Buenos Aires, 24/09/2017, edición Nº 1775

Dos muestras dan cuenta del legado de Miguel Dávila

El legado del maestro Miguel Dávila (1926-2009) se puede apreciar en dos muestras que simultáneamente exponen sus trabajos sobre papel realizados entre 1950 y 2006, a través de un recorrido exhaustivo por sus dibujos en el Centro Cultural Borges y en la galería AMA-artemercadodearte. Esta producción acompañó al artista que también se interesó por los murales y por el cine, una obra gráfica que nunca fue abandonada por este pintor...

El legado del maestro Miguel Dávila (1926-2009) se puede apreciar en dos muestras que simultáneamente exponen sus trabajos sobre papel realizados entre 1950 y 2006, a través de un recorrido exhaustivo por sus dibujos en el Centro Cultural Borges y en la galería AMA-artemercadodearte.

Esta producción acompañó al artista que también se interesó por los murales y por el cine, una obra gráfica que nunca fue abandonada por este pintor enrolado en la nueva figuración, corriente artística que marcó una época y una estética.

Las muestras ponen de manifiesto la vitalidad de este riojano nacido en 1926, y resumen su ánimo juvenil y un espíritu renovador que lo embarcó en constantes exploraciones plásticas, tanto desde lo estético como desde lo formal.

El trabajo de Dávila, desde su génesis, se emparenta con la “otra figuración”, el grupo que rompió con la abstracción de los finales de los 50, reconocido por los nombres de Felipe Noé, Rómulo Macció, Ernesto Deira y Jorge de la Vega, con quienes el artista compartió el taller cuando viajó a Paris becado por el Fondo Nacional de las Artes.

Sin embargo, en sus pinturas se reconocen con más intensidad las raíces populares y latinoamericanas, posiblemente por su lugar de nacimiento y por haber estudiado en Tucumán, con los maestros Enrique Policastro (1890-1971) y Pompeyo Audivert (1900-1977) y sobre todo con Spilimbergo, que le han otorgado a su trabajo la estructura del dibujo, la mirada sobre lo humano representada en la figura y la coherencia en la forma de pintar.

“La obra gráfica de Dávila, que es como el hueso a la intemperie de su proteica carnadura pictórica, puede leerse como un electrocardiograma extenso e inconcluso de la ruidosa colisión entre el saber, el estilo, la decisión `contenidista` y la fuerte atracción de los nuevos lenguajes y paradigmas” afirma Eduardo Stupía, curador de esta exhibición en el Centro Cultural Borges.

Y agrega: “Todo artista, lo advierta o no, construye su propia arqueología. Si por un momento pudiéramos cambiar el punto de vista a partir del cual se lee y se ubica históricamente a Miguel Dávila, y considerar entonces a su cuantiosa obra pictórica apenas como la punta del iceberg”.

Se puede ver una serie de grabados y monocopias que acompañan los dibujos que desde fines de los años 50 definen la obra de Dávila. El artista logró una técnica personal para unir ambas disciplinas, utilizando no sólo el dibujo como sostén de la pintura, sino a veces, aplicando óleo o acrílico para revalorizar el dibujo.

De ese modo describe planos grises o negros que rodean los personajes puestos en escena a veces dotados de un humor ácido, otras de un dramatismo que dan cuenta del momento histórico.

Este clima de época se descubre en algunas obras que sintomáticamente no llevan título, y muestran un collage en el que el artista aplica fotografías de fosas comunes y soldados, insertado en el suelo que pisan militares de alto rango dibujados y rodeados de perros, realizado en los años 70 acerca -posiblemente- de la guerra de Vietnam.

Tampoco llevan nombre una serie de dibujos en el que un hombre desnudo es arrastrado por dos figuras. algunas con máscaras de muerte, sostenidos por una fuerte línea expresionista.

Estas tintas donde el claroscuro, la aguada y sobre todo el negro intenso de la tinta china reflejan un mundo oscuro de miedos y persecuciones, ponen al hombre como el centro del discurso poético y se emparentan a algunas composiciones de Juan Carlos Castagnino (1908-1972) y especialmente a los trabajos de Carlos Alonso con quien compartió las enseñanzas de Lino Enea Spilimbergo (1896-1964).

Un espectacular mural de 12 x 4 metros preside la sala 22 del Centro Cultural, una población de 107 retratos, cada uno de 50 x 70 centímetros, que con una línea suelta, o el estallido de color, los contrastes impetuosos o el gesto sensible, describe con enorme expresividad lo diverso, en una obra que lleva el nombre de “Semejantes-no iguales” realizada en 2006.

El director de la galería de Venezuela 458, Hernán Raggi, en la que también se expone una serie de pinturas de Dávila, rescata la mirada del pintor como algo esencial que lo constituye: “Los artistas como él ven y pintan lo que no se puede decir con palabras”.

Miguel Dávila falleció en 2009 en Buenos Aires, y sus restos fueron velados en el Palais de Glace donde había realizado varias exposiciones, para retornar luego a su ciudad natal en un merecido homenaje a una artista que forjó el camino del arte contemporáneo con sus obras y desde la docencia en su taller.

Quienes lo conocieron dicen que “vivía para ser artista más que para ser cualquier otra cosa. Agreste para su entorno, extremadamente dulce para su cosecha pictórica”.

Mientras que su hijo, Sasha, afirma que sus obras eran también sus hijos, y de ese modo él cuida el legado de su padre, como si fueran sus propios hermanos.

 

Télam

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