que una noche en Puente Alsina / dos cobardes lo mataron a traición”, dice la letra que Francisco Canaro compuso en 1934 para evocarlo como alguien “fatalmente metido con la mujer que adoró, / nunca fue correspondido y ella al fin lo traicionó”.

El monumento que ahora lo recuerda está hecho en aluminio y es obra del escultor José Perera, un hombre nacido en Madrid en 1948, pero que desde hace unos cuantos años está radicado en ese partido de Lanús, donde suele exponer sus trabajos. Dedicado casi exclusivamente a la escultura desde 1970, Perera trabajó mucho haciendo sus obras sobre chapa batida (se modela a golpes de martillo, en frío) y soldadura autógena.

Por supuesto que, como toda leyenda que se precie, la del Tigre Millán habla también de otros personajes a los que se les atribuye haber sido el protagonista de esa mención. Por ejemplo, un tal Carlos Millán, un canillita de pelo rubio, asesinado en Valentín Alsina en enero de 1935, un año después del tango de Canaro. A ese Millán lo mataron porque se negaba a vender su parada de diarios, disputada por unos levantadores de quiniela. Pero el hombre no tenía nada de cuchillero.

Y ya que se habla de cuchilleros, se podría recordar otra leyenda, la de un tal Juan Muraña, asociado a algunos relatos de Jorge Luis Borges. El escritor dijo alguna vez que él no conoció a Muraña, pero que frecuentó a gente que sí lo hizo. Sin embargo, otros suelen afirmar que una vez, en la zona del Bajo Flores, un Borges adolescente, junto con unos amigos, golpearon la puerta de una casa y salieron corriendo. Pero él se quedó paralizado cuando vio la figura que, cuchillo en mano, lo amenazaba y le decía “¿vos golpeaste?”. Dicen que Borges contestó: “No, yo soy el que se quedó”. El hombre era Muraña, quien le convidó un trago de caña y le contó anécdotas de cuchilleros. Pero esa, si es cierta, es otra historia.

Fuente consultada: Clarín

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