El edificio Kavanagh, un imponente monumento a la revancha

El edificio Kavanagh, un imponente monumento a la revancha

(CABA) En aquel Buenos Aires de 1910 un amor se iniciaba. Era el de Corina Kavanagh, una de las mujeres más hermosas de la ciudad, y Aaron Félix Anchorena Castellanos, uno de los hombres más codiciados por su alcurnia. Ella tenía 21 años y él 33. Pura pasión. Nadie podía detenerlos.

O sí. Era otra mujer, pero no una tercera en discusión, sino la madre de Aarón, doña María Mercedes Castellanos de Anchorena, dueña de los destinos de una familia que vivía en un palacio que hoy es sede de la Cancillería, frente a Plaza San Martín. La mujer se negó a que ese romance continuara. No le importaba que su hijo fuera un burrero que dilapidaba el dinero a manos abiertas. Ella quería que su hijo buscara como esposa a una chica de la alta sociedad, como ellos.

Corina era millonaria pero no tenía sangre azul. Y la señora Anchorena prohibió que el amor se concretara en el altar. Su hijo, pollerudo, no la desafió y abandonó a Corina. La chica, en silencio, esperó su momento. Del amor al odio hay pocos pasos y la venganza le llegó servida en forma de ladrillos.

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Los Anchorena eran ultracatólicos. A tal punto de que el Vaticano le dio a la señora Castellanos de Anchorena el título de condesa pontificia y la condecoró con la Rosa de Oro, un honor que muy pocas veces se concede a un particular. La familia construyó en 1920 la Basílica del Santísimo Sacramento (calle San Martín 1039), que querían que fuera el sepulcro familiar. La vista desde el Palacio hacia a la Iglesia era única, pero justo enfrente al templo había un solar vacío.

Doña María Mercedes le hizo un pedido en su lecho de muerte a su hijo Aarón: que comprara el solar para construir el nuevo palacio Anchorena. La Basílica (donde descansan los restos de doña María Mercedes) quedaría entonces anexada a él.

Aarón tenía el dinero para comprar el terreno pero… lo perdió en el Hipódromo de Palermo. Corina se enteró. Vendió tres estancias que poseía en Venado Tuerto y compró el solar.

Quería poner algo gigante delante de la iglesia, para que ningún Anchorena pudiera verla desde su palacete. Y construyó un edificio de 120 metros de altura (hasta 1954 el más alto de Sudamérica), con un peso de 31.000 toneladas, con cañerías que suman 90 kilómetros, con una instalación eléctrica que podría abastecer a una ciudad de 80.000 habitantes, con un equipo refrigerante del acondicionador de aire general (el primero en el país) que podría producir hielo para una ciudad de 75.000 personas. Un edificio al cual le rinden culto sus habitantes actuales. No tienen que pagar impuestos municipales (como el ABL) ya que el edificio fue declarado por la Unesco, en 1999, Patrimonio Mundial de la Arquitectura de la Modernidad.

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Corina gastó 2.300.000 pesos en salarios para los obreros y el costo total de la obra, incluyendo el terreno, le insumió 3.416.824, unos 600.000.000 de pesos actuales. En 14 meses terminó su venganza.

El 3 de enero de 1936 se inauguró el primer rascacielos de la Argentina: el Kavanagh, en la calle Florida, frente a la Plaza San Martín. Corina se reservó el piso 14, de 700 metros cuadrados. En 1948, luego de disfrutar durante años su revancha, se lo vendió al banquero Henry Roberts. Pero se guardó un as en la manga.

Hoy, para mirar de frente a la Basílica del Santísimo Sacramento, sólo hay una posibilidad: pararse en un pasaje estrecho abierto tiempo después que se inaugurara el Kavanagh. Sí, acertó. El pasaje se llama Corina Kavanagh, y también pertenece al edificio. Para que algún Anchorena quiera ver su amada Basílica, necesita de Corina.

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Pero la revancha no sólo llegó en forma de billetera. También existió la revancha del corazón. Aarón Anchorena nunca se casó. Ni con una mujer de sangre azul ni con una plebeya. No se enamoró de ninguna, salvo de Corina.

Ella se casó tres veces: en 1912 con Guillermo Ham, luego con Guillermo Mainini y en 1938 con Gustavo Casares, tío de Adolfo Bioy Casares. El amor en su vida no faltó.

Allí está erguido e imponente el Kavanagh. El monumento a la revancha. Porque la venganza no sólo es un placer reservado a los dioses. NR

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