Buenos Aires, 11/12/2017, edición Nº 1853

Diez años sin Alberto Castillo

El 23 de julio de 2002 moría a los 87 años el cantor de los cien barrios porteños. Figura emblemática del tango y la milonga, con un fraseo personal, una postura y un decir arrabalero que lo convirtieron en único.  (Ciudad de Buenos Aires) Alberto Castillo, quien fue conocido como “el cantor de los 100 barrios porteños”, murió una década atrás a sus 87 años y dejó al tango sin...

El 23 de julio de 2002 moría a los 87 años el cantor de los cien barrios porteños. Figura emblemática del tango y la milonga, con un fraseo personal, una postura y un decir arrabalero que lo convirtieron en único. 

(Ciudad de Buenos Aires) Alberto Castillo, quien fue conocido como “el cantor de los 100 barrios porteños”, murió una década atrás a sus 87 años y dejó al tango sin una de sus voces más populares, reconocibles y queridas. Al amparo de una afinación impecable, el vocalista construyó un estilo reo y burlón al mismo tiempo que fue una insignia para los milongueros.

“La gente se movía de acuerdo a las inflexiones de mi voz y me dije ‘¡Acá está la papa!'”, confesó años después de haber probado con infalible suceso que su fraseo era una guía para los que bailaban tango.

Con ese recurso y una simpatía arrolladora, el también médico ginecólogo, se ungió como un artista capaz de conciliar festivamente el tango canción con el tango bailable.

Sus interpretaciones de “Recuerdos”, “Otra cosa, che pebeta” y “Madame Ivonne” fueron convirtiéndolo en uno de los intérpretes favoritos de la canción ciudadana.

El artista nació el 7 de diciembre de 1914 en Floresta bajo el nombre de Alberto De Luca, y comenzó su carrera musical a fines de la década del ’30 de manera ocasional, cuando cantó en una noche de estudiantes de la Facultad de Medicina junto a la orquesta de Ricardo Tanturi, que inmediatamente lo contrató.

Posteriormente formó sus propias agrupaciones, que fueron dirigidas por Manuel Buzón, Eduardo Del Piano y Angel Condercuri. Su particular fraseo, su postura y su decir arrabalero (“Canto como me enseñó la calle”, apuntó en una ocasión), más sus incursiones en el candombe, lo catapultaron a los primeros planos de un género de amplia presencia en las décadas del ’40 y del ’50.

La repercusión de su figura le abrió también las puertas del cine, donde protagonizó 18 filmes, entre ellos El cantor de los 100 barrios porteños, Adiós Pampa mía, Un tropezón cualquiera da en la vida y El tango vuelve a París.

Su estilo en vivo, que los jóvenes podrían entender como patrimonio de la cultura rock, fue la que hizo que Los Auténticos Decadentes lo invitaran a grabar una versión de “Siga el baile” en su tercer álbum, Fiesta monstruo, editado en 1993.

Tras su muerte, el cineasta Juan José Campanella lo homenajeó en el filme Luna de Avellaneda (2004), donde un Castillo ficticio es llamado de urgencia para ayudar en un parto durante una kermés en un club de barrio y el tema de cierre es “Siga el baile”, a cargo de Jaime Roos.

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