Buenos Aires, 11/12/2017, edición Nº 1853

El 2×4 vuelve al barrio con los cafés tangueros

El fenómeno de los cafés tangueros se extiende cada vez más, con artistas de alto. Guillermo Fernández y César Angeleri, por ejemplo, se presentaron el viernes a la noche en el Bar El Faro, uno de los Notables de la Ciudad, en Villa Urquiza. (CABA) Aunque entre los años 60 y los 80 del siglo pasado hubo un sabotaje claro contra el tango, desde hace dos décadas Buenos Aires está...

El fenómeno de los cafés tangueros se extiende cada vez más, con artistas de alto. Guillermo Fernández y César Angeleri, por ejemplo, se presentaron el viernes a la noche en el Bar El Faro, uno de los Notables de la Ciudad, en Villa Urquiza.

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(CABA) Aunque entre los años 60 y los 80 del siglo pasado hubo un sabotaje claro contra el tango, desde hace dos décadas Buenos Aires está volviendo a ser la ciudad que desde fines del siglo XIX y hasta mediados del XX se identificaba con esa música. Aquella prosapia tanguera alcanzó su cumbre en la década que arrancó en 1940. Entonces no sólo estaban los “templos” de los teatros, cabarets y clubes: también esa música sonaba en muchos bares que hicieron historia y están en el recuerdo. Esa tradición se está repitiendo ahora, cuando el siglo XXI ya consumió doce años y medio, y en los cafés de muchos barrios el tango vuelve a hacer “pata ancha” para copar la banca.
Por supuesto que existieron, existen y existirán los locales de tango “for export”, sólo al alcance de gente “equipada” con dólares, euros o yenes. Son locales que emulan aquella ficción de la película “Tango Bar” que Carlos Gardel filmó en febrero de 1935 en Long Island. En ese film, el último de Gardel antes de la tragedia en Medellín, el libreto lo mostraba como el dueño de un local lujoso (se suponía que estaba en Barcelona) donde se cantaba y bailaba tango. Pero lo que ahora se impone en la Ciudad es otra cosa. Son bares accesibles para la mayoría de la gente, que presentan muy buenos artistas, aunque algunos todavía no tengan la difusión que merecen.
Un ejemplo de esa movida actual es el Bar El Faro, en Constituyentes 4099, Villa Urquiza. Este cafetín, abierto en 1931, integra la lista de Notables de la Ciudad porque conserva aquel espíritu de sus comienzos. Allí, el lema del espectáculo es “el tango vuelve al barrio”, un encuentro próximo a cumplir seis años y que tiene a Hernán “Cucuza” Castielo y al guitarrista Maximiliano “Moscato” Luna como bastoneros. Y cada vez que ellos o algún otro artista se presenta, hay una misma premisa: se sabe cuándo empieza la velada pero nunca cuándo termina.
Otro recinto del tango actual es Los Laureles, otro Bar Notable que se define como “bodegón milonguero”. Instalado desde 1893 en Iriarte 2290, en Barracas, el lugar tiene su fama como patrimonio histórico: por ahí pasaron figuras como Eduardo Arolas, Agustín Bardi, Anselmo Aieta y Enrique Cadícamo, por nombrar algunos. Hoy, los herederos de esos grandes muestran su arte con un 2×4 lleno de sonido actual. Y no falta quienes, aunque vistan jeans y zapatillas, usan los grandes baldosones en damero blanco y negro para lucirse bailando, mezclados en ese abrazo que convierte al tango en una danza única y superlativa.
La lista de lugares bien de barrio y con espíritu porteño puede hacerse muy extensa. Pero además de los nombrados merecen una mención sitios como Sanata Bar (Sarmiento 3301, en el Abasto); el Café Monserrat (San José 524, en Monserrat) o el Café Vinilo (Gorriti 3780, Palermo), un lugar en el que no sólo hay presentaciones permanentes, sino que hasta se grabaron nuevos trabajos en vivo, con público como testigo.
Entre los muy conocidos hay que incluir a Los 36 Billares (Avenida de Mayo 1265) y el Café de los Angelitos (Rivadavia y Rincón), que acaba de incorporar un encuentro con tango, danza, poesía y relatos con la actriz Mercedes Carreras. Se realiza los domingos a la tarde y siempre cuenta con alguna figura invitada. La excusa: tomar el té de las cinco de la tarde.
Seguramente en otros barrios también están surgiendo bares tangueros donde conviven figuras de siempre con jóvenes talentosos. Son los que quieren mantener viva aquella imagen de otros que, hace unas cuantas décadas, pusieron su pasión entre las paredes de renombrados cafés como El Nacional, el Marzotto, el Germinal o el Domínguez, que en la vieja “calle” Corrientes dejaron su huella. Pero esa es otra historia.
(Fuente consultada Clarín)

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