Buenos Aires, 19/11/2017, edición Nº 1831

El estado subsidia escuelas privadas en Villa 31

El jardín Sueños Bajitos y el Instituto Filii Dei son dos institutos escolares que ofrecen contención en un contexto de altísima vulnerabilidad que significa vivir en Villa 31. (CABA) Al ingresar en tren a la ciudad de Buenos Aires desde la zona norte impacta la extensión de la villa 31 en Retiro. Al costado de las vías, entre las construcciones cuadradas que, como cubos superpuestos, ocupan todo espacio libre, se...

El jardín Sueños Bajitos y el Instituto Filii Dei son dos institutos escolares que ofrecen contención en un contexto de altísima vulnerabilidad que significa vivir en Villa 31.

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(CABA) Al ingresar en tren a la ciudad de Buenos Aires desde la zona norte impacta la extensión de la villa 31 en Retiro. Al costado de las vías, entre las construcciones cuadradas que, como cubos superpuestos, ocupan todo espacio libre, se detecta un edificio diferente. Sus paredes están revocadas y pintadas con un discreto color amarillo; es de dos plantas, en la terraza se ven niños pequeños jugando y en el muro que da al ferrocarril se informa: “Acá hay una escuela”.

Es uno de los dos únicos establecimientos educativos que funcionan dentro de esa villa en la que viven unas 30.000 personas, el jardín de infantes Sueños Bajitos, al que asisten 115 chicos de tres a cinco años. El otro es el Instituto Filii Dei, que educa a 1600 niños y adolescentes. Ambos son de gestión privada. Uno fue creado hace dos años y el otro, hace medio siglo. Gratuito uno y con un arancel tan bajo que es considerado “cuota cero” el otro, son parte del 52% de la oferta educativa porteña que es cubierta por escuelas de gestión privada .

“Vengo a este colegio porque queda cerca y porque acá se enseña mejor”, dijo Andrés Rojas, de 17 años, alumno del secundario del Filii Dei, sosteniendo en sus brazos a Dylan, de cuatro meses, hijo de una de sus compañeras, Natalí Villalba, de 16. “Algunos amigos que van a otra escuela nos dicen que nos cambiemos porque ellos pasan como si nada, y nosotros tenemos que estudiar más. Pero a nosotros nos gusta porque los profesores quieren que aprendamos y no nos regalan las notas”, dijo Natalí.

Todos los alumnos de ese colegio -fundado en 1957 por un sacerdote ya fallecido, el padre José Dubosc-, viven en la villa 31, en un contexto de pobreza y altísima vulnerabilidad socioeconómica. “Estos chicos necesitan más del afecto de uno y entre ellos se integran muy bien. Todos los que trabajamos acá no sólo enseñamos, sino que también ponemos mucho el cuerpo”, dijo Elena Suárez, vicedirectora de la primaria, con lágrimas en los ojos. Se ve que también pone el corazón en lo que hace.

Muchos de los adolescentes que en ese momento se entretenían en el recreo fueron alumnos suyos en el primario. “Es maravilloso cuando me llaman para contarme que entraron a la universidad o a la Prefectura. Claro que también hemos ido al velorio de otros alumnos. Es una de cal y otra de arena”, dijo Suárez.

“El gasto de la cuota, que es muy baja, se compensa por el tiempo que deberíamos tener para llevarlos o buscarlos en otra escuela. Además, acá son más estrictos, les dan más actividades y se ve que hacen valer su rol”, dijo Nelson Terrazas, mientras esperaba en la vereda de la calle 5 sobre la que está el colegio, la salida de sus dos sobrinitos, de 5 y 6 años. Y agregó: “Yo veo que otros chicos que van a otras escuelas llegan a su casa, tiran la mochila y no hacen ninguna tarea. Acá también si se portan mal te lo hacen saber y tenés que venir a hablar; en otras escuelas tiene que ser algo muy grave para que te llamen y uno vaya”.

