Deja Vú Yiya Murano: Montserrat, del veneno a crímenes mafiosos

Deja Vú Yiya Murano: Montserrat, del veneno a crímenes mafiosos

(CABA) Yiya Murano tenía la certeza de que estaba hecha para el mal. Ella siempre lo supo, pero sus amigas no. Entre el 19 de febrero y el 24 de marzo de 1979, Nilda Gamba, Lelia Formisano de Ayala y Carmen Zulema del Giorgio Venturini, se desvanecieron como flores marchitas. Los sabuesos cerraron el círculo cuando confirmaron que la usurera Yiya les había convidado té y masas con veneno. Les debía plata por un negocio que les había propuesto, pero que en definitiva era una estafa.

Yiya las conocía en la intimidad: eran sus grandes amigas. Al final, terminaría quedándose con el último suspiro de esa intimidad: la muerte. Las mató con cianuro, ese veneno cuyo olor y sabor comparan con las almendras negras.

Esos tres crímenes hicieron que la prensa bautizara a la asesina como “La envenenadora de Montserrat”. Más de 37 años después, ese barrio vuelve a las páginas policiales por dos hallazgos macabros: el cuerpo del arbolito Nicolás Silva en una valija encontrada en un placard de un departamento de Venezuela 1218. A tres cuadras de allí, en Moreno y Santiago del Estero, apareció un abogado de 61 años maniatado y con una bolsa en la cabeza.

A María de las Mercedes Bernardina Bolla Aponte de Murano la detuvieron el 27 de abril de 1979. Ella negó todos los cargos y sus abogados lograron que fuera absuelta tres años después por falta de pruebas, aunque el 18 de junio de 1985 la Sala Tercera de la Cámara del Crimen anuló el fallo anterior y la condenó a prisión perpetua. Fue liberada el 20 de noviembre 1995 por una reducción de la pena y por el “dos por uno”. Un año después fue la columnista de moda del programa La Hoguera.

En 1998 fue a almorzar al programa de Mirtha Legrand y reveló que se había vuelto a casar, pero al otro día apareció su marido. “Anularé el casamiento, no sabía que ella era la envenenadora. Sólo pasé una noche con ella, la de bodas. Anoche me amenazó para que no contara esto”, confesó el pobre hombre.

Años después, Yiya volvió a la mesa de Mirtha, a quien le regaló masas finas. “No como porque engordan”, se excusó la diva de los almuerzos, aunque al final comió una. Había jugado al juego que más le gusta a Yiya: el paso de comedia. Ese que la convirtió en una abuela cómica, capaz de firmar autógrafos en la calle.

Pero más allá de ser un personaje que se había vuelto grotesco, puertas adentro, en la intimidad de su casa, Yiya ocultaba otra personalidad. Una más parecida al mote que se ganó por culpa de las gotitas de cianuro: “La envenenadora de Montserrat”.

Hace siete años, Yiya volvió a Montserrat. El barrio que la hizo famosa. Cuando llegó a México 1177, le habló al encargado del garaje. “Pibe, acá guardaba mi Mercedes Benz. ¡Qué sabrás vos, si sos un nene y no me conocés!”, le dijo.

“En la esquina vivían los Pimpinela y a mitad de cuadra estaba la casa de Guillermo Patricio Kelly”, recordó Yiya. “Yo vivía en el sexto ‘C’. No tengo ni idea quién lo ocupa ahora”, comentó. Le conté que se organizaban circuitos turísticos para los extranjeros que incluían ese lugar en su recorrido. “Acá vivía la envenenadora de Montserrat”, decían los guías del tour criminal. “Hacen negocio a costa de mi inocencia”, se quejó la vieja.

La envenenadora nunca asumió su culpa. “Los asesinos siempre mienten”, llegó a decir una vez y largó una cacajada. A Yiya se la tragó la tierra. Ni siquiera se sabe si está muerta o demente en un geriátrico. Su enigma también se la terminó por devorar. Los asesinos siempre mienten.

FUENTE: BIGBANG NEWS

S.C.