Buenos Aires, 14/12/2017, edición Nº 1856

El circuito de los museos: el mejor recorrido artístico de la ciudad

En la zona comprendida especialmente por Recoleta y Palermo es posible disfrutar de una infinidad de museos y exposiciones artísticas, además de su hermosa arquitectura. (CABA) La milla de los museos es uno de los recorridos imperdibles de la ciudad. Allí están las mejores colecciones de Buenos Aires, con piezas destacadísimas y arte para todo público. La caminata comienza en Suipacha, entre Arroyo y Libertador, con el Museo Isaac Fernández...

En la zona comprendida especialmente por Recoleta y Palermo es posible disfrutar de una infinidad de museos y exposiciones artísticas, además de su hermosa arquitectura.

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(CABA) La milla de los museos es uno de los recorridos imperdibles de la ciudad. Allí están las mejores colecciones de Buenos Aires, con piezas destacadísimas y arte para todo público.

La caminata comienza en Suipacha, entre Arroyo y Libertador, con el Museo Isaac Fernández Blanco, una joya arquitectónica de cuño español que fue la casa de Martín Noel. Tiene un lindo jardín y la mejor colección de arte hispanoamericano: mates, abanicos, grabados, litografías, platería, imaginería barroca y la capilla convertida en auditorio y sala de música de cámara.

Por Libertador, camino del triángulo de las artes formado por el Palais de Glace, el Museo Nacional de Bellas Artes y el Centro Cultural Recoleta, en la intersección con Callao está el Museo de Arquitectura. Una vieja torre ladrillera de los ferrocarriles, construida por los ingleses. Tiene un raro formato que sirve, curiosamente, para los fines museológicos. Allí el visitante puede tomar contacto con las últimas tendencias a través de exposiciones muy bien documentadas.

El Palais de Glace se perfila con su cúpula inconfundible en la esquina de Schiaffino. Es la sede de las Salas Nacionales de Exposición y hace añares fue una pista de patinaje sobre hielo, muy Belle Époque, lo que explica su nombre. Allí se exhiben los premios nacionales de pintura, grabado escultura y dibujo. Al salir rumbo al Centro Cultural Recoleta se impone la presencia majestuosa de la estatua ecuestre del Alvear de Bourdelle. La mejor obra, sin duda, de ese discípulo aventajado de Rodin, que esculpió un caballo de gran porte y un general sin sombrero y con la mano en alto para recibir a los visitantes en el umbral de la avenida más elegante de la ciudad .

El Centro Cultural Recoleta fue en su origen el Hogar de Ancianos Viamonte y es hoy el más visitado centro cultural del país. La categoría y la variedad de las muestras exhibidas lo convierten en el favorito de locales y visitantes. Exhibe, en la Sala J, una didáctica muestra de la obra reciente del arquitecto tucumano César Pelli, y al lado, en la Cronopios -la mejor del CCR-, la retrospectiva de Jorge Dermijian curada por Renato Rita. Los fines de semana se monta en los jardines vecinos de la Iglesia del Pilar y el Cementerio de la Recoleta una animada feria de artesanos donde hay de todo: desde un tarotista iluminado y cinturones de cuero crudo hasta collares de caracolas marinas y camisolas de batik.

Basta cruzar Pueyrredón para encontrarse con la cumbre de la milla: el Museo Nacional de Bellas Artes. El edificio supo ser una antigua casa de bombas de Obras Sanitarias, convertida en museo gracias al talento y buen gusto del arquitecto Alejandro Bustillo. El museo, fundado en 1896 por Eduardo Schiaffino, crítico de La Nación, alberga las colecciones de arte europeo más importantes de América del Sur. La base de esa pinacoteca extraordinaria fueron las donaciones de Guerrico, Santamarina, González Garaño, Piñero, Hirsch, Bemberg y Di Tella, entre muchas otras, además de las compras hechas por Schiaffino.

La colección tiene maravillas: la pintura española de Anglada Camarasa, los dibujos de Piranesi, la bailarina de Degas, el retrato de Modigliani y Picasso, Rodin, Courbet, Sisley, Leger. La lista sigue, pero hay cinco obras en el corazón de esta pinacoteca que merecen más de una visita: La ninfa sorprendida, uno de los pocos desnudos que pintó Manet; Mujeres indolentes, un colosal Guttero pleno de sensualidad y erotismo; El despertar de la criada, de Eduardo Sívori, retrato intimista de pura cepa criolla; La vuelta del malón, de Ángel Della Valle, memoria de territorio, patria y raza, y Sin pan y sin trabajo, obra maestra de Ernesto de la Cárcova, una carta de identidad del ser nacional.

Consejo: no retirarse del museo sin echar un vistazo a las escenas de la guerra pintadas por Cándido López. Soldado en la Guerra del Paraguay, donde perdió el brazo derecho, el manco López empezó de cero y pintó con la izquierda estas telas apaisadas que lo harían inmortal.

Próxima escala: el Museo Nacional de Arte Decorativo, previo paso por el Museo José Hernández, consagrado a las cosas nuestras. El Decorativo ocupa el palacio que fue del embajador chileno Matías Errázuriz, proyectado por el francés René Sergent. Los retratos de Sorolla de los Errázuriz son una perla. Lo es también la habitación del joven “Mato“, decorada por el maestro catalán Josep María Sert, y el gran Salón Renacimiento.

En Figueroa Alcorta y San Martín de Tours está el Malba. Con poco más de una década de existencia, es uno de los más populares museos de la ciudad, punto de encuentro para ver buen cine.

El Museo de Arte Latinoamericano tiene una completa colección de la región, con el acento puesto en arte moderno, y tres obras maestras: Abaporu, de Tarsila de Amaral; Autorretrato con loro, de Frida Kahlo, y el retrato cubista de Ramón Gómez de la Serna, por Diego Rivera. En estos días se puede ver la antológica muestra consagrada a Berni en las series de Juanito y Ramona, sus personajes emblemáticos.

Fin de recorrido: el Museo Sívori, en los bosques de Palermo. La colección está centrada en el arte argentino de la primera mitad del siglo XX, pero recibe ocasionalmente muestra temporarias de nivel internacional, como la del francés Corda, un escultor descarnado y conmovedor.

Fuente: La Nación

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