El Filii Dei es subvencionado por el Estado en un 100% y cobra cuotas desde $ 105, en el nivel inicial, hasta $ 125 en el secundario. “Hacemos malabares para llegar a fin de mes porque tenemos muchos becados y también muchos morosos; no podemos tener más alumnos porque no nos da la infraestructura”, dijo Orlando Morales, presidente de la Fundación Hogares Argentinos, propietaria del Filii Dei, y representante legal del colegio. Morales continúa de esta forma la obra fundada por Dubosc, quien lo crió en uno de los hogares que había creado en Neuquén antes de venir a Buenos Aires.

El resto de los niños que viven en la villa 31 viajan a colegios de gestión pública, ubicados fuera de esa barriada.

“Vivimos acá desde hace dos años. El primer año inscribimos acá a nuestra hija; conseguimos vacante porque mi cuñada cursaba en el secundario. Después nos gustó porque para ser privado es barato y los chicos están más controlados, usan uniforme y eso nos da tranquilidad”, dijo Lisandra Fernández, madre de Daiana Guerrero, que asiste al segundo grado del Filii Dei.

En ese mismo colegio, ubicado a escasos metros de la “frontera” virtual de la villa 31, que la separa del espacio de la terminal de ómnibus, el docente Javier Luzuriaga se acercó en 2006 a dar una mano en apoyo escolar y para preparar la merienda. Así, él y un grupo de adolescentes voluntarios conocieron “la parte de atrás” de ese asentamiento que se conoce como La 31 bis o el Barrio Obrero, donde se instalaban los nuevos inmigrantes.

“Vimos que vivían en condiciones muy pobres, no había cloacas ni electricidad, estaban lejos de todo y había siempre muchos nenes jugando en la calle sin ir a la escuela”, recuerda María Morales, administradora de consorcios y una de las voluntarias.

“Preguntamos a los vecinos de esa zona, a través de una cartita, qué necesitaban más y nos pidieron una escuela”, agregó Morales, quien con Luzuriaga y otros conformaron una asociación civil que llamaron como el lugar donde eligieron ayudar: Detrás de Todo. Pusieron manos a la obra y en 2011 abrieron un jardín de infantes con reconocimiento oficial, Sueños Bajitos, con 22 niños a los que les daban desayuno, almuerzo y merienda.

Para abaratar la compra de alimentos pidieron un freezer a través de los Clasificados Solidarios del diario La Nación, que vio Adolfo Neufeld, un argentino al que le fue muy bien en los negocios en los Estados Unidos y Suiza, y tenía el sueño de hacer una escuela y ayudar a reactivar la conducción política del país.

“Cuando fui al jardín, vi que tenían un cuartito muy precario y les ofrecí financiar la construcción del edificio”, contó Neufeld. Así lo hizo. Donó el dinero, unos dos millones de pesos, y el material de juegos y equipamiento para que pudiera recibir a más chicos. Hoy asisten 115 y tienen una vasta lista de espera. Es gratuito, si bien existe un bono contribución de $ 15 que no todos pagan. El Estado cubre los sueldos de 23 docentes, y los alimentos y la asociación Detrás de Todo busca cubrir con donaciones el resto de los gastos y mantiene el proyecto de abrir también el nivel primario.

“En un momento nos planteamos si exigir al Estado que abriera la escuela y decidimos hacerla de forma privada porque entendemos que podemos dar un plus: el trabajo permanente con las familias de los alumnos”, dijo Morales.

Eugenia Laise, de 24 años, estudiante de Trabajo Social y vicepresidenta de la asociación civil Detrás de Todo y auxiliar en el jardín, comentó: “A veces los problemas son grandes y te parece que no podés hacer nada, pero cuando ves que invitás a una jornada de limpieza o de pintura, por ejemplo, y vienen muchos de los padres y se ofrecen para colaborar, te das cuenta de que hay cosas que sí son posibles”.

Fuente consultada: La Nación

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