Buenos Aires, 20/09/2017, edición Nº 1771

Eficiencia y belleza: nueva moda de garajes de alto diseño

Aprovechar del espacio.

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(CABA) Qué tema el de los autos. El jueves pasado en el suple DeAutos leí una nota sobre un congreso que se hizo en el campus del IAE Business School sobre el futuro de los autos y la movilidad. Un dato me resultó elocuente. Del millón y medio de autos que entran a la Ciudad, hay ¡5 millones de plazas vacías ocupables! Todo un despropósito. El otro problema es dónde meter esos autos.

Más allá del debate si están bien o mal los parquímetros, las playas de estacionamiento bajo parques, las ordenanzas que obligan construir espacios para cocheras en ciertos edificios o el inefable STO, vieron cómo cambiaron en el tiempo la arquitectura de los estacionamientos.

Cuando voy al diario siempre detengo la vista en un garaje de la Avenida San Juan al 1700 antes de la subida a la autopista. Su frente es llamativo. Tiene tres arcos de medio punto y por encima una leyenda en sobrerrelieve que dice “Gran garaje San Juan“. Pero ya no es más un garaje sino una concesionaria de autos de alta gama.

De ese tipo, con años de historia, quedan muchos diseminados por los barrios de la Ciudad. Tienen una cubierta metálica con techo de chapa y algunos, con más de una planta, conservan sus entrepisos de bovedilla, la misma que se usaba para hacer las “casas chorizo“.

Se cuidaban bien de que toda esta ferretería no se viera en el frente. Más vale la disimulaban detrás de una importante fachada bien ornamentada. En los barrios más pitucos, con revoque símil piedra; en los más modestos, con revoque pintado. De una u otra forma, el objetivo era que, aunque fuera un edificio para guardar autos, tuviera urbanidad. Los hay con frente neoclásico, art nouveau o art déco, construidos en las primeras décadas del siglo pasado. Y entre los años ‘30 y ‘40 llegaron los de fachadas racionalistas.

Con la explosión del automóvil, hacer cocheras se convirtió en un buen negocio. Su construcción no tiene la complejidad de otros edificios. No hay baños, cocinas, ni instalaciones complicadas. Tampoco, terminaciones que encarezcan la obra. Con una estructura de hormigón casi pelada, unas rampas y alguna idea para cubrir la fachada es suficiente.

Aparecieron entonces las cocheras que ocuparon subsuelos y primeros pisos de edificios de oficinas o viviendas. Otras, que tomaron un doble frente y vistieron el frente con tramas de revoque y bloques cerámicos decorativos, bandas metálicas, o carpinterías de vidrio, bien de los ‘60, ‘70 u ‘80. U otros estacionamientos que en años más recientes, con menos sensibilidad urbana, optaron por dejar el típico techo parabólico de chapa expuesto, renunciado a toda pretensión de entregar hacia la calle una fachada que colabore con el paisaje urbano.

Hay otros espacios para autos que no tienen ni eso. Que quedaron como baldíos y se convirtieron en playas de estacionamiento a cielo abierto. Que tras alguna reglamentación hicieron sus medianeras un tanto más amables revistiéndolas con ladrillos y protegieron los autos del sol con un milagroso y económico recurso: alambres tensados y esa tela negra o verde llamada media sombra.

Los hay de mínimas dimensiones, como pequeñas caries urbanas, pero también hay algunos gigantes: el que está entre las facultades de Sociología, Odontología y Medicina; el de Carlos Pellegrini y Paraguay, y el de Paraguay y Esmeralda, donde ahora están construyendo unas grandes torres.

Semanas atrás se publicaron los resultados de la primera edición del Premio de las Américas Crown Hall, organizado por la Facultad de Arquitectura del Instituto de Tecnología de Illinois. De las 225 obras evaluadas en todo el continente quedaron siete finalistas. Entre ellas, el edificio Altamira en Rosario, proyectado por Rafael Iglesias. Los ganadores fueron el Museo de la Fundación Ibere Camargo en Porto Alegre, del arquitecto portugués Alvaro Siza, y otro edificio en Miami de los famosos y multipremiados arquitectos suizos Herzog & de Meuron. ¿Saben qué es ese edificio? ¡Un estacionamiento!

Esa construcción tiene la particularidad de que, además de ser una gran playa para estacionar autos en varios pisos, cuenta con comercios, un restaurante, un banco y un sector residencial. Los vecinos usan sus escaleras como pistas de footing, los skaters aprovechan sus rampas y los turistas utilizan sus pisos superiores para disfrutar las vistas de la ciudad.

En fin, convirtieron lo que podría haber sido un adefesio en un atractivo y dinámico edificio para esa ciudad.

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