Buenos Aires, 22/10/2017, edición Nº 1803

Carlitos Balá pasó cinco horas visitando enfermos en el Sanatorio Anchorena

En forma desinteresada y espontánea, el cómico de 90 años recorrió diferentes áreas de la clínica robándole carcajadas a los pacientes.

(CABA) Era una tarde más en el Sanatorio Anchorena, ubicado en el barrio de Recoleta. Era una tarde más hasta que un hombre con flequillo cruzó la puerta principal y pidió ver a los enfermos. Desde ese momento, la tarde fue única: el viernes, el entrañable y querido Carlitos Balá, de 90 años, apareció en el centro médico, donde pasó más de cinco horas levantándole el ánimo y robándole carcajadas a los pacientes.

“Apareció de la nada, a eso de las tres de la tarde, y dijo ‘Hola, vengo a ver a los enfermos’. Pensé que había ido a ver a algún amigo o conocido, pero no… quería ver a los pacientes para darles un poco de alegría”, relató a Clarín, aún emocionado, el doctor Adolfo Savia, Jefe de Emergencia del Sanatorio Anchorena y guía de Balá en el recorrido de las diferentes salas del centro médico, donde permaneció hasta pasada las 8 de la noche.

Lo primero que pidió Carlitos fue ver a los más chiquitos: “Los nenes, por una cuestión generacional, no lo conocía, pero con dos morisquetas enseguida los enganchó y los hizo reír a todos. La reacción de los pacientes fue increíble”, describió el doctor Savia.

La noticia la difundió el doctor Savia desde su perfil en la red social Facebook, donde contó el gesto noble de Balá junto a una foto donde aparecen él, Carlitos Balá y el doctor Francisco Allalla (Coordinador del servicio de emergencia) haciendo “el gestito de idea”, por supuesto. Al momento de publicada esta nota, la foto tenía más de 24 mil “Me gusta” más de 8500 compartidas.

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Luego de haber estado en el área de pediatría, Balá visitó a otros pacientes, esta vez más grandes, que al verlo se pusieron como niños al recordar las alegrías que Carlitos les había dado de niño. “Bajamos a la guardia y la gente que estaba mal escuchaba su voz y salía de donde estuviera, sin importar las dolencias, para estar junto a él, para saludarlo y reir”, explicó el Jefe de Emergencia del Anchorena y luego agregó: “Se sentó en todas las camas, habló con cada pacientes. Ni siquiera le molestó realizar todo el despliegue sanitario para poder visitar a los pacientes en oncología”.

Balá, de 90 años, decidió ir de manera desinteresada y espontánea. Su único afán fue regalar alegría. Un altruismo quizás un poco inusual en estas épocas donde los gestos nobles no son los habituales, donde las rencillas y los enfrentamientos están a la orden del día. En un presente tan crispado, el ídolo de innumerables generaciones demostró que una buena acción vale más que mil peleas.

“Cambió el ánimo de todo el mundo, el de los pacientes de la guardia, el de los más críticos y más complejos. Pero no sólo el de los pacientes: también el del personal. Nuestra profesión, más allá de ser un trabajo, es una vocación, estos gestos humanos nos dan fuerzas para seguir adelante”, concluyó el doctor Savia y graficó con una frase lo bien que hizo la visita a todos: “¡Ojalá que vuelva!”

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