Buenos Aires, 18/12/2017, edición Nº 1860

El Federal de San Telmo cumple 150 años

Un clásico porteño.

Ubicado en el barrio porteño de San Telmo, El Federal fue pulpería, prostíbulo, despacho de bebidas y bar.

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(CABA) La historia comienza en 1864. Con un San Telmo distinto, de calles de tierra transitadas por caballos lentos y sudorosos, y casas señoriales que poco después serían conventillos, casas de citas, salas de juego. El edificio donde funciona El Federal, el emblemático bar hecho a imagen y semejanza de los típicos bodegones de barrio, cumplió 150 años.


Su historia es una historia de fantasmas. Cerca de la pesada puerta de madera de la entrada, hay un hombre sentado, con un polar colorado, lentes y unos discretos bigotes. Es Leonardo Busquet, coordinador cultural del grupo Los Notables, conformado por este y otros cuatro bares porteños declarados de interés cultural por la Legislatura. “Este es uno de los edificios más viejos del barrio de San Telmo y pasó por todos los estados: después de ser pulpería, fue un prostíbulo, luego un despacho de bebidas, entrado el siglo XX cerró sus puertas y volvió a abrirlas luego de la crisis de 2001 como un bar de inolvidable atmósfera, con la histórica barra coronada por un arco de madera tallada con detalles de vitraux, estanterías de madera con una colección de botellas, una antigua caja registradora“, dice y da un mordisco a un tostado de jamón y queso.


En los años cincuenta, una mujer regó de sangre las baldosas relucientes. A Juan, uno de los mozos, la cuestión lo intriga. Con el tradicional ambo blanco, pantalón de vestir negro, no puede evitar interrumpir el relato de Busquet, mientras destapa sonoramente una botella de Coca Cola para llamar la atención: “Yo mucho no sé, pero por la noche los serenos no se quieren quedar a cuidar el bar, dicen que aparece el fantasma de una mujer. Leonardo completa la observación: “Sí, en los ’50 acá hubo un crimen pasional.


La hija del almacenero era una joven muy deseada: a pesar de estar comprometida frecuentaba a otro hombre. Su novio fue avisado del engaño y la esperó en la puerta de  El Federal donde la asesinó. “No recuerdo si fue a balazos o la acuchilló –dice Busquet–. Los serenos dicen que cuando esto se cierra, de noche, vuelve a aparecer el espíritu de la joven reclamando el amor de algún hombre.


Después de ser pulpería, antro donde jugar a la taba, a los dados, El Federal fue prostíbulo y, enseguida, bar. Pero cuando se estaba haciendo el pozo para construir la barra de tragos, aparecieron los cadáveres. Corría el año 1871, esplendor de la fiebre amarilla. “Que marcó un antes y un después en San Telmo. Antes hubo una epidemia de cólera, pero la fiebre amarilla dejó 14 mil muertos. Esta era la zona de viviendas de la clase más alta, y los ricos emigraron al Norte. Buenos Aires estaba desprovista de sistemas higiénicos, no había cloacas, la fiebre se extendió por todo el sur. Había fosas comunes por todos lados. Frente al Hospital Muñiz, donde ahora hay una plaza, había un osario. Esa plaza está abonada por cadáveres.


En la crónica “Fiebre Amarilla en Buenos Aires“, el historiador Ángel Pizzorno lo explica: “Los cadáveres, cada vez en mayor cantidad, son envueltos en sábanas o simples trapos, y los carros de basura se incorporan a la flota fúnebre. Abril había comenzado con un avance desenfrenado de la fiebre. El día 4 fallecen 400 enfermos. El 15, la municipalidad ordena desalojar los conventillos. La Comisión pide que se los incendie. El cementerio del Sur, el actual Parque Ameghino de la avenida Caseros al 2300, queda colmado. La Municipalidad compra siete hectáreas en la Chacarita de los Colegiales y habilita un nuevo cementerio.” Al concluir la epidemia, el bar reabrió. No había clientes en San Telmo, que era un lugar desierto de casas vacías y familias devastadas por la peste, la pobreza, la enfermedad.


Y sigue allí, hoy con 150 años de historia a cuestas. Una nena rubia de pelo ondulado, que acompaña a su abuelo, Rubén, poeta, mira pensativa a través de una de las ventanas de El Federal, mientras su abuelo, con la bic y la libreta de almacenero en la mano, busca inspirarse para unos versos. Merienda un cortado con dos medialunas. Ella toma una Coca con bombilla. Dice su abuelo que aunque conoce todas y cada una de las historias de fantasmas que rodean al bar, una vez más le gustaría volver a oírlas. 

 

Fuente: Infonews

